Nacido el 16 de diciembre de 1770 en Bonn y m. el 26 de marzo de 1827 en Viena. Su familia era de origen flamenco.
El abuelo, que se llamaba también Ludwig, habíase trasladado a Bonn en 1753, e, ingresado en la Capilla cortesana, llegó luego a «Kapellmeister». En ésta entró también su hijo Johann, nacido en dicha población hacia 1740, el cual, empero, no logró emular la brillante carrera del padre; según parece, debió de ser holgazán y dado a la bebida.
Su esposa, María Magdalena Keverich, seis años menor y de familia muy distinta, le dio siete hijos, cuatro de los cuales fallecieron muy jóvenes. El segundo de ellos, y el primero que sobrevivió, fue Ludwig. Demostró éste precoces aptitudes musicales, que su padre intentó más bien explotar que cultivar, en la esperanza de renovar los éxitos de Mozart como niño prodigio.
Aun cuando probablemente se haya hablado con exageración de una insoportable dureza paterna, la infancia de Beethoven. fue, sin duda, muy distinta de la de Mozart, a quien la clarividente comprensión de su padre procuró una cuidada formación musical.
Las contrariedades, la penuria, la soledad y la aspereza del mundo exterior imprimieron ya desde los primeros años sus huellas en el carácter del gran compositor. Luego de haber conocido a un músico ambulante denominado Tobías Pfeiffer, al organista Van den Eeden y al violinista Rovantini, primo suyo, Beethoven halló finalmente un buen maestro en otro organista, Neefe, que sucedió a Van den Eeden en 1782.
Neefe era discípulo de un alumno de Bach, y mantenía viva la admiración por éste; además, se trataba no sólo de un buen músico, sino también de un espíritu culto y noble, que escribía con acierto sobre temas de su arte y era corresponsal de varios periódicos.
Neefe intuyó las posibilidades del joven confiado a sus cuidados, y, al mismo tiempo que le daba una óptima instrucción musical, preocupóse, con afectuoso interés, de su difícil formación espiritual y le infundió el gusto por las lecturas elevadas1; por otra parte, alentó su aptitud para la composición haciéndole publicar las Variaciones sobre una marcha de Dressler y destacando la personalidad de su joven discípulo en un elogioso artículo aparecido en Magazin der Musik (1783).
Además de este buen maestro, contribuyeron a consolar la amarga adolescencia de Beethoven en Bonn algunas fieles amistades, y, en particular, la relación del futuro genio con los hermanos Esteban y Leonor von Breuning, poco más o menos de su misma edad, le ofreció la dulzura de un apacible ambiente familiar y la atracción intelectual de animadas discusiones juveniles; en el círculo integrado por los seres más adictos a Beethoven, los Breuning constituyen, junto con el pastor Amenda y Gerhard Wegeler, luego esposo de Leonor, el cuarteto de los amigos de Bonn.
En 1787 el joven músico realizó un primer y breve viaje a Viena, donde tocó ante Mozart, quien tuvo para él palabras de encomio, diversamente referidas. Muerta la madre a su regreso, el 17 de julio de 1787, y jubilado su padre (1789), Beethoven asumió, prácticamente, la responsabilidad de cabeza de familia en relación con sus dos hermanos menores.
Tocaba la viola en el teatro de la corte, y de esta suerte pudo familiarizarse con el repertorio contemporáneo de ópera, integrado por obras de Mozart, Gluck, Paisiello, Cimarosa, Sacchini, Guglielmi, Sarti, Grétry, Delayrac y Monsigny.
Contaba ya en su activo con diversas composiciones instrumentales, que fueron alabadas por Haydn al pasar éste por la corte de Bonn durante sus viajes a Londres (en la Navidad de 1790 y, posiblemente, aun cuando ello no se haya comprobado, en 1792, a su regreso de la capital inglesa). Gracias al auxilio de amigos y mecenas locales, entre los que figuró el conde Waldstein, Beethoven dio el paso decisivo de su existencia, y en noviembre de 1792 se trasladó a Viena, centro de una intensa vida artística y teatral.
El motivo oficial de este viaje fue el perfeccionamiento del músico en el ámbito de la composición bajo las enseñanzas de Haydn. Recibió también, no obstante, otras lecciones de cierto Johann Schenck, quien le corrigió ciertas negligencias materiales de aquel gran maestro en cuanto a la armonía, del sabio teórico Albrechtsberger y de Antonio Salieri respecto a la composición dramática, la estructura de las voces y la recitación italiana.
Beethoven no tardó en distinguirse en la vida musical vienesa como pianista sensacional e impetuoso e improvisador de vigorosa inspiración; sonrióle el éxito, y el proyectado viaje de estudio se transformó en una permanencia definitiva. Estos años son los únicos felices de su vida.
