Una lanza por la literatura hispanoamericana

No seamos hipócritas y reconozcamos que cuando hablamos de literatura hispanoamericana sentimos, junto a un cierto orgullo idiomático, un puntito de resquemor, porque «literatura hispanoamericana» es un término ambiguo, que hermana y rechaza al mismo tiempo: se refiere a la literatura escrita en español, pero fuera de España.

No existe unidad de criterio sobre su origen, pues los estudiosos en la materia se alinean desde los que incluyen en el término a cualquier literatura producida en Hispanoamérica desde la llegada de Colón, incluyendo toda la época colonial, hasta quienes la línea de corte la trazan en el momento de la independencia de las repúblicas americanas y el desarrollo de las sociedades criollas.

En todo caso junto a esta distinción, objetiva por cuanto histórica y geográfica, existen otras diferencias más subjetivas que son, al fin y al cabo, las que pesan en la carga conceptual del término para la mayoría de los mortales: la literatura hispanoamericana refleja la contraposición del nuevo mundo frente al viejo, de unas tendencias emergentes frente a otras rancias u obsoletas, incorpora técnicas innovadoras, temáticas regionales a la vez que universales, se nutre de una tradición oral que no existe en España desde el siglo de oro, y es, en fin, continental en sí misma, compartiendo más influencias con la literatura norteamericana que con la española. Seguir leyendo

Seis mil lunas

PORTADASEIS MIL LUNAS nos dan una visión comprometida y enraizada en lo popular del vía crucis que supuso para los humildes y los marginados la guerra civil de El Salvador. Retomando elementos de la tradición literaria hispanoamericana representada por Rulfo, Asturias o García Márquez, el autor nos muestra con un lenguaje vigoroso y sencillo las aventuras, conflictos y sentimientos de unos personajes impávidos y terrosos, duros protagonistas de la realidad cotidiana, descarnada y campesina de una frontera a la vez violenta y emotiva.

Quizá nos lleve el viento al infinito: una historia de amor imposible

Ha caído en el olvido Gonzalo Torrente Ballester, don Gonzalo. Lejos queda el gran éxito que tuvo su trilogía Los gozos y las sombras, llevada a la televisión en forma de serie, la excelente crítica de La saga/fuga de JB o la Crónica del rey pasmado, que fue llevada al cine y obtuvo ocho premios Goya. Fuera de estos libros, su obra es poco conocida. ¿Quién ha leído Off-sideLa isla de los jacintos cortados o Filomeno a mi pesar, que, por cierto, recibió el premio Planeta? Y si don Gonzalo ha caído en un olvido mediático y editorial (cada vez es más difícil encontrar sus títulos en las librerías), no digamos sus novelas menos conocidas.

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Por eso quiero dedicar este comentario a una de ellas. Una novela que, fuera de un reducido círculo de apasionados de su obra, a nadie he oído mencionar. Se trata de Quizá nos lleve el viento al infinito. Alguna vez, hablando de literatura con amigos, compañeros o contertulios, he preguntado sobre ella y la respuesta, aunque variable, podría resumirse en un sorprendido: ni idea.

Pero yo, infatigable en mi labor divulgativa, la recomiendo. Hace poco, una de mis hijas me pidió que le dejase algo para leer. Como ese día estaba nostálgico, rebusqué entre las estanterías donde almaceno los libros más viejos hasta encontrar el ejemplar que conservo, en formato bolsillo, algo estropeado por el uso, y se lo di: a ver que te parece este. Y para mi sorpresa, le encantó. Y es que la buena literatura permanece aunque las generaciones cambien.

Quizá nos lleve el viento al infinito es una pequeña joya, un libro atípico incluso dentro de la variopinta bibliografía de su autor. A primera vista, se trata de una novela sobre la guerra fría ?de la que se burla con sutil sarcasmo?, en pleno auge de la amenaza nuclear y el teléfono rojo; pero tras un escenario de agentes secretos, organizaciones militares y telón de acero se desarrolla una historia de amor imposible o, como le gustaba decir a don Gonzalo, inverosímil. Los protagonistas de esta historia no pueden ser más opuestos pues se ubican, no ya en ambos extremos del espectro humano, sino en puntos opuestos de la propia ficción literaria. Y sin embargo, se enamoran. Quizá nos lleve el viento al infinito lleva a su máxima expresión, de manera muy hermosa, sin grandes pretensiones ni romanticismos empalagosos, el dicho de que, en el amor, los extremos se tocan y los contrarios se complementan: si dos seres como los protagonistas de esta historia pueden enamorarse, es que el amor, en verdad, no tiene límites.

