Camelot (T. H. WHITE)

camelotEste libro contiene cuatro novelas: La espada en la piedra (The Sword in the Stone, 1938), La reina del aire y las tinieblas (The Queen of Air and Darkness, 1939), El caballero malhecho (The Ill–Made Knight, 1940) y Una vela al viento (The Candle in the Wind). En conjunto cuenta nuevamente la historia del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, empezando por la educación del Rey Arturo a cargo del mago Merlín. Ha habido incontables novelas arturianas, pero pocas han inspirado tanta devoción como esta obra deliciosamente divertida e imagina-tiva. Se con­virtió en un best–seller cuando fue publicada en su forma defi­nitiva en 1958, e inspiró un musical de Broadway, Camelot, y dos películas.

En su libro Imaginary Worlds el novelista y crítico nor-teame­ricano Lin Carter declara: «La novela fantástica más hermosa escrita en nuestro tiempo, y también que se haya escrito nunca, es, cualquiera que sea el criterio adoptado, Camelot (The Once and Future King) de T. H. White».

Camelot no es en modo alguno una versión seria del rela­to tradicional. Aunque sitúa la narración en la Alta Edad Me­dia, White usa deliberados anacronismos, comúnmente con un efecto encantador, aunque a veces las alusiones «modernas» son anticuadas («Lanzarote terminó siendo el más grande ca­ballero que tuvo el Rey Arturo. Era una especie de Bradman, el mejor promedio entre los batalladores»). También introduce muchos elementos mágicos, además de los tradicionales. El jo­ven Arturo, o la Verruga, como se lo llama, es transformado por Merlín en diversos animales del campo, y puede volar como un pájaro y nadar como un pez. Pero las principales cualidades del libro son el realismo –White muestra un conocimiento nota­ble de deportes como la halconería, así como las técnicas me­dievales para la caza, la agricultura y la guerra– y un senti­miento vigoroso de la naturaleza. Todo esto se combina con una poderosa imaginación visual:

 

Había un claro en el bosque, un vasto césped de hierba ilumi­nada por la luna, y los rayos blancos brillaban plenamente so­bre los troncos de los árboles en el lado opuesto. Estos árboles eran hayas, cuyos troncos son siempre más bellos bajo una luz perlada, y entre las hayas había un pequeñísimo movimiento y un tintineo plateado. Antes del tintineo sólo estaban las hayas, pero inmediatamente después había un caballero con toda su armadura, tranquilo, silencioso y extraterreno, entre los ma­jestuosos troncos. Montaba un enorme caballo blanco, tan ab­sorto como su amo, y llevaba en la mano derecha, con el extre­mo apoyado en el estribo, una larga y lisa lanza de torneo que se elevaba entre los troncos de los árboles, cada vez más alto, hasta que se proyectaba en el cielo de terciopelo. Todo era luz de luna, plata, demasiado bello para poder describirlo.

 

El libro también es notable por sus caracterizaciones cómicas (el caballero de la escena anterior resulta ser un imbécil que se sobresalta al menor ruido). Particularmente rico en humor es el retrato del brillante pero desconcertante y desordenado Merlín, tan resuelto a recordar el futuro que no tiene ningún conocimiento del pasado. Las cosas se ensombre-cen en los últimos episodios, los que tratan de la vida adulta de Arturo y sus intentos de gobernar sabiamente, y del trágico amor de la reina Guenever por sir Lanzarote. Pero la magia de toque ligero de este autor conserva su poder a lo largo de toda la obra. Terence Hanbury White (1906–1964) escribió otros libros, entre ellos Mistress Masham’s Repose (1947), una novela fantástica sobre una mucha­cha que descubre una colonia perdida de liliputienses en una isla lacustre. Una obra publicada póstumamente, El libro de Merlín (1977), sirve de entretenido apéndice a Camelot.

