Edward Hanslick

Nació el 11 de septiem­bre de 1825 en Praga y m. en 1904 en Viena. Recibió durante su juventud una formación musical completa, primeramente de sus pa­dres y luego del compositor bohemio Tomaschek, y pensó dedicarse a la composición o a la carrera de concertista; más tarde, em­pero, reconoció su incapacidad creadora, e, ingresado al servicio del Estado tras su gra­duación en Leyes, empezó al mismo tiem­po a introducirse en el periodismo musical. Establecido en Viena en 1846, publicó en la Wiener Musikzeitung un largo ensayo sobre Tannhduser (v.), que un año antes había tenido ocasión de oír en Dresde; el texto le valió una lisonjera carta de agradeci­miento de Wagner y la colaboración en los periódicos vienes es.

El nombramiento para un cargo público en Klagenfurt (1948) ale­jóle de la vida musical de la capital; sin embargo, en 1852 pudo obtener el deseado traslado, y volvió a dedicarse de nuevo a sus anteriores actividades: crítico musical del órgano gubernativo Wiener Zeitung, pasó en 1885 al importante y difundido pe­riódico Die Presse, y luego (1864) al Die Neue Freie Presse, que sucedió al ante­rior. Desde tales tribunas H. llegó a ser con­siderado como una autoridad en la vida mu­sical vienesa, y contribuyó intensamente a la renovación operada en ella durante la segunda mitad del siglo, que la sacó de la vacía y superficial brillantez en que lan­guidecía. La publicación del breve pero cé­lebre tratado de estética De lo bello en la música (1854, v.) le abrió las puertas de la Universidad de Viena, donde, en octubre de 1856, empezó a dar, gratuitamente, leccio­nes que muy pronto convirtiéronse en un acontecimiento mundano y cultural de la vida vienesa.

Tres años después H. se vio excepcionalmente admitido en el escalafón del profesorado, lo que le permitió abando­nar la burocracia y dedicarse por completo al ejercicio de la crítica musical. Ferviente admirador de Schumann y Mendelssohn, se opuso a las nuevas evoluciones del arte wagneriano y a las tendencias descriptivas del romanticismo musical promovido por Liszt y su grupo de Weimar. Como paladín de la música pura y de una persistencia de la tradición clásica aun dentro del gusto romántico, se convirtió de modo natural en el apóstol del sistema sinfónico de Brahms y enemigo de la corriente wagneriana. Wag­ner vengóse duramente de sus ataques es­bozando una caricatura de H. en el personaje de Beckmesser, de Los maestros can­tores (v.). Con todo, la aversión a los crite­rios de la dramaturgia wagneriana y la anti­patía hacia las poses de la «religión de Bayreuth» jamás cegaron a H. lo bastante para no dejarle comprender la fuerza del genio artístico de Wagner; y, en otra dirección, le indujo a un juicio sobre los valores del melodrama italiano de una ecuanimidad que no hubiera podido esperarse en los años de su juventud. Y así, fue uno de los obser­vadores más inteligentes y comprensivos de la ascensión de Verdi, desde Aida hasta la Misa de Réquiem} y de Otelo a Falstaff.

M. Mila