Orígenes del Cenobio de Gandersheim, Rosvita

[Primordio, coenobii Gandershemensis]. Poema histórico en 594 hexámetros, obra de Rosvita (Hrótsvit, 935 apr. – 973 apr.), monja del convento de Gandersheim, que vivió durante el renacimiento otoniano.

El poemita, compuesto bajo el reinado de Otón II, se propone ser el humilde home­naje de devoción y gratitud de una religiosa hacia su cenobio, gozosamente exaltado en sus primeros orígenes, tan santificados e ilustrados por los prodigios de la gracia del Señor.

Sus bienhechores, remotos y próxi­mos, poseen todos su aureola de gloria en la «modesta musa» de la poetisa, junto a las figuras más nobles de aquellos sagrados comienzos; unos y otros tanto más com­prendidos en el común elogio cuanto que eran miembros de una sola estirpe.

El re­cuerdo del pasado se convierte tal vez en celebración épica del presente, y Liudolfo, fundador del monasterio, revive como ca­beza de la estirpe de la nueva dinastía de los Otones. Pero el panegírico de la fami­lia no turba nunca la cándida exaltación de la virtud monástica, de manera que esta obrita, aun pareciendo debida (como Las gestas de Otón) a las solicitaciones de la culta Gerberga, sobrina de Otón I, maestra de Rosvita y abadesa de Gandersheim, man­tiene siempre una naturalidad sincera y límpida de exposición, muy de acuerdo con el tema.

La narración de los hechos termina con la muerte de Cristina (919), última abadesa de la casa de Liudolfo. Esta poesía debió de gozar de muy poca fortuna durante la Edad Media si, como parece, ya en el si­glo IX era ignorada en el mismo monasterio de Gandersheim.

En realidad, a pesar de sus méritos, que acabamos de apuntar, su valor resulta ciertamente más histórico que literario.

G. Billanovich

Orígenes de la Novela, Marcelino Menéndez Pelayo

Obra del crítico y erudito español Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), que quedó incom­pleta por su temprana muerte.

Consta de un estudio historicocrítico sobre las obras hispánicas anteriores a Cervantes que con­tienen elementos novelescos, y la edición de los textos castellanos desde La cárcel de amor, de Diego de San Pedro, hasta el Viaje entretenido, de Agustín de Rojas.

Se publicó por primera vez en la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» (vols. I, VII y XIV), entre 1905 y 1910. Nuestro autor dejó pre­parado, al morir, el último volumen de textos, que fue incluido en el tomo XXI de la misma colección con un estudio preli­minar de Adolfo Bonilla San Martín.

En 1943 se reunieron los estudios críticos formando una obra sistemática, dentro de la edición de Obras Completas que publica el «Consejo Superior de Investigaciones Cien­tíficas», junto con su tesis doctoral sobre La novela entre los latinos, El prospecto de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles y una serie de adiciones y rectificaciones del propio autor.

El estudio que efectúa Menéndez Pelayo abarca por un igual las di­ferentes literaturas peninsulares. Se inicia con unas breves consideraciones sobre la novela en la antigüedad clásica; estudia, después, el apólogo y el cuento oriental; la influencia de las formas de la novelística oriental en las literaturas hispánicas me­dievales (Llull, Juan Manuel, Turmeda, Ar­cipreste de Talavera); la literatura caballe­resca, desde sus orígenes peninsulares hasta las grandes novelas del siglo XV (Tirant lo Blanch, Curial e Güelfa, Amadís, etc.); la irrupción de la novela sentimental (Rodrí­guez del Padrón, Diego de San Pedro, etc.); la novela histórica; la novela pastoril (Ribeiro, Montemayor, Gil Polo, etc.); los cuentos y novelas cortas, y finalmente, en un ceñido y extenso análisis, La Celestina y sus imitaciones, quizás la parte más pe­renne de toda la obra.

Si la vertiente es­trictamente erudita de estos estudios ha sido superada en muchos aspectos, las ilu­minaciones críticas que contiene son toda­vía válidas en su casi totalidad. Su prosa científica, de altos valores retóricos, es de una elegante plenitud expresiva, con repe­tidas y a menudo oportunas incursiones hacia ciertas sonoridades oratorias muy pro­pias del siglo XIX.

