Nacido el 21 de diciembre de 1836 (según algunos el 2 de enero de 1837) en Nijni Novgorod y m. el 29 de mayo de 1910 en San Petersburgo.
Guía genial de la nueva música rusa, durante los años pasados en su ciudad natal fue asimilando las influencias étnicas que habrían de caracterizar su estilo de compositor. Mientras tanto, los diversos trabajos musicales realizados junto al crítico y melómano A. Ulibisev y la utilización de su abundante biblioteca le permitieron completar su formación y dedicarse completamente a la música.
Balakirev fue, en realidad, un autodidacto; sin embargo, cuando en 1855 se trasladó a San Petersburgo contaba ya con una preparación suficiente para sostener de manera eficaz el ideal dé un nuevo arte, al cual viose vivamente inducido por los elogios de Glinka.
Aquel mismo año conoció a C. Cui, y junto con éste elaboró las bases del programa estético al que la aparición de Musorgski, Rimsky – Korsakov y Borodin convirtió en bandera revolucionaria del grupo de los «Cinco».
Balakirev orientó los primeros ensayos de estos jóvenes hacia la consecución de una música netamente rusa en la esencia y antiacadémica en cuanto a las formas, y que, gracias también a la colaboración del crítico Stasov, vinculó el grupo a todo el movimiento de renovación surgido hacia 1860 en la vida intelectual del país; al mismo tiempo, difundió las obras de los «Cinco» mediante los ciclos de conciertos que dirigió en la Escuela Libre de Música por él creada en 1862, y, más tarde, en la Sociedad Musical Rusa.
No obstante, la hostilidad del ambiente artístico oficial, las persistentes dificultades de todo género y, también, la gradual emancipación de sus discípulos, a lo cual se añadió una crisis de misticismo, le alejaron en 1870 da las actividades musicales e indujeron a aceptar un empleo en los ferrocarriles; y así, cuando nombrado director de la Capilla Imperial en 1883, quiso reanudarlas, apareció, ya muertos algunos de sus antiguos amigos y ajenos a su influencia los otros, cual un superviviente.
A partir de 1895 dedicóse exclusivamente a componer. Tan exigente consigo mismo como lo fuera respecto a sus colegas, su composición lenta y reflexiva se tradujo en un escaso número de obras, de las que sólo dos alcanzaron una extensa notoriedad: la fantasía para piano Islamey (v.) y el poema sinfónico Tamara, en el cual trabajó por espacio de quince años.
E. Zanetti
