Herny David Thoreau

Nació el 12 de ju­lio de 1817 en Concord, donde murió el 6 de mayo de 1862. A lo largo de toda su vida profesó un gran afecto a su localidad natal, «cuna de la Revolución norteamericana»; este sentimiento es el único susceptible de ser denominado amor en un temperamento como el de Thoreau, que parecía ajeno a cual­quier vínculo afectivo. Su padre era un modesto fabricante de lápices, y su madre una mujer de origen noble que tenía esta­blecida una especie de pensión. La visión de los campos, los bosques, los ríos y to­rrentes de Nueva Inglaterra y los libros influyeron más que nada en su formación. Fueron sus lecturas los textos clásicos grie­gos, latinos e ingleses, y, entre estos últi­mos, los de los poetas metafísicos en parti­cular, en cuyas paradójicas fusiones de los sentidos con el espíritu y de lo cotidiano con lo cósmico reconocióse en gran parte.

Pocos literatos norteamericanos han actua­do como Thoreau sobre un conocimiento de la literatura tan amplio y profundamente asi­milado. La educación formal de nuestro autor acabó en Harvard. Vuelto a Concord, ganóse las simpatías de su vecino Emerson (v.), entonces en el punto culminante de sus facultades. El sabio del pueblo tomó al jovencito bajo su protección, y luego, du­rante algún tiempo, le tuvo en su casa. Pero al contrario de lo que ocurrió con Emerson, Thoreau poseyó unos sentidos (todos, salvo los del campo sexual) tan agudos como los de un vigía indio o de un tuber­culoso; llegó al conocimiento del espíritu mediante la vista, el tacto, el oído y el olfato. Para este naturalista metafísico las peñas de Concord fueron, al mismo tiempo, rocas, milagros y revelaciones, y no reco­braron su verdadera condición hasta más tarde, cuando Thoreau reconoció que la historia natural era una «ciencia».

Durante algunos años se ganó la vida mediante el ejercicio de la enseñanza; sin embargo, rebelábase contra las restricciones puestas a la liber­tad de estudiar, meditar y observar. Estas actividades, junto con la composición lite­raria, constituían sus verdaderas vocacio­nes naturales; y así, en beneficio de su cultivo se contentó con las ganancias que podía obtener de la fabricación de lápices. Frugal hasta el ascetismo, poseía unas ne­cesidades materiales mínimas. Era uno de aquellos hombres, no raros en Nueva Ingla­terra, para quienes el vino es simplemente una bebida alcohólica que aturde, en tanto el agua pura y fresca una fuente de indes­criptible voluptuosidad sensual. Salvo en lo referente a un breve idilio, formado esen­cialmente por silencios, las mujeres no tu­vieron parte alguna en la existencia de Thoreau; lo mismo cabe afirmar de los hombres, con­siderados sólo extraños motivos de obser­vación y reflexión.

Sus únicas amistades íntimas fueron las palabras y las cosas. Las reflexivas exploraciones de la región situada en torno a Concord se vieron interrumpidas por ocasionales Excursiones (v.) llevadas a cabo mucho más lejos. Una de ellas dio lugar, en 1849, a Una semana en los ríos Concord y Merrimac (v.); otras inspiraron los libros que sus amigos sacaron de las páginas del Diario tras la muerte del poe­ta: Los bosques del Maine (v.), Un yanqui en Canadá (v.), Primavera temprana en Massachusetts (v.), etc. Los únicos aconte­cimientos importantes de la existencia de Thoreau fueron los anuales retornos del verano, él otoño, el invierno y la primavera. No obs­tante, algunas de sus actividades han alcan­zado en todo el mundo un carácter de sím­bolo y ejemplo.

Su experiencia (1845-47) respecto del individualismo autónomo, re­ferida en Walden (v.), llevó hasta sus lími­tes extremos el principio tradicional de Nueva Inglaterra de «vida sencilla y ele­vados pensamientos», y acabó pareciendo (lo fue en parte) una afirmación general de los derechos del espíritu individual fren­te a todas las instituciones sociales, políti­cas o intelectuales, tendentes a la limitación de su autonomía absoluta. La negativa de Thoreau (1845) al pago del impuesto electoral a un gobierno al que moralmente no aprobaba, y su conferencia de 1847 sobre la «desobe­diencia civil», han inspirado a los dirigentes de varias revoluciones; y su denuncia (1845) tanto del esclavismo del sur como de la complicidad nordista en el mismo se ha esgrimido repetidamente como ejemplo de valor político.

A causa de una irónica paradoja, Thoreau, quien tendió siempre a la universalidad de la verdad espiritual, ha llegado casi siempre a ser universal precisa­mente en un ámbito — el de las relaciones de los hombres entre sí — en el cual se mostró menos competente. La vida de este hirsuto provinciano — una existencia que, desde el principio hasta el fin, no fue sino una persistencia en una posición espiritual angulosa, provincial y extrañamente no­ble— conoció un final prematuro; el poeta murió a los cuarenta y cuatro años, víctima de tuberculosis. Dejó varios centenares de páginas, entre millares de otras escrupulo­samente escritas, cuya punzante y casta be­lleza no ha sido superada.

S. Geist