Para finalizar, no obstante, una advertencia: el libro tiene trampa. Consciente quizá don Gonzalo del valor de la joya que estaba creando, quiso ocultarla de miradas indiscretas y lectores impacientes, de esos que necesitan engancharse a la historia desde la página uno, y, antes de penetrar en la verdadero corazón de la novela, presenta al lector una curiosa prueba de confianza: las primeras cincuenta páginas son, de entrada, casi incomprensibles, sólo la fe en el autor y la aspiración por alcanzar el tesoro prometido nos animarán a continuar.

Que ustedes lo disfruten.

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Héroes, tumbas y libros perdidos

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“Héroes, tumbas y libros perdidos” obtuvo el Premio de narrativa de la Universidad Complutense de Madrid 2011. Está compuesto por siete historias que se deslizan a través de épocas y continentes dispares, desde los mares del sur hasta las estepas rusas, de la antigüedad clásica hasta nuestros días, y donde la guerra, el amor, la derrota y la aventura intentan dibujar un mapa universal.

A lo largo de sus páginas los lectores encontrarán relatos y personajes de muy diferente índole, pero todos relacionados con una historia que se rescata en escritos, en confesiones, en imágenes traumáticas o en libros perdidos. Proezas históricas que se vuelven cotidianas, llenas de renuncias y de miserias; heroicidades que nacen del anonimato y que nos devuelven la esperanza en el hombre, en su futuro como civilización, o que se mueven en la desesperación de lo inevitable.

Lucha por la vida

Ni las profecías de Nostradamus ni los libros de Julio Verne ni el futurista «1984» de George Orwell: para acertadas, las conjeturas de Pío Baroja en «Lucha por la vida»

El libro consta de tres partes, no demasiado largas: La Busca, Mala Hierba y Aurora Roja. A pesar de haber sido escrita hace algo más de un siglo, es una de esas obras que continúan siendo de una clarividente actualidad, en especial atendiendo a los momentos tan convulsos que nos está tocando vivir.
El autor posa su mirada sagaz y objetiva sobre un mundo de desheredados, de seres marginales y periféricos personificados en un grupo de adolescentes perdidos en la búsqueda de su camino en la vida. Y dando color a esta trama, Pío Baroja nos presenta una instantánea del Madrid del nuevo siglo (el XX) que nace convulso –como este de ahora–, con luchas de clases, debate social, movimientos obreros, anarquistas de viejo cuño e incluso nos pinta el despertar del movimiento feminista, poniendo en boca de Salvadora, la protagonista femenina, unas palabras absolutamente premonitorias, que me permito citar:
«—Soy […] casi, casi, libertaria; y no es por mí precisamente; pero me indigna que el Gobierno, el Estado o quien sea, no sirva más que para proteger a los ricos contra los pobres, a los hombre contra las mujeres, y a los hombre y a las mujeres contra los chicos.
—Si, en eso tiene usted razón —dijo Roberto—. Es el aspecto más repugnante de nuestra sociedad es ése; el que se encarnice con los débiles, con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las formas de la bravuconería y todas las formas del poder.
—Yo, cuando leo esos crímenes —siguió diciendo la Salvadora—, en que los hombres matan a una mujer, y luego se los perdona, porque han llorado, me da una ira…
—Sí ; qué quiere usted? Es el jurado sentimental, que va a la Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan a veinte años a presidio a un falsificador y dejan libre a un asesino.
—¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados? —preguntó la Salvadora.
—Sería peor; se mostrarían seguramente, más crueles para ellas mismas.
—¿Cree usted?
—Para mí es seguro.
—La pena debía ser —dijo Manuel— menor para la mujer que para el hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe
—A mi me parece lo mismo —añadió la Salvadora.
—Y a mí también —repuso Roberto.
—Eso es lo que debía modificarse —siguió diciendo Manuel—las leyes, el Código. Porque eso de que haya república o monarquía o Congreso bastante nos importa a nosotros. Por qué, por ejemplo, han de poner en el Registro civil si un niño es legítimo o no. Que le apunten, y nada más.
—Pues eso se va consiguiendo poco a poco —replicó Roberto
— Se van haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España, todavía, no; pero vendrán esas modificaciones, y vendrán mejor, ¡créelo!»

(Por Julio Alejandre)