Las composiciones del músico nacen abundantes entroncadas en la tradición haydn-mozartiana; pero, sin embargo, empiezan ya a sorprender por un sello personalísimo muy acusado; permiten vislumbrar la presencia de una energía física y moral que no tardará en modificar las normas de la música del siglo XVIII.
Los tiempos lentos evolucionan paulatinamente, de un clima de melancolía y ternura afectuosa, a una experiencia del dolor cada vez más profunda; su ritmo disminuye hasta casi una suspensión mortal de todo movimiento, y en el tránsito de la suavidad de los «andante» a la tristeza de los «adagio» y los «lento» van descubriéndose poco a poco abismos de desesperación.
Cuando estos dos elementos — la energía moral y el dolor humano — entren en contacto brotará de ellos el drama del heroísmo beethoveniano: la Patética (v. Sonata para piano en do menor, op. 13), con su arrogancia vehemente, constituye el anticipo de lo que más adelante habrá de ser el segundo de los tres «estilos» reconocidos por De Lenz en el arte de Beethoven.
De momento, empero, la fortaleza se halla junto a la alegría, y la tristeza acompaña a la serenidad. Nos hallamos en las composiciones del primer estilo del autor, obra de los felices años iniciales de su estancia en Viena, que alcanzaron aproximadamente hasta 1800: los primeros dos Conciertos para piano y orquesta, op. 15 (1797) y op. 19 (1800) (v. Conciertos para piano y orquesta), verdaderas tarjetas de visita del joven compositor y virtuoso para el público de la capital; el divertido Septimino, op. 20 (1709) y el lied Adelaida, que conocieron una rápida popularidad; los Tríos de las op. 1 (1795) y op. 11 (v. Tríos) la Serenata, op. 8 (1796) y los tres Tríos de la op. 9 (1797) para cuerda; los seis Cuartetos de la op. 18 (1799), las primeras cinco Sonatas para violín, las dos primeras para violoncelo, y, siempre algo anticipadas en la manifestación de estados de ánimo excepcionales y en la elaboración de un nuevo léxico musical, las primeras doce Sonatas para piano (v.); y, en fin, la Sinfonía n.° 1 en do mayor, op. 21 (v.).
Luego, el cielo se oscurece amenazador sobre este panorama de ágil y gozosa energía juvenil. Aparecen las dificultades de la existencia, acentuadas por el carácter raro y soberbio de Beethoven, orgullosamente consciente de su propio valor y de la superioridad del artista sobre las demás criaturas. Su ardiente afán de solidaridad humana no halló correspondencia; y, en medio del éxito, admirado y adulado por las grandes figuras de la aristocracia vienesa, el músico estaba en realidad solo.
La fuerza de su genio atraía, pero la excentricidad de sus maneras asustó y alejó a las jóvenes a quienes Beethoven trató quizá de manifestar con palabras balbucientes sus ansias de felicidad conyugal; la condesita Julieta Guicciardi, a la cual dedicó la Sonata llamada Claro de luna (v.), y sus primas Josefina y Teresa von Brunswick, destinataria posiblemente esta última de la conmovedora carta «a la amada inmortal».
Esta condena a la soledad fue patéticamente sellada por la dolencia del oído que, manifestada en sus primeros síntomas en 1794-96, transformóse poco después de 1800 en una sordera incipiente que pasó a ser total con posterioridad a 1814. En la vida y en el arte de Beethoven este infortunio queda atestiguado por un documento conmovedor, que recibe el nombre de Testamento de Heiligenstadt (denominación de un suburbio vienés): una carta a sus hermanos — aun cuando, de hecho, dirigida a la humanidad— escrita en 1802 y en la que el músico habla de la dolencia que hacía huraño y malhumorado a quien tanto deseaba la sociabilidad humana y describe la crisis trágica de desesperación en que había estado a punto de desembocar en el suicidio, idea finalmente superada con una decisión heroica de su voluntad: la resolución de no dejarse abatir por la adversidad, de aceptar el reto y transformar el dolor en elevación moral, belleza artística y amor inagotable a la humanidad.
Tan trágico episodio interno, unido a las restantes contrariedades sentimentales y físicas de la existencia de Beethoven, habría de actuar, en adelante, como catalizador de su arte: la inmensa energía que el genio prodigó irreflexivamente en sus primeras composiciones encontraba ya un punto de aplicación, y las centellas que desprendía alumbraron el drama de la grandeza heroica beethoveniana, que integra la sustancia del segundo estilo.
Con ocasionales infidelidades, alteraciones e intentos de evasión (la Sonata para piano en la bemol mayor, op. 26, v.; las dos Sonatas en forma de improvisación, op. 27, y los recitados contenidos en el «alegro» de la Sonata para piano, op. 31, n.° 2, v.), el genio de Beethoven se identifica con la forma de sonata a lo largo de todo este período central de su vida íntima que se manifiesta al exterior en ideales de lucha y de rebelión contra el destino adverso.