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El tambor de hojalata (Gunther Grass)

tambvorDurante la primavera y el verano de 1952 recorrí Francia de arriba abajo pidiendo viajes a los vehículos que pasaban. Vivía de casi nada, dibujaba sobre papel estraza y escribía sin parar: el lenguaje me había afectado como una diarrea. Además de ciertos cantos bastante epigonales (creo yo) sobre él difunto timonero Palinuro, produje un largo y tumoroso poema en el que Oskar Matzerath, antes de llamarse así, aparece como anacoreta estilista.

Era un hombre joven y existencialista, según los dictados de la moda del momento. De oficio, albañil. Vivía en nuestros tiempos. Sus conocimientos literarios eran desordenados y más bien fortuitos, y no escatimaba las citas. Desde antes de ocurrir el auge de la prosperidad material, estaba harto de ella y enamorado de su propio asco. Por eso, construyó una columna en el centro de su pequeña ciudad (sin nombre), posición que ocupó encadenado. Mediante un largo palo y un cesto, su madre, sin dejar de regañarlo, le pasaba la comida. Sus esfuerzos por incitarlo a regresar eran apoyados por un coro de muchachas peinadas al estilo de figuras mitológicas. El tránsito de la población daba vueltas a la columna, se reunían sus amigos y enemigos; finalmente, la comunidad entera levantaba la vista hacia él. El anacoreta estilista, por encima de todo ello, miraba hacia abajo y cambiaba serenamente el peso de una pierna a la otra; había hallado su perspectiva y reaccionaba con palabras cargadas de metáforas.

Este extenso poema no se logró y fue olvidado en alguna parte; sólo recuerdo unos cuantos fragmentos, que a lo sumo muestran la influencia ejercida simultáneamente sobre mí por Trakl y Apollinaire, Ringelnatz, Rilke y unas traducciones pésimas de Lorca. Lo único interesante era la idea de la búsqueda de una perspectiva apartada: la elevada posición del anacoreta estilita resultaba demasiado estática. El tamaño alcanzado por Oskar Matzerath a los tres años me brindó al mismo tiempo, finalmente, movilidad y distancia. Si se quiere, Oskar Matzerath es un anacoreta estilita de polaridad invertida.

Al finalizar el verano del mismo año, cuando estaba desplazándome, procedente del sur de Francia, vía Suiza hacia Dusseldorf, no sólo conocí a Anna sino que también, como producto de la mera contemplación, fue destituido el anacoreta estilita. En una ocasión banal, por la tarde, vi entre adultos que tomaban café a un niño de tres años, que traía colgado un tambor de hojalata. Llamaron mi atención y se fijaron en mi conciencia: la entrega ensimismada del niño a su instrumento; también, su forma de no hacer caso del mundo de los adultos (dedicados a acompañar su charla vespertina con café).

Durante tres años completos, este «hallazgo» permaneció enterrado. Me mudé de Dusseldorf a Berlín, cambié de maestro de escultura, volví a encontrar a Anna, me casé al año siguiente, saqué a mi hermana, que se había metido en un callejón sin salida, de un convento católico, dibujé y modelé figuras en filigrana, parecidas a aves, langostas y gallinas, fracasé con un primer intento más largo de prosa, que se llamaba La barrera y había tomado a Kafka como modelo y a los primeros expresionistas, como fuente de su aparato metafórico; sólo entonces escribí, un poco más tranquilo, mis primeros poemas eventuales, relajados y puestos a prueba con trazos de dibujo, los cuales se apartaron del autor y ganaron esa independencia que permite la publicación: Die Vorzüge der Windhühner [Las ventajas de las gallinas del viento], mi primer libro.

