Los Gatos negros (Alfredo Aguilar) Costa Rica

Cuando se dice que un libro está lleno de nostalgia, o de magia, lejos de provocar la curiosidad del lector, más bien despierta su desconfianza.  Con el abuso con que se endilgan estos conceptos a cuanto libro nuevo aparece, han acabado devaluándose al punto de que hoy son entendidos casi exclusivamente en su sentido peyorativo.  Nostalgia se ha llamado, y sigue llamándose a la ingenuidad bobalicona que no hace más que suspirar por los tiempos idos.  Y le dicen magia al artificio fraudulento de poner a circular la moneda falsa de lo asombroso.
Sin embargo, aun consciente de que ambos términos no tienen ahora el peso que una vez tuvieron, tras leer los cuentos de Alfredo Aguilar no encuentro calificativos más apropiados para presentarlos al público.
Como el escritor todavía es un hombre joven, su nostalgia se limita a los tiempos en que vivía su infancia o salía de ella.  En ese horizonte cercano, que ni siquiera ha empezado a volverse borroso, desfilan escenas y personajes marcados en su memoria con un hierro al rojo vivo.
Y dentro de ese pequeño mundo del pueblo chico y paraíso perdido, lo real maravilloso ocurre con la naturalidad de la magia verdadera.
Estos cuentos, hijos de lo memorable y lo inexplicable, ayudan a comprender mejor el alto significado de la magia y la nostalgia que los colma.
 
Carlos Porras,   Periodista especializado en Cultura

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DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Pablo Gianera)

"Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina.

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EL CAZADOR OCULTO

Lo que yo llamo: "Tribulaciones de un adolescente sociópata"

