Georg Simmel

Nació en Berlín el 1.° de marzo de 1858 y murió en Estrasburgo el 26 de septiembre de 1918. Entregado a los estu­dios de Filosofía, su origen hebreo le obs­taculizó, empero, durante mucho tiempo, el ejercicio de la profesión docente. Profesor libre de la Universidad de Berlín en 1892, a pesar del prestigio de su enseñanza y la fama de sus obras, pronto difundidas incluso fuera de los círculos meramente filosóficos, no llegó a serlo extraordinario hasta 1900, y sólo en 1914, pocos años antes de su muerte, debida a un cáncer, obtuvo una cátedra en Estrasburgo. Espíritu sensible a todos los aspectos de la existencia, Simmel gus­taba filosofar, más bien que acerca de los grandes temas tradicionales, sobre las cosas próximas y comunes, tras, las cuales sabía vez cuanto oculta la vida cotidiana: el arte, el dinero, la moda, la coquetería, etc. Sus clases veíanse muy concurridas; por otra parte, únicamente los discípulos singular­mente dotados podían participar en los «seminarios privadísimos» que organizaba en su casa.

En la filosofía de nuestro autor suelen distinguirse dos etapas, no opuestas entre sí, antes bien, complemento una de la otra. En la primera Simmel lleva a cabo una crítica radical de la universalidad moral kantiana, que denuncia como formalismo vacío, o sea como forma extraña a todo contenido. En una de sus obras iniciales, la Introducción a la ciencia moral [Einleitung in die Moralwissenschaft, 1892], que suscitó gran revuelo, negaba la posibilidad de una ética normativa, empresa, según él, ajena a la ciencia, que la admite sólo me­ramente descriptiva. Según esta última, las imágenes del mundo de los organismos ais­lados resultan subjetivas, y distintas entre sí, como lo son asimismo los órganos de los sentidos; precisamente por ello pueden cam­biar cuando se modifica también el organis­mo psicofísico. En un relativismo idéntico se hallan inspirados los textos los Proble­mas de la filosofía de la historia (1892, v.) y, singularmente, Filosofía del dinero (1900, v.), que considera el dinero no como reali­dad económica, sino más bien en sus rela­ciones humanas y en su influencia sobre la cultura.

Esta obra tuvo un amplio eco entre los intelectuales por su criterio metodoló­gico y la agudeza del análisis. Hacia 1900 la filosofía de Simmel experimentó ciertos cambios. El relativismo, base fundamental de la pri­mera etapa, halló su integración en el mo­tivo esencial de esta segunda, o sea en el concepto de «vida». A tal fase pertenecen el curso acerca de Kant (1903) y el ensayo Schopenhauer und Nietzsche (1906), que no tienen pretensiones históricas y tratan úni­camente de elaborar las concepciones del mundo adecuadas al tipo psicológico de tales pensadores. En 1908 apareció la Socio­logía (v.), que es el intento más sutil de los destinados a ofrecer un fundamento científico a tal disciplina, y dos años des­pués Problemas fundamentales de la filoso­fía (v.). De 1916 es el ensayo sobre Goethe, a quien considera como modelo de una vida que trata de realizar la unidad de los prin­cipios objetivo (naturaleza) y subjetivo (espíritu). En 1918 fue publicada la obra más significativa del autor: Intuición de la vida.

Cuatro capítulos metafísicas (v.), tex­to que propone una verdadera metafísica de la existencia, espontaneidad absoluta, acti­vidad creadora e ímpetu perenne de libertad, la cual, llegada al nivel espiritual, elabora continuamente constituciones sociales, reli­giones, filosofía, conocimientos científicos, producciones artísticas que tienden a encerrarla en sí misma y esquemas que la vida rompe y arrolla. El último libro de Simmel apa­recido en vida del autor, es El conflicto de la cultura moderna [Der Konflikt der mo­dern Kultur, 1918]. Póstumos aparecieron Schulpädagogik (1922) y Fragmente und Aufsätze (1923).

Los «seminarios privadí­simos» orientaron decisivamente a numero­sos filósofos que más tarde desempeñaron un gran papel en el desarrollo de la vida cultural de nuestro siglo. Simmel gustaba repetir­les que fueran progresando valerosamente, pues, de haber dado de cabeza contra la pared, de cualquier forma «se lo hubiera advertido la centella provocada por el cho­que»; de esta suerte expresaba su principio metodológico que le inducía a no temer las consecuencias extremas. Él mismo, y con gran originalidad, empezó a poner en prác­tica tal criterio mediante demoledoras crí­ticas contra todo el mundo, y la creación, con ello, de la filosofía del relativismo ex­tremo.

I. Mészáros