Con ese equipaje —el material acumulado, algunos proyectos imprecisos y una ambición precisa: yo quería escribir mi novela, Anna buscaba un ejercicio más estricto de ballet— abandonamos Berlín a principios de 1956, sin recursos y sin preocupaciones, y fuimos a vivir a París. Cerca de la Place Pigalle, Anna encontró a su estricta matrona rusa de ballet, en forma de Madame Nora; yo aún estaba puliendo la obra de teatro Los malos cocineros, cuando comencé el primer borrador de una novela que tendría diversos títulos de trabajo: Oskar, el tambor, El tambor, El tambor de hojalata. Y exactamente aquí es donde se bloquea mi memoria. Sé que gráficamente diseñé varios planes, los cuales resumían todo el material épico, llenos de palabras sucintas, pero estos planes fueron anulados y perdieron su valor mientras progresaba el trabajo.

No obstante, también los manuscritos de la primera y la segunda versiones, y finalmente de la tercera, sirvieron para alimentar el calentador en mi cuarto de trabajo, el cual volveré a mencionar más adelante.

Con la primera frase: «Pues sí: soy huésped de un sanatorio…», se disolvió el bloqueo, me apremió el lenguaje, fluyeron libremente la capacidad de recordar y la fantasía, el placer lúdicro y la obsesión con los detalles, un capítulo derivó de otro, supe dar brincos cuando inesperadas depresiones contenían la corriente del relato, me ayudó la historia con ofertas locales, las latas reventaron para soltar olores, fui adquiriendo una familia reproducida espontáneamente, me peleé con Oskar Matzerath y sus anexos sobre los tranvías y la disposición de las líneas, sobre los procesos simultáneos y la absurda coacción ejercida por la cronología, sobre el derecho de Oskar a hablar en primera o en tercera persona, sobre su pretensión de engendrar a un hijo, sobre sus faltas verdaderas y su culpa fingida.

De esta manera, mi intento de adjudicar al solitario Oskar una maliciosa hermanita fracasó debido a las protestas de aquél; es posible que la hermana haya insistido, posteriormente, en su derecho a la existencia literaria, en forma de Tulla Pokriefke.

Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: un agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. El cuarto servía también para calentar nuestro minúsculo departamento de dos habitaciones en la planta siguiente. Mi actividad de fogonero se engranó con la de escribir. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por coque, con dos cubetas, a un cobertizo del sótano en el edificio al frente. Mi habitación olía a moho y, acogedoramente, a gas. Las goteras de las paredes estimulaban mi imaginación. Es posible que la humedad del cuarto haya activado el ingenio de Oskar Matzerath. Una vez al año, durante los meses de verano, tenía la oportunidad de escribir al aire libre en Tesino durante un par de semanas, por ser Anna de Suiza. Me sentaba a la mesa de piedra debajo de una pérgola de vid, contemplaba el paisaje centelleante, propio de una decoración teatral, de la zona del sur, y describía, bañado en sudor, el helado mar Báltico.

 A veces, para cambiar de aire, garabateaba los borradores para los capítulos en los bistros de París, tal y como se les conserva en las películas: entre parejas de enamorados trágicamente abrazados, ancianas escondidas dentro de sus abrigos, paredes de espejos y ornamentos Art Nouveau, algo sobre afinidades electivas: Goethe y Rasputín.

A pesar de ello debo haber vivido intensamente, al mismo tiempo, cocinado con esmero y bailado de gusto, a la menor provocación, por las piernas bailadoras de Anna, pues en septiembre de 1957 —me encontraba en medio de la segunda versión— nacieron nuestros hijos gemelos, Franz y Raoul. Un problema no de naturaleza literaria, sino financiera. Al fin y al cabo, vivíamos de unos 300 marcos mensuales, repartidos minuciosamente, los cuales ganaba casi sin fijarme en ello. A veces creo que me protegió el simple hecho —si bien afligiera a mi padre y mi madre— de no haber terminado el bachillerato. Con un bachillerato, seguramente hubiese tenido ofertas, me hubiera convertido en guionista para programas nocturnos de radio, hubiera guardado el comienzo de un manuscrito en el cajón y un rencor creciente, de escritor impedido, contra todos los que escriben libremente, sin preocuparse, y aun así los alimenta nuestro Padre en los Cielos.

