DE LA SOMBRA EL VERSO (Rafael Fauquié)

La historia de estos poemas es el decurso de una serie de recapitulaciones. Largos paréntesis de silencio distancian a unos de otros. De los poemas primeros (1978) arranca la permanencia de una expresión que paradójicamente contemplo como discontinua continuidad: durable persistencia de una labor solitaria que, por sobre todo, aspira a la búsqueda de un sentido auténticamente propio.

 

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ESPACIO DISPERSO (Rafael Fauquié)

Este nuevo texto modifica sustancialmente el que escribí en 1982. Era, entonces, el tiempo del comienzo de mi vida académica, y el país y su literatura se convertían en apasionado descubrimiento: autores venezolanos eran tema de estudio en mis clases, de conversaciones y explicaciones a los estudiantes; y eran, también, motivo de reseñas en algunos de los periódicos o revistas en los que, para ese entonces, comencé a escribir. De todo aquello surgió Espacio disperso: un conjunto de anotaciones sueltas sobre algunas obras y algunos escritores venezolanos; esencialmente, un punto de partida. Y así lo contemplo –y rescato- hoy: como el recuerdo de algo que empecé a descubrir: que escribir es una rutina que vamos convirtiendo en parte de nosotros mismos, una manera de poner en orden nuestras ideas, un entendernos en la elaboración de cualquier argumento. De nuevo: Espacio disperso fue un inicio, un punto de partida de una actividad que, desde entonces, no ha cesado de acompañarme.

 
 
                                R.F.

 

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RÓMULO GALLEGOS: LA REALIDAD, LA FICCIÓN, EL SÍMBOLO (Rafae

Escribí este libro hace veinte años. Y hoy, a la hora de decidir sobre una nueva edición, quise escribirlo de una manera un poco diferente. Originalmente, él fue pensado como un trabajo académico (de hecho, fue mi tesis doctoral). Ahora, y siempre respetando su condición de "estudio", me he propuesto incorporar en él algunas miradas nuevas, otras perspectivas y reflexiones que, quizá, complementen o difieran un poco de algunas de las cosas en las que creí y pensé hace veinte años. En estos días leí una frase que me llamó la atención: "El hombre se mueve por intereses, no por ideales … Pero los ideales pueden ayudar a diseñar los tales intereses". La idea quedó dándome vueltas a la cabeza. Los ideales que Gallegos soñó y deseó para Venezuela, siguen vigentes hoy. No sé si ellos llegaron nunca a convertirse realmente en intereses. No sé si los ideales puedan realmente hacerse cuerpo en los intereses inmediatos y prácticos que todos podemos distinguir y comprender alrededor nuestro. Pero, en todo caso, lo que si sé es que los ideales de Gallegos siguen teniendo vigencia en nuestro país. Continúo distinguiendo en él al escritor, al pensador y, quizá sobre todo, al maestro que, en su momento, dijo cosas que tenía muchísimo sentido decir. Sigo viendo en él al educador que logró influenciar a toda una generación de jóvenes que se convirtieron en los protagonistas de la vida política venezolana por más de medio siglo. Cincuenta años de conquistas y de aciertos; cincuenta años, también, de errores, de muchísimos errores; pero, en todo caso, cinco décadas de tiempo que están allí, que los venezolanos no podemos ni debemos ocultar ni, tampoco, olvidar. Precisamente, en la medida en que pertenece a todos, el tiempo construido es útil, necesariamente útil. De lo que se trata es de recordarlo, no para repetirlo sino para seguir "haciendo" desde él, a partir de él.

 

Gallegos fue un novelista del que no podrían ignorarse sus facetas de educador y de político, pues éstas estuvieron extraordinariamente relacionados en él. O quizá habría, sobre todo, que relacionar a dos de ellas: la del escritor de mundos de fantasía, y la del maestro inspirador de ideales justos. La presencia de Gallegos fue necesaria en esa Venezuela que despertaba a la modernidad; y quizá siga siéndolo en un país que, habiendo entrado ya en el siglo XXI, sigue sumido en contradicciones, incertidumbres y desasosiegos. Creo que hurgar en el escritor que iniciaba su aventura literaria es hurgar, en muchos sentidos, en el comienzo de una de las obras más dignas de la cultura venezolana. De allí la vigencia que, pienso, posee este trabajo; escrito cuando comenzaba a enseñar en la Universidad en la que por más de veinte años no he dejado de hacerlo: la Simón Bolívar, mi universidad.

