CARMEN LAFORET comentada por Miguel Delibes

Carmen Laforet 1945La generación de la «inmediata posguerra» tenía otros nombres, no muchos, pero con los que hay que contar a la hora de valorar la reanimación de nuestra novela.

Carmen Laforet, por ejemplo. Carmen, poco sociable y de una suspicacia casi infantil, hace una ruidosa entrada con Nada, su primera novela y el primer Premio Nadal. Las ediciones se suceden y los piropos de los críticos llegan de todas las partes del mundo.

Laforet cuenta veintiún años y la esperanza en su porvenir está más que legitimada.

Entonces comienza la espera paciente de sus lectores. Un año, dos años, tres años…, ¡cuántos años!, pero Laforet no se manifiesta. No tiene prisa. Lo dice en las entrevistas, lo dice en los periódicos, en la calle. Nada significa mucho en el raquítico panorama de nuestras letras. Con el tiempo, un título tan vacío pero tan certero, servirá para hacer juegos de palabras poco halagüeños para su autora. «Después de Nada, nada»; «Nada es todo en Carmen Laforet». «¿Cómo puede llamarse Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?» Convengamos en que ninguna cosa tan perjudicial para un autor como revelarse con un éxito explosivo. Carmen se convierte en una muchacha asustada por el propio estampido de su novela; una víctima de sí misma. Decir ahora que Carmen Laforet se agotó en su primer esfuerzo yo creo que es pura tontería.

Una mujer de tan sólidos recursos, tan exacta, que pone en pie unos personajes tan vivos como los de Nada es, sin duda, una novelista. Ahora bien, el hecho de que la segunda novela no llegue, de que transcurran en vano los años, quiere decir que la novelista se teme a sí misma, teme no acertar a superarse, en una palabra, se siente impotente. Y, más o menos, lo que se temía sucedió.

Pasaron los años y Carmen, cada vez más empequeñecida, no se decidía, no ya a igualar su éxito inicial, sino ni siquiera a intentarlo. No obstante, Carmen Laforet es la autora de Nada, una de las grandes novelas del medio siglo XX. Algo que evidentemente tiene su importancia, como ya advirtió Juan Ramón Jiménez desde el exilio.