Aleksandr Vasileevich Suchovo-Kobylin

Nació en 1817 en el seno de una familia de antiguos propietarios nobles, y murió en 1903. Frecuentó la Facultad de Ciencias exactas de la Universidad de San Petersburgo, si bien, como atestigua A. I. Herzen (v.), amigo suyo de infancia, manifestase una acentuada disposición por los estudios filo­sóficos, a los cuales se dedicó más tarde apasionadamente. Su vida fue al principio la propia del hombre de mundo ruso de la primera mitad del siglo XIX, y viose ani­mada por frecuentes viajes y estancias fuera de Rusia, singularmente en París. De re­pente, empero, trastornó su existencia regu­lar y tranquila un grave acontecimiento: el asesinato de una francesa, Louise Simon- Demanche, que le había acompañado a Ru­sia, vivía con él como señora de la casa y, según se dijo, mantenía con él «.relaciones amorosas».

Como las indagaciones fundadas en la acusación contra los criados a las órdenes de la víctima resultaron infructuo­sas, la policía sospechó del mismo Suchovo-Kobylin, el cual, detenido en dos ocasiones y sometido a enervantes interrogatorios, fue reconocido, al final, inocente en 1857, tras siete años de pesquisas. Durante la primera detención, en 1854, terminó una comedia, Las bodas de Krechinski (v.); luego consiguió llevarla a la escena en el «Pequeño Teatro» (1855) y hacerla publicar en la revista El contempo­ráneo (1856). Los dos períodos de cárcel y los frecuentes contactos con la policía y el mundo judicial proporcionaron al autor el tema de otras dos comedias, concebidas y desarrolladas como continuación de la pri­mera: Un asunto judicial y La muerte de Tarelkin, aparecidas, junto con Las bodas de Krechinski, bajo el título Cuadros del pasado, según el deseo de las autoridades, y al que el escritor añadió «pintados de la realidad por Suchovo-Kobylin».

Absuelto de la acusa­ción de asesinato, vivió una existencia reti­rada y sin episodios relevantes, entregado a la lectura y la reflexión y profundamente amargado; así lo revelan también las dos comedias escritas después del proceso, la primera de ellas, como dijo su autor, dictada por el odio y el deseo de venganza.

E. Lo Gatto