 

 

Caracas, agosto de 2003

 

 

Rafael Fauquié

 
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CAÍN Y EL LABERINTO (Rafael Fauquié)

“Un espacio: el laberinto; una actitud desorientada: la de Caín… Sobre estas dos imágenes: el rostro y los pasos de Caín y la percepción de un inmenso laberinto del que nada ni nadie escapa, este nuevo libro de Rafael Fauquié se convierte en una amplia interrogante sobre diversas realidades venezolanas: culturales, sociales, políticas. Relacionando constantemente la escritura novelesca, por un lado; y la actitud colectiva de los venezolanos ante el tiempo que ellos mismos han ido construyendo, por el otro, Caín y el laberinto es una metáfora de itinerarios colectivos que no deja de percibir interesantes analogías entre historia y literatura. Desde el comienzo de la memoria nacional en el siglo XVI, y hasta algunos de los más llamativos trazos del presente, este libro plantea curiosas y originales maneras de entender muchos de los imaginarios del tiempo venezolano.”

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EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA

El silencio, el ruido, la memoria es una lectura personal: de mi país: de su pasado, de su presente, de sus mitos y devociones, de sus olvidos, de algunas de sus equivocaciones. En él, interpreto a Venezuela a partir de fragmentos que destacan por sí solos y sobre la continuidad de una tradición a la que únicamente la persistencia hace comprensible. Quise leer un itinerario venezolano no entrecortado por convencionalismos políticos ni por banales acuerdos pedagógicos. Nuestra historia -iluminadora y enriquecedora explicación del presente, augurio del porvenir- está escrita en cinco siglos de recuerdos. Quinientos años que que van del tiempo primero de la Conquista: aventura y esperanza, violencia y azar; tiempo que atraviesa, luego, el sopor de tres siglos coloniales: quietud y respeto de formas acatadas sin cumplir, de ceremoniales y ritos en un mundo marginado dentro del mundo; tiempo que alcanza, en el siglo XIX, la violencia de inacabables guerras y la triunfante individualidad del caudillo-hombre de presa que se impone por sobre la ley; tiempo que llega hasta el presente petrolero: mortecino hoy, hasta hace poco fantasía de riquezas que abrieron las puertas a un país milagrero en el que todo parecía ser posible. Todos estos trazos: los mitos primeros proyectados en un nuevo mundo, las burocracias que sostuvieron un universo inmóvil, la fuerza de hombres erguidos sobre tradiciones ausentes y las mágicas fantasías petroleras, ilustran nuestro itinerario venezolano en el tiempo. Ese recorrido no es bueno ni malo. Simplemente es. Así fuimos, así somos.
 
     Una vez lograda la Independencia, gobiernos y gobernantes venezolanos se propusieron erigir una memoria oficial: vacua retórica convertida en inmaculada referencia para una ciudadanía ejemplar. Esa memoria de panteones, de oropeles, de frases y de fechas, terminó por distanciar a los venezolanos de su autenticidad histórica, de su pasado. Nuestras escasísimas figuras históricas oficialmente veneradas -con Bolívar como absoluto e irremplazable primer ejemplo- son máscaras; no seres humanos: ideales petrificados, hieráticos. Por otra parte, la oficializada exaltación de sólo una pequeñísima parte de nuestra historia ha condenado al silencio a todas las otras. Frente a ese mutismo de tres siglos coloniales, de casi todo el siglo XIX y la mitad del XX, se opone el ruido excesivo de unos pocos instantes de nuestra historia venezolana; para ser preciso: los veinte años de la Independencia y los treinta y tres años que hoy nos separan del 23 de enero de 1958. El resto: casi cinco siglos de tiempo, de experiencias y de sentido colectivo, no existe para nuestra memoria oficial; no existe porque es un tiempo que no interesa; no interesa, porque, aparentemente, él no ha sido lo suficientemente honorable o meritorio.
 
     Elegir la voz del tiempo, escuchar a la historia, es entender que el pasado no tiene porqué ser moraleja o enseñanza. La historia es continuidad que fija una tradición donde trazamos un rostro: nuestro rostro de nación. Una historia descrita e interpretada en irracionales períodos de autoflagelación o de éxtasis conduce a eso que hemos llegado a ser los venezolanos: país desmemoriado que vive, día a día, en una provisionalidad empequeñecedora de su destino.
 
     El pasado es aliento del porvenir. La cultura transmite, sobre todo, enseñanza y fe: en nuestros valores y en nuestros principios. El presente se hace más comprensible contemplado a la luz del pasado. La historia es esclarecedora: siglos de leyes convertidas en formalismo ritual; nominalismos que dicen que las cosas son porque así está escrito; la infinita distancia entre la realidad y la ley; el solitario poder de caudillos que evocan en su comportamiento a Felipe II, encerrado en El Escorial, decidiendo sobre todo cuanto sucedía en su vastísimo imperio. Estos signos me explican y me describen a mi país, hoy. Me dicen lo que él es y lo que los venezolanos -para bien o para mal- somos. De todas estas cosas trata El silencio, el ruido, la memoria. El pretende ser lectura elucidadora de símbolos temporales, de síntesis históricas que se iluminan unas a otras; también es lectura de comportamientos colectivos hechos al servicio de ritos y códigos culturales que los venezolanos hemos convertido en auto-representación.
 
     Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos y nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.
 
 
 
 
 
 
                                     Rafael Fauquié

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