La última versión del capítulo sobre la defensa del Correo polaco en Danzig hizo necesario un viaje a Polonia en la primavera de 1958. Hôllerer sirvió de intermediario, Andrzej Wirth escribió la invitación y vía Varsovia me dirigí a Gdansk. Sospeché que aún debían existir algunos antiguos sobrevivientes de la defensa del Correo polaco y pedí informes en el Ministerio polaco del Interior, el cual contaba con una oficina en la que se apilaban los documentos sobre los crímenes de guerra cometidos por los alemanes en Polonia. Me proporcionaron los domicilios de tres antiguos empleados del Correo polaco (la referencia más reciente era de 1949), pero con el comentario restrictivo de que los supuestos supervivientes no eran reconocidos por el sindicato polaco de trabajadores del Correo (ni en los círculos oficiales en general) porque, según las versiones alemana y polaca, en el otoño de 1939 se dio a conocer públicamente que todos habían muerto fusilados. Por eso se habían cincelado sus nombres en la lápida conmemorativa; y el que haya sido cincelado en piedra ya no puede estar vivo.

Fui a Gdansk en busca de Danzig, pero encontré a dos de los antiguos empleados del Correo polaco; entretanto, habían conseguido trabajo en los astilleros, ahí ganaban más que en el Correo y en realidad estaban contentos con su estado de no reconocimiento. No obstante, sus hijos querían ver a los padres convertidos en héroes y estaban tramitando (sin éxito) su reconocimiento como luchadores de la resistencia. De ambos empleados del Correo (uno había distribuido giros postales) obtuve descripciones detalladas de los sucesos ocurridos en el Correo polaco durante su defensa. Me hubiera resultado imposible inventar esas rutas de evasión.

En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad y hojeé colecciones del Danziger Vorposten, olí el Mottlau y el Radaune. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos y aquel gran edificio de alquiler del Labesweg, entre la plaza Max Halbe y el mercado nuevo; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico.

Y un día me encontré en la cocina comedor de mi tía abuela cachuba, Anna. Sólo al mostrarle mi pasaporte terminó de creerme: «Vaya, Guntercito, cómo has crecido.» Ahí me quedé por un tiempo para escucharla. Su hijo Franz, un antiguo empleado del Correo polaco, efectivamente había sido fusilado después de capitular los defensores. Hallé su nombre cincelado en piedra sobre la lápida conmemorativa: reconocido.

En la primavera de 1959, después de concluir el trabajo del manuscrito y corregir las galeras y las pruebas, recibí una beca por cuatro meses. Otra vez había intervenido Hóllerer. Debía viajar a Estados Unidos y contestar, de vez en cuando, las preguntas de estudiantes. Sin embargo, no logré el permiso. En aquel entonces aún había que someterse a un meticuloso examen médico para obtener la visa, lo cual hice y averigüé que en algunos puntos de mi pulmón habían aparecido tubérculos, una especie de nodulos: cuando los tubérculos revientan, producen agujeros.

Por eso, y también porque en Francia, entretanto, había asumido el poder De Gaulle —después de ser detenido por la policía francesa durante una noche, me entró una verdadera nostalgia de la policía alemana—, dejamos París, al poco tiempo de aparecer El tambor de hojalata como libro (y de abandonarme), y volvimos a establecernos en Berlín. Ahí me obligaron a dormir a mediodía, a abstenerme del alcohol, a hacerme examinar con regularidad, a tomar crema y a tragar tres veces al día unas pastülitas blancas que, según creo, se llamaban Neoteben, con lo cual me volví sano y gordo.

No obstante, estando aún en París había comenzado los trabajos preliminares para la novela Años de perro, que al principio se intitulaba Cascaras de papa y estaba basada en una concepción falsa. Hizo falta la novela corta El gato y el ratón para destrozar ese concepto insustancial. Pero en este tiempo ya era famoso y no tenía necesidad de alimentar la estufa con coque mientras escribía. Desde entonces, escribir me resulta más difícil.