Cuando en su alma renazca lentamente el equilibrio y quede superada la inquietud del infortunio, el dualismo armónico de la forma de sonata se irá atenuando paulatinamente, y esta misma, en un renacimiento del contrapunto, dará lugar a nuevas tendencias musicales todavía envueltas en las nieblas del futuro.
El paso de la serenidad juvenil al crisol incandescente del segundo estilo aparece anunciado por algunas obras de transición, como el tercer Concierto para piano, op. 37 en do menor (tonalidad típica del dramatismo heroico de Beethoven), la Sinfonía n.° 2 (v.) y las Sonatas para piano de los años 1801 y 1802. Luego se llega ya a la plenitud del «segundo estilo» con las Sinfonías n.° 3, Heroica (v.) y n.° 5 (v.) —la Sinfonía n.° 4 (v.) refleja una momentánea pausa de serenidad, lo mismo que el Concierto en re mayor, op. 61, para violín y orquesta (v.) y el cuarto Concierto para piano’—, las oberturas de Coriolano (v.) y Egmont (v.), los tres Cuartetos «Rasumowski», op. 59 (v. Cuartetos), la Sonata a Kreutzer (v.) para violín y piano (y también la Sonata, op. 30 n.° 2 en do menor), la tercera Sonata para violoncelo, op. 69 (1808), los Tríos, op. 70 (1808), las Sonatas para piano, op. 53 (v. Aurora) y 57 (v. Appassionata), ambas de 1804, y la ópera Fidelio (v.), compuesta en 1805 y diversas veces reconstituida.
Luego, con la Sinfonía n.° 6, Pastoral (v.), el gran incendio va extinguiéndose; quedan, indudablemente, algunos rescoldos todavía, pero, en esencia, la gran crisis dramática del espíritu de Beethoven se halla ya superada.
Su existencia resultará, en cuanto posible, aún más triste; la sordera acabará siendo completa, y las vicisitudes políticas determinadas por las guerras napoleónicas pondrán frecuentemente en peligro los recursos económicos del genio, asegurados en particular por mecenas inteligentes, cual algunos nobles austríacos, entre los que figura el archiduque Rodolfo.
Su soledad llegará a ser todavía más profunda (Teresa Malfatti rehúye en 1810 una propuesta de matrimonio; Betina Brentano le incita con una coquetería de intelectual ambiciosa, mariposeando entre Beethoven y Goethe; más humanamente comprensiva se mostrará, en cambio, la cantante Amalia Sebald.); a partir de 1815, y debido a la muerte de su hermano Carlos, el músico debe encargarse de la educación de un desgraciado sobrino, a quien le unirá un afecto casi morboso que el protegido pagará con toda suerte de disgustos y malas acciones que culminarán en un intento de suicidio (1826).
No obstante, a pesar de esta intensificación de las miserias de la vida, el espíritu de Beethoven ha logrado ya librarse de ellas: su arte se mueve ahora más arriba, en otra esfera donde la antigua lucha con el destino ha quedado ya superada. En esta época alienta en el genio un soplo de carácter religioso, el sentimiento embriagador de una solidaridad universal, un idealismo filantrópico mediante el cual ve en el hombre al hermano.
Esta conciencia de fraternidad exaltada asume en Beethoven el nombre de «alegría», tomado en una acepción muy amplia. La puerta para llegar a ella es la naturaleza, que siempre fuera, incluso en los instantes de más negra desolación, el bálsamo de su alma torturada.
A través del contacto «pánico» con la naturaleza, manifestado en la Pastoral, el genio de Beethoven se abre a la alegría, a la que dedica tres himnos en las últimas Sinfonías, y celebra en sus diversos aspectos de tumultuosa y dionisíaca embriaguez (v. Sinfonía n.° 7), de regocijo familiar y casi humorístico (v. Sinfonía n.° 8) y, finalmente, de religioso entusiasmo en el sentimiento ahora recobrado de fraternidad universal (v. Sinfonía n.° 9). La otra obra monumental que consagra esta sublimación de la espiritualidad beethoveniana, por encima de la concepción anterior del dualismo dramático, es la Missa Solemnis, op. 113 (v.).
En la música instrumental Beethoven aparece ahora ya destacado de las normas estilísticas propias de la época, y su inspiración, que la sordera parece casi aligerar de cualquier relación con los elementos accidentales de la materia sonora, se mueve ya en la enrarecida atmósfera de trascendentes visiones sobrenaturales.
La dialéctica precisa de la forma de sonata, cuya calculada contraposición de tensiones tónicas presentaba todavía algo de la geometría del siglo XVIII, se equilibra en una concepción musical menos artificiosa y más próxima a la plenitud orgánica de la vida y de la historia: el sentido armónico de los acordes y de las cadencias se ve desplazado por el predominio de un contrapunto, que, en realidad, nada tiene de escolástico ni arcaico, y más bien parece presagiar el futuro principio compositivo de la variación continua, o sea de una música que fluye en una renovación perenne y sin el recurso de las simetrías o repeticiones.
