Maimónides (Mŏsé ben Maimón)

Lla­mado Rambán por los escritores occiden­tales de la Edad Media. Nació en Córdoba, capital de la Andalucía árabe, el 30 de marzo de 1135, y murió en Fustat, cerca de El Cairo, el 13 de diciembre de 1204. De su padre heredó el amor a la ciencia; y así, bajo su experta guía, inicióse en el estudio de la literatura talmúdica. Tras la con­quista de Córdoba (1148) por los almoha­des, y a fin de evitar la conversión al isla­mismo o la muerte impuesta a los hebreos por los nuevos invasores árabes, hubo de seguir a la familia por los dolorosos cami­nos de la emigración; de esta suerte, vivió primeramente en la misma España, y lue­go en Fez, que también abandonó a causa de las persecuciones islámicas (no parece autorizada la información según la cual se habría convertido aparentemente con sus familiares a la religión musulmana, por cuanto, al referir las aventuras de su viaje marítimo, afirma haber podido, así, «librar­se de la apostasía»).

De Marruecos se tras­ladó a Palestina (primero a Akka y des­pués a Jerusalén); finalmente, marchó a Egipto, y allí residió al principio en Alejan­dría, y más tarde, con carácter definitivo, en Fustat. La muerte de su hermano David, que pereció en un naufragio en el océano índico, y la pérdida, con él, de todo el pa­trimonio familiar, obligaron a Maimónides al ejer­cicio de la Medicina, que le permitió satis­facer las necesidades propias y las de la viuda y la hija del difunto. La reputación que supo ganarse en tal actividad despertó el interés de la corte y le procuró la sim­patía del visir de Saladino y de las clases altas de El Cairo, que le confiaron el cui­dado de su minada salud; finalmente, en 1200 fue nombrado médico personal del hijo de Saladino, quien había sucedido a su pa­dre. Se dice que Maimónides rechazó una invitación de Ricardo Corazón de León, el cual, du­rante su estancia en Palestina al frente de la tercera Cruzada, parece haber solicitado sus servicios médicos. En Egipto acabó (1168) el comentario en árabe a la Mišné Tora (v.), código de la tradición hebraica; se trata de una glosa que iniciara en Es­paña y continuó durante sus peregrinacio­nes y su permanencia en Fez, a pesar de carecer de los documentos y el material necesarios.

El texto en cuestión recibió de su autor el título Sirag [Luz o Luminar], puesto que debía documentar todas las partes del monumento jurídico israelita hasta entonces no suficientemente esclarecidas; el comentario estaba escrito en árabe (len­gua que predominaba incluso entre los he­breos de los países dominados por los mu­sulmanes) para que por sí solo, sin el auxi­lio de sus obras, permitiera a los lectores no eruditos el perfecto conocimiento de la Mišné. Apenas establecido en Fustat, donde habíale precedido ya la fama de su sabi­duría, fue elegido presidente del Consejo rabínico, tribunal de la comunidad hebrai­ca destinado a la solución de los proble­mas religiosos. En 1172 recibió el título y la dignidad de «Nagghid», y, con ello, la dirección suprema de la vida religiosa y moral de los hebreos sometidos al dominio del sultán de Egipto. Tan elevado cargo parecióle «más que un bien un mal», por cuanto le imponía un trabajo enorme y grandes tribulaciones; y así, tan pronto le fue posible procuró dejarlo, y en 1185 transmitiólo a su discípulo Sar Salom.

Se con­sagró entonces por completo como rabino y maestro al cuidado de su comunidad, formó a una serie de alumnos no sólo en la doctrina de Israel, sino asimismo en la ciencia y la filosofía, y, mediante sus dis­cursos públicos sabáticos, trató de elevar la masa a un nivel espiritual y moral supe­rior. Aprovechó su influencia en la corte para la protección de sus hermanos contra las violaciones, frecuentes en la sociedad musulmana, de sus derechos humanos. Tras la conquista de Jerusalén por Saladino consiguió para los hebreos el permiso ne­cesario para su establecimiento en esta capi­tal y en toda Palestina, así como la facultad de erigir allí sinagogas y escuelas; en cuanto a los pobres judíos del Yemen, vícti­mas, al mismo tiempo, del fanatismo islámico y de la predicación mesiánica de un visio­nario hebraico, renovó entre ellos, con su Epístola a los yemeníes [’Igghéreth Te­man], la fe en el Dios de Israel y en la Tora, el valor de la resistencia y la espe­ranza en tiempos más tranquilos. A pesar de su intensa actividad pública y profesio­nal logró terminar (en 1180), tras diez años de constante labor, su gran obra jurídico- ritual Segunda ley [Mišné -Torá] en la que se hallan condensadas con orden y clari­dad admirables toda la tradición de Israel y las normas de la vida individual, fami­liar y social.

La existencia hogareña de Maimónides discurría, mientras tanto, feliz, en compa­ñía de su segunda esposa y del hijo Abraham, y en afectuosa compenetración con el discípulo predilecto Josef ben Yehudá ibn Aknin, a quien dedicó su obra filosófica principal, titulada, en el original árabe, Dalâlat al-Hairin, y en el hebreo Môreh Neb hûkhîm (v. Guía de perplejos), y terminada en 1190. En 1191-1192 compuso, asimismo en árabe, el Discurso acerca de la resurrec­ción de los muertos, defensa contra las acu­saciones en las que se culpaba de incredu­lidad respecto de tal dogma. Durante los últimos años de su existencia Maimónides viose afli­gido por algunas desventuras familiares, el fallecimiento de una hija de corta edad y la grave enfermedad de su hijo Abraham, quien estuvo varios días luchando entre la vida y la muerte. Estas penalidades, las di­vergencias que su sistema filosófico pro­vocó tanto en el ámbito musulmán como en el hebreo, su continua tensión espiritual y la intensa actividad a que le forzaban sus deberes de médico (dejó asimismo en este campo diversos textos, entre ellos el Régimen de la salud, v.) ocasionáronle una grave dolencia de la que no iba ya a sanar. Murió el 20 Tevet 4965, y, según sus de­seos, fue sepultado en Tiberíades.

D. Lattes