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El libro de Ptah (Alfred Elton Van Vogt)

Ptah-Van-VogtDe lo sublime a lo ridículo. A diferencia de Mervyn Peake, Alfred Elton van Vogt (nacido en 1912) es el típico escritor de obras de ficción para revistas de poca calidad. Sus historias ab­surdamente extravagantes atraían en el tiempo de la guerra a los lectores de las influyentes revistas de John W. Campbell Astounding Science Fiction y Unknown Worlds, en las que durante unos años fue su principal colaborador. Los «casi invencibles animales extraños [de Van Vogt], los largos períodos de sus re­latos, las paradojas temporales de las que está lleno, los super­hombres casi mesiánicos que lograban sus metas a medida que avanzaban las narraciones y los imperios que dominaban, todo ello presentado en una prosa que utilizaba colores obscuros y toscos pero cuyo sorprendente sentido de lo maravilloso era transmitido con una onírica convicción. Las complicaciones de la trama por las que era bien conocido, y que han provocado mordaces burlas por su carácter ilógico y ridículo … son anali­zados más a fondo y sus efectos son mejor comprendidos cuan­do se consideran los repentinos cambios de perspectiva, de jus­tificación y de escala como análogos a los movimientos de un sueño», según el admirable crítico John Clute, en The Encyclo­pedia of Science Fiction.

The Book of Ptath [El libro de Ptath] fue publicado por vez pri­mera en una forma abreviada en 1943, en el último número de Unknown Worlds. (Se supone que la revista dejó de aparecer a causa de la escasez de papel, pero su gemela siguió saliendo, y una explicación más probable de la interrupción de Unknown Worlds después de sólo cuatro años de publicación es que la literatura fantástica de baja calidad sencillamente no tenía la masiva popularidad de la ciencia ficción en aquellos días.) La historia, que concierne en su mayor parte a un super-man «casi mesiánico» que obtiene el éxito merecido, es situada a doscien­tos millones de años en el futuro, en una tierra llama-da Gonwonlane (el antiguo supercontinente de Gondwanaland, ahora reformado). El protagonista, Ptath, sólo puede recordar su nombre. Tiene una fuerza enorme y grandes poderes de recu­peración, y siente la compulsión de viajar a una ciudad distante, también llamada Ptath. Empieza a hacerlo, aplastando a patru­llas de soldados y a todo el que trata de impedírselo. En la ciu­dad lo espera una mujer bella pero malvada llamada Ineznia. Es una diosa, y Ptath es un dios reencarnado (nada menos): ella le infunde nueva vida para hacerlo pasar por una serie de pruebas que acabarán con su destrucción definitiva…

En el camino, Ptath recuerda una de sus anteriores identi­dades: él es Peter Holroyd, un capitán norteamericano de una compañía de tanques en la segunda guerra mundial. Ha sido arrancado de un remoto pasado inimaginable para que tome parte en esta batalla de gigantes en un futuro igualmente im­pensable. No es sorprendente que permanezca en un estado de confusión mental por el resto de la novela, lo mismo que el lec­tor, pues la trama transcurre velozmente y es compleja, con re­velaciones e inversiones esparcidas, personajes que habitan los cuerpos de otros, hazañas mágicas aparentemente arbitra-rias y espantosos secretos revelados casi en cada capítulo. Más tarde Ptath se reúne con su amada L’onee (mantenida en cautiverio por la malvada diosa), descubre su destino y destruye el poder de Ineznia. Para un lector que esté dispuesto a adoptar el esta­do de ánimo apropiado, es todo muy divertido. A. E. Van Vogt es un escritor sin elegancia pero enérgico, y su relato tiene su propio y alocado sentido de la convicción.