A veces la complejidad del contrapunto, que alcanza extremos de furor y exasperación en la gran Sonata, op. 106 (v.) y en la Fuga, op. 133 para cuarteto de cuerda, cede el paso, en cambio, a melodías suavísimas, de carácter celestial y amplio desarrollo, y apoyadas apenas en un acompañamiento que no cabría imaginar más desnudo y simple.
Las últimas cinco Sonatas para piano (a las cuales acompañan dignamente las treinta y tres Variaciones sobre un vals de Diabelli) y los cinco Cuartetos finales constituyen el testamento augusto y misterioso del artista: representan en la historia de la música una fabulosa anticipación, que únicamente a fines del siglo, desde Brahms en adelante y por obra del Wagner de Parsífal (v.) y de compositores muy recientes, cual Bartók, será abordada con un sentido de consciente continuidad; el verdadero romanticismo musical — desde Weber hasta Mendelssohn, Schubert, Schumann, Berlioz y Liszt — se originó casi exclusivamente en el segundo estilo beethoveniano.
Durante la última fase de su actividad creadora, la vida del artista fue apartándose cada vez más de las convenciones sociales. En tiempos del Congreso de Viena, Beethoven conoció un último esplendor de gloria mundana: ante los soberanos y príncipes llegados de toda Europa a la capital austríaca para reglamentar la sucesión napoleónica, dirigió todavía personalmente una composición de circunstancias, La victoria de Wellington, que celebraba, con el concurso de cañonazos y onomatopeicas descargas de fusilería, el triunfo de los aliados en Leipzig sobre el ejército de Napoleón; los músicos más insignes de Viena se habían distribuido humildemente los diversos papeles de la orquesta, en homenaje al compositor que había acabado por imponer la grandeza de su personalidad incluso a quienes no lograban comprenderle.
En 1814 repitióse Fidelio, en una nueva y definitiva versión, y, finalmente, con éxito. Fueron éstas las últimas satisfacciones mundanas de Beethoven; luego, la sordera se agravó hasta el punto de impedirle la comunicación con el prójimo, circunstancia que empeoró el carácter desconfiado y huraño del genio. Además de sus nobles protectores, como el archiduque Rodolfo, el príncipe Lobkowitz, el conde Kinsky, la condesa Erdody y otros representantes de la aristocracia austrohúngara, todo un círculo de fieles discípulos se movía en torno a Beethoven y trataba de aliviar las dificultades de su vida práctica y la amargura de su decadencia física: así, por ejemplo, Antón Schindler, su primer biógrafo, y Karl Czemy, continuador y difusor de su arte pianístico.
Turistas de todo el mundo, y en particular de Inglaterra, acudían a visitar al gran músico en sus indescriptiblemente desordenados aposentos de soltero, que, siempre inquieto e insatisfecho, cambiaba continuamente; los Cuadernos de conversación donde los visitantes escribían sus preguntas, siguen siendo testimonio de tan penosas entrevistas.
Rossini fue a verle cuando más alta era su gloria, y sintió achicársele el corazón ante el espectáculo de tanta miseria dispuesta cual paradójico marco de tal genio, del que recibió gratas palabras de elogio para El barbero y el consejo de atenerse al género cómico.
Acabaron todavía de amargar los últimos años de Beethoven los desaguisados del querido sobrino y el pleito judicial con la desgraciada madre de éste, que finalmente viose desposeída de todo derecho de patria potestad. A la sordera añadiéronse con el tiempo otras dolencias, posiblemente determinadas por defectos hereditarios y sin duda favorecidas por el gran desorden del régimen de vida beethoveniano.
En 1821 aparecieron los» primeros trastornos del hígado;, pero hasta fines de 1826 no se manifestó claramente el mal que habría de llevar al genio a la tumba: cirrosis hepática, unida a hidropesía. El enfermo soportó con serenidad y buen humor algunas dolorosas intervenciones; con todo, se sabía condenado; el 3 de enero de 1827 escribió su propio testamento, el 23 de marzo añadióle un codicilo, y el día siguiente recibió los Sacramentos.
Murió en la tarde del 26, hacia las seis menos cuarto, y mientras se desataba sobre Viena un temporal. Una gran muchedumbre acudió al entierro; junto a la tumba fue leída una alocución de Grillparzer, el poeta dramaturgo con quien el músico habíase relacionado con vistas a una posible nueva ópera, Melusina. Exhumados por primera vez en 1863, los restos de Beethoven fueron trasladados luego, en 1888, del cementerio de Währing al central de Viena.
M. Mila

