Giacomo Meyerbeer

Nació en Berlín el 5 de septiembre de 1791 y murió el 2 de mayo de 1864 en París. Se llamaba en realidad Jakob Liebmann Beer y cambió su apellido al heredar de un pariente llamado Meyer. De rica y elevada familia judía, inició pron­to los estudios de piano con Lauska, un dis­cípulo de Clementi, y cuando sólo tenía siete años dio con éxito el primer concierto pú­blico. Estudió después composición con Zelter y con Bernhard Anselm Weber, un dis­cípulo del célebre Vogler. En 1810 marchó a Darmstadt, donde estaba el mismo Vogler, y allí conoció a Cari von Weber, con el cual trabó fraternal y duradera amistad. Sus pri­meras composiciones datan de 1811: una Oda sacra sobre el texto de Klopstock y el oratorio Gott und die Natur, que le valió el título de compositor de Corte. En 1812 se representó en Munich Jephthas Gélübde, más oratorio que ópera, y en 1813, en Stuttgart, Alimelek, oder Die beiden Kalifen, con buen éxito. La presentación de esta ópera en Viena llevó a Meyerbeer a la capital aus­tríaca, donde, habiendo tenido ocasión de escuchar a Hummel, reanuda el estudio del piano.

Por consejo de Salieri marcha a Venecia durante el carnaval de 1815, y el Tancredi de Rossini constituye para él una auténtica revelación, que lo impulsa a es­cribir una serie de óperas «italianas» (seis), representadas con éxito creciente: la última, El cruzado en Egipto (1824), se aleja de las otras por su mayor intensidad dramática. La muerte de su padre, el matrimonio con su prima Minna Mosson y el nacimiento de cua­tro hijos interrumpen su actividad de com­positor de óperas, pero no la de compo­sitor, ya que de este período son los Salmos y muchas melodías. Se traslada, mientras tanto, a París, donde vivirá, de un modo más o menos seguido, hasta su muerte. Un fortuito encuentro con Scribe vuelve a im­pulsar a Meyerbeer al teatro: el 21 de noviembre de 1831 se da en la ópera la primera repre­sentación de Robert le Diable (v.). A pesar de su absurdo libreto, constituye un triunfo, cuyos méritos corresponden por partes igua­les a la espectacularidad escénica y la in­mediata eficacia de la música.

El éxito es tal que oscurece de buenas a primeras los valores de la ópera siguiente, Los hugono­tes (v.), hecha también sobre un libreto de Scribe y representada en la Ópera el 29 de febrero de 1836. El mismo Wagner reconoció la fuerza dramática del gran dúo del cuarto acto. Voces e instrumentos aparecen como colaboradores de una vasta sinfonía, en la que todos los elementos tienen su sitio. Cons­tituye una serie de cuadros grandiosos, des­dichadamente contaminados por el gusto retórico de Meyerbeer, pero en cuya abundancia no faltan las páginas logradas. En 1833 inicia Meyerbeer la composición de La Africana (v.), abandonada en 1843 cuando, en ocasión de su nombramiento de «Generalmusikdirektor» (1842), prepara para Berlín, sobre un libreto de Rellstab, Ein Feldlager in Schlesien, ópe­ra de carácter ligero, llevada al éxito por la célebre Jenny Lind. El 16 de abril de 1849, siempre en la ópera de París y tam­bién con libreto de Scribe, se representa Le prophète, ópera de enormes proporcio­nes, en la que se recurre a los más extra­vagantes recursos espectaculares y en la que, por lo tanto, la búsqueda del efecto prevalece netamente sobre la parte musical.

L’étoile du nord, representada en la Opéra- Comique el 16 de febrero de 1854, es un arreglo casi completo de Ein Feldlager in Schlesien. La tentativa de ópera ligera, a pesar de la habilidad de Meyerbeer, puede conside­rarse fracasada tanto en ésta como en el Pardon de Ploërmel (1859), conocida en España, Inglaterra e Italia con el nombre de Dinorah (v.); sólo descuellan algunas páginas de ágil virtuosismo vocal, mera­mente externo. Otro alcance tiene La Afri­cana, cuya composición, reanudada en 1857, fue continuada por Meyerbeer entre dudas y correc­ciones hasta su muerte, tanto que sería re­presentada póstuma el 28 de abril de 1865.

C. Marinelli