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Más tenebroso de lo que piensas, (JACK WILLIAMSON)

lib2320«Se regocijaba con el aroma de los hierbajos húmedos y la fra­gancia de las hojas caídas. Hasta le agradaba el rocío gélido que le salpicaba la velluda piel gris. Lejos del ruidoso sonido metáli­co y sibilante de la locomotora, se detuvo para escuchar los te­nues crujidos de los ratones del campo y atrapó un grillo con un zarpazo de su delgada garra delantera … El júbilo le hizo le­vantarse, con una alegría transparente y vibrante que nunca ha­bía sentido. Elevó su hocico hacia la media luna que estaba ocultándose y lanzó un aullido trémulo y prolongado de puro deleite …» ¿El periodista Will Barbee está experimentando un sueño extraño pero estimulante, o es una realidad? Corre en libertad como un lobo en la noche, con todos sus sentidos despiertos como nunca lo habían estado antes. Una loba blanca lo llama, y parece hablarle con la voz telepática de una bella jo­ven (y colega periodista) que se llama April Bell. Will Barbee ha conocido a April hace menos de veinticuatro horas, pero ya está chiflado por ella. Se encuentran en un alquilerdealquilerdecoches.com/»>coches.com/»>aeropuerto local, al que ambos habían acudido para informar sobre la llegada de un fa­moso antropólogo que vuelve del desierto de Gobi con noticias de un descubrimiento de gran importancia. Pero fue una mi­sión frustrada, pues el científico cae muerto justamente en el momento en que está por hacer su trascendental anuncio…

Ésta es una de esas novelas que están en la zona incierta en­tre la ciencia ficción y el relato de horror sobrenatural. Se trata de una raza oculta de seres semihumanos dotados de poderes mágicos que les permiten cambiar de forma durante la noche y convertirse en lobos, tigres, serpientes o lo que ellos deseen. Estos hechiceros han vivido junto a la humanidad nor-mal du­rante muchos miles de años, pero ahora existe el peligro real de que su secreto sea revelado al mundo y ellos, persegui-dos hasta la muerte. La seductora April Bell recluta a Barbee para su cau­sa –pues ella resulta ser un miembro latente de la raza de bru­jos, el Homo lycanthropus–. El distinguido antropó-logo y sus co­laboradores deben morir antes de que puedan hacer público su hallazgo de «los montículos de enterramiento prehumanos de Alashan». Desafortunadamente, varias de esas personas son buenos amigos de Barbee, y éste se halla desgarra-do entre sus lealtades humanas normales y sus instintos biológicos reciente­mente hallados. Las resonancias sexuales de la historia son fuertes, lo cual hace más convincente la lucha interna del protagonista.

Jack Williamson (nacido en 1908) usa abundantemente una jerga seudo científica, de modo que es posible que el lector acepte su tratamiento moderno del viejo tema del hombre–lobo como ciencia ficción (Richard Matheson haría algo similar con el tema del vampiro en su novela Soy leyenda, 1954). William-son es más conocido por sus obras de ciencia ficción, entre las que se cuentan sus obras de los años treinta como The Legion of Space y The Legion of Time. En contraste con esos coloridos relatos miniépicos, Más tenebroso de lo que piensas (Darker Than You Think), pese a toda su emoción, es una obra relativamente disciplinada y reflexiva. Una versión más breve apareció en la revista Unknown de John W. Campbell en 1940. Ampliada hasta las dimensiones de un libro en 1948, ahora parece un poco anticuada, pero aún si­gue siendo la mejor novela de Williamson. Las escenas de trans­formación son tratadas de manera vívida, y la exposición de la extraña situación de Barbee absorbe la atención hasta el inespe­rado (y bastante horroroso) desenlace.