Orígenes de la Medicina, Johannes-Baptista van Helmont

[Ortus medicinae id est initia phisicae inaudita]. Con este título, el hijo del médico y quími­co belga Johannes-Baptista van Helmont (1577-1644) publicó en Amsterdam, en 1648, la obra de su padre, que comprende varios escritos de alquimia y de medicina, como los Opuscola medica inaudita, el opúsculo Febrium doctrina inaudita, el Tumulus pestis, etc.

Los Opuscola medica fueron pu­blicados en parte aquel mismo año; el conjunto de sus obras fue reimpreso bajo el título de Opera Omnia en Franckfort, en 1682. Las investigaciones más importantes de Helmont son las relativas a la química pneumática, de la cual debe ser considerado como verdadero fundador.

Él fue el primero en distinguir los diversos cuerpos gaseosos (ácido carbónico, hidrógeno, ácido sulfuroso, etc.) basándose en sus propieda­des, mientras que antes de él todos los gases eran tenidos por sustancialmente idénticos y no distintos del aire.

Suya es la palabra «gas» (que él derivó del latín «chaos», usado muchas veces anteriormente, con análogo significado, por Paracelso). Por medio de la combustión del gas explica la incandescen­cia de la llama y los efectos de la pólvora pírica.

Suya es también la distinción entre gases y vapores, estos últimos convertibles al estado líquido mediante mero enfria­miento. Van Helmont mostró que el ácido carbónico se puede obtener tratando con ácidos la piedra calcárea o la potasa, quemando carbón, dejando fermentar vino o cerveza.

Indicó después su presencia en el estómago, en las aguas minerales, en cavi­dades terrestres, y lo llamó «gas silvestre, esto es, incoercible» («gas silvestre sive incoercibile, quod in corpus cogi non potest visibile»). Pero no siempre consiguió dis­tinguir netamente el ácido carbónico de otros gases que tampoco alimentan la com­bustión (no comburentes).

Sin moverse del campo de la química, demostró claramente que a menudo una mínima sustancia con­tinúa subsistiendo en muchos compuestos bajo aspectos diversos; por ejemplo, la plata en sus diversas sales, o la sílice en el cristal. En algunos casos particulares ha­bía entrevisto así un principio de «conser­vación de la materia», que representaba, desde luego, una conquista comparada con las oscuras divagaciones de sus contempo­ráneos.

Son también particularmente nota­bles sus observaciones sobre las funciones quimicogástricas y el papel preponderante que reconoció al jugo gástrico, al que llamó «jugo ácido», en la función de la digestión.

Pero sus teorías fisiológicas estaban todavía sometidas a abstrusos prejuicios cabalísti­cos y metafísicos derivados en gran parte de Paracelso, de quien repite la doctrina de las «archeces», especies de almas secunda­rias que regulan las funciones del organis­mo y determinan, con su armonía y su lucha, la salud o la enfermedad.

U. Forti

Orígenes de la Poesía Castellana, Luis Joseph de Velázquez

Obra del arqueólogo y numismático Luis Joseph de Velázquez (1722-1773), pu­blicada en Málaga en 1754.

La actitud lite­raria del autor, perteneciente a la «Acade­mia del Buen Gusto», no podía hacer presuponer nada bueno. Así nos dio este libri­llo, que llegó a tener una gran fama, más que por su valor, que es nulo, por las ano­taciones y adiciones que le puso el profesor alemán Dieze, que llegó a doblar su volu­men de páginas.

Como observa Menéndez Pelayo, no tiene valor bibliográfico ni eru­dito. La incomprensión del autor por nues­tra literatura es radical. Junto a todo esto encontramos grandes elogios a las mediocridades de su tiempo.

Orígenes de la Lengua Española, compuestos por varios autores, Gregorio Mayans y Sisear

Obra del gran humanista valenciano Gregorio Mayans y Sisear (1699-1781), publicada en Madrid, en dos volúmenes, en 1737.

Es la obra capital del autor, y en ella expone sus teorías lin­güísticas. El primer volumen se compone de un largo discurso sobre la corrupción de la lengua latina en España y el modo como se fue formando la española.

El segundo se compone de varios opúsculos, entre los cuales figura en primer término el Diálogo de la lengua (v.), de Juan de Valdés, edi­tado por vez primera, aunque algo incorrec­tamente y como anónimo. Aparecen tam­bién editados en este volumen los Refra­nes de Santillana y el Arte de trovar (v.), de Villena.

Según Barcia, este libro consti­tuye una obra nutrida de erudición y sana crítica, poco conocida y muy digna de elo­gio. Es, desde luego, una obra básica en la historia de nuestra filología.