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La Tierra moribunda, de Jack Vance

LTM01Jack Vance (nacido en 1920) era un escritor desconocido cuan­do se publicó obscuramente en 1950 este primer libro suyo. Está compuesto por seis historias relacionadas entre sí, ninguna de las cuales había aparecido en revistas. Desde entonces Vance ha publicado docenas de novelas a la moda, de ciencia ficción y li­teratura fantástica, así como varias obras de intriga muy elogia­das (la última con su nombre completo: John Holbrook Vance). La Tierra moribunda (The Dying Earth) es una obra nota­ble para ser un primer libro, un clásico en su tipo, y pese a sus éxitos posteriores Vance nunca lo superó. Los relatos están si­tuados en un horrible y decadente, pero muy colorido, mundo de un lejano futuro. Estamos en el crepúsculo del planeta, y la ciencia hace tiempo que ha cedido la primacía a la magia. Hay monstruos en las sombras, híbridos de plantas y animales, seres grotescos del tamaño de tinajas y espectros de milenios pasa­dos. Contra este fondo poblado de fantasmas, seguimos las bu­fonadas de personajes como el aspirante a hechicero Turjan de Miir y su enemigo Mazirian el Mago. Aunque las tramas de estos cuentos son ingeniosas y divertidas, mucho de su éxito se debe a la evocación de una atmósfera. La prosa de Vance es lírica, y tiene olfato para lo colorido, como en su descripción del jardín de Mazirian y sus alrededores:

 

Ciertas plantas nadaban con cambiantes iridiscencias; otras te­nían floraciones pulsantes como anémonas de mar, púrpuras, verdes, lilas, rosadas y amarillas. Allí crecían árboles como sombrillas con plumas, árboles con troncos transparentes atra­vesados por nervaduras rojas y amarillas, árboles con hojas como láminas metálicas, cada hoja de un metal diferente: co­bre, plata, tántalo azul, bronce, iridio verde, etc. En un lado, flores como burbujas crecían apaciblemente de vítreas hojas verdes, en otro lado un arbusto tenía flores en forma de tubo, y cada uno de ellos emitía un silbido suave para hacer música con la vieja Tierra, con la luz del sol de color rubí, con el agua que se escurría por el suelo negro, los vientos lánguidos. Y más allá de la valla rocosa, los árboles del bosque formaban un ele­vado muro de misterio. En esta hora declinante de la vida en la Tierra, ningún hombre podía considerarse familiarizado con los estrechos valles, los claros, las hondonadas boscosas y las profundidades, los claros apartados, los pabellones en ruinas, el deleite de los baños de sol, los barrancos y las alturas, los di­versos arroyos, las riadas, los pantanos, las praderas, las espesu­ras, los sotos y los afloramientos rocosos.

 

El más largo y el último de los seis cuentos es el de Guyal de Sfere, un joven que no puede dejar de hacer preguntas. Se lanza a la búsqueda del fabuloso Museo del Hombre, cuyo director puede ser capaz de responder a todas sus preguntas. En el cami­no recoge a una bella muchacha, y con mucha agitación, ambos logran llegar al Museo en ruinas. Como puede esperarse, en­cuentran un almacén de cosas tradicionales y muchos bellos ob­jetos de tiempos pasados. «¡Qué grandes espíritus yacen en el polvo!», murmura Guyal. «¡Qué almas estupendas han desapa­recido en las edades enterradas! … Nunca volverá a haber nada semejante; ahora, en los últimos momentos fugaces, la humani­dad se descompone como una fruta podrida.» Encuentran al anciano director, a punto de morir, y le ayudan a derrotar a Blikdak, un vil demonio que ha surgido de la mente del hombre. Como explica el director: «La sudorosa condensación, el hedor y la vileza, los humores de las cloacas, los deleites brutales, las violaciones y la sodomía, los caprichos escatológicos, las múlti­ples lubricidades disimuladas que se han escurrido de la huma­nidad han formado un vasto tumor; así adquirió vida Blikdak». Destruyen al demonio con medios ingeniosos; el director muere y Guyal ocupa su lugar como custodio de todo el conocimiento. En la escena final del libro los dos jóvenes contemplan las blan­cas estrellas y se preguntan: «¿Qué haremos …?».

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