Acabo de terminar la lectura de “The catcher in the rye” o “El cazador oculto”, como lo traduce Pedro B. Rey, de Sudamericana Joven, edición de 1998, para la versión en español de esta novela que tanto revuelo ha causado, a través del tiempo en las gentes jóvenes de las Américas.
Si J.D. Salinger se propuso graficar la personalidad de un adolescente sociópata, la novela es excelente. Me gustaría pensar que su lectura ha de ser una delicia para cualquier sicoanalista.
Holden, el personaje del Cazador Oculto, no dice nada. Siempre empieza a decir algo, sugiere que va a emitir una opinión y repentinamente calla. Desprecia profundamente al posible oyente, como desprecia a todos los que lo rodean. Holden es incapaz de comunicarse con nadie. No lo logra ni con su “querida” hermanita Phoebe que un momento llega a decirle que él no ha hecho nada en su vida, y, más aún, lo reta insistentemente a que mencione una sola cosa hecha por él. Holden es incapaz de responder. En otro momento el cazador intenta comunicarse con una chica, antigua enamorada, llamada Sally y cuando logra obtener una cita con ella, destruye la relación en un dos por tres, siempre bajo la premisa-conclusión de que ella es snob, cursi, ignorante e incapaz de pensar. Todos los hombres que lo rodean son para el cazador, o maricones o ignorantes o cerdos incapaces de pensar como él. Su posición ante la vida real me hace recordar a los jóvenes que leían “El Hombre Mediocre” de J. Ingenieros, allá por los años sesenta, y a partir de ese momento calificaban a todas las personas que conocían, como águilas o ratones. Conocí a uno que habiendo calificado a un nuevo concurrente como águila, luego, al detectar alguna idea que no le gustó de este nuevo “ave rapaz”, le dijo: “Tú eres un ratón que se ha pegado las alas con cinta scotch.”
No me maravillo al enterarme de que el adolescente asesino de John Lenon y el joven que atentó y disparó contra Ronald Reagan tenían en el bolsillo un ejemplar de esta novela. Ambos eran sociópatas. Los dos parecidos a Holden y al personaje de Robert de Niro en la película “Taxi driver”.
Bueno, pero ¿se puede hacer una novela con un personaje central que es un sociópata, narrada en primera persona? Laura Restrepo cita, en su novela “Delirio”, a Gore Vidal haciendo mención de un consejo que Henry James da como advertencia a los escritores “que no pusieran a un loco como personaje central de una narración, sobre la base de que al no ser el loco moralmente responsable, no habría verdadera historia que contar.”
Henry Miller, en su Trópico de Cáncer, aparece como otro sociópata, pero uno que dice cosas que vale la pena escuchar, rumiar y por último, fantasear. El Cazador oculto no dice nada que merezca escrutinio.
Aún más, ¿qué clase de enfermo mental es el Artemio Cruz de Carlos Fuentes, que también cuenta en primera persona su biografía, desde su lecho de muerte? ¿Un narrador sociópata y por lo tanto moralmente no responsable, que se muere al final de lo narrado? Pero qué interesantes juicios, raciocinios, blasfemias y cuestionamientos que hacen los personajes de Miller y de Fuentes.
Al leer el final de la primera página o al comenzar la segunda página del “Trópico de Cáncer”, según sea la edición, cuando Miller dice que ese no es un libro sino un insulto prolongado y otras cosas terribles más, llegué a la conclusión de que yo debería, algún día, llegar a ser un escritor.
Cuando leí “La Muerte de Artemio Cruz”, comprendí que es posible narrar una historia desde el interior de la mente caótica de un moribundo que no conoce límites, desconoce la moral y que no tiene vergüenza de admitirlo.
Pero, volviendo al “Cazador Oculto” de Salinger, creo que encontré en el libro sólo un pensamiento digno de rescate, la cita del psicoanalista Wilhem Stekel, que Holden recibe del señor Antolini: “El rasgo distintivo del hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que el del hombre maduro es que quiere vivir humildemente por una.” Holden oye y lee el consejo, pero de inmediato le da cansancio, dolor de estómago, dolor de cabeza y se niega a pensar. Todos estos son síntomas de serios problemas de adaptación social.
Aparentemente el libro es importante por el lenguaje que Salinger utilizó para narrarlo. No es importante por lo que dice o no dice, sino más bien por “cómo lo dice.” El lenguaje conversacional que los adolescentes norteamericanos usan en ausencia de los adultos. La traducción que menciono haber leído no captura esa sutileza. De repente la traducción es válida para el lector argentino. Voy a dar un ejemplo tan sólo: la versión en inglés dice: “I am the one that´s flunking out of the goddam place, and yu’re asking me to write you a goddam composition,” I said. Esta es la versión original que revela el lenguaje conversacional de los adolescentes en secundaria.
El libro que leí en español dice: “Me acaban de echar de este lugar de porquería y me estás pidiendo que te escriba una composición,” le dije.
La traducción que yo pienso sería más fiel al original podría decir: “Me acaban de botarCONVERTIR ESTE LIBRO «
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TÍTULO=»\_ednref2\»>[ii] lugar, y tú me estas pidiendo que te escriba una maldita composición,” le dije. En cualquier otro libro, me trago la diferencia y me conformo con entender en gruesos términos lo que el autor quiso decir. En el libro de que hablamos, no. Repito, en esta novela lo más importante es: el cómo dice el personaje, cada cosa. La traducción para “Goddam”, no es “porquería”, de ninguna manera.
El resto del libro, “El cazador oculto” no dice nada constructivo ni inquietante. Es un documento paralizado, como es Salinger. Un ermitaño hosco y mudo, un perfecto sociópata, un suicida frustrado (ver el cuento “A perfect day for bananafish”), para el que probablemente todos, especialmente yo, somos unos malditos estúpidos que no somos capaces de pensar de una manera, “fucking decent”, como piensa él.
Para los adolescentes es otra cosa. La novela del cazador es una posición de rebeldía. ¿Contra qué?, no importa. Es la violencia que resulta de la impotencia que un joven experimenta cuando desea ser independiente, pero sabe, positivamente, que es incapaz de lograrlo, no porque alguien se lo impida, sino porque no se siente capaz de vivir por su cuenta. Si se va de su casa, no tendrá donde dormir, no comerá, no podrá hacer muchas de las cosas que él aspira intensamente hacer. La mayoría de los jóvenes, menores de edad, optan por la conveniente convivencia con los adultos, sus padres, hasta que son capaces de vivir por sí. Otros, no. Se estrellan contra la realidad y se paralizan en la acción, como nuestro cazador.
En el caso de Holden, Mr. Salinger, sabiamente le resuelve el problema. Le crea una abuela rica que le engorda la cuenta en el banco y con este capital él puede hacer cosas que ningún otro adolescente sin dinero, a su derredor, podría hacer. Un recurso fácil de Salinger para darle credibilidad a su personaje, que algunos defienden como la perfecta imagen de un niño (?).
Pero al final, esta es sólo una lectura. Mi lectura.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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TESTIMONIOS, ESPEJISMOS Y DESCONCIERTOS (Rafael Fauquié)

Entonaciones autobiográficas y carácter fragmentario de las voces escritas: dos de los signos en los que Rafael Fauquié identifica algunas peculiaridades de importantes espacios literarios en nuestro presente.

 

Alguna vez comentó Borges que toda época poseía sus propias supersticiones literarias, y que, en nuestros días, la de la novela sería una de las más significativas. Pero, acaso, esa “superstición” se relacione, sobre todo, con la recepción del género novelesco: el más leído, el más popular, el más extendido, y, desde luego, el más comercial. Superstición de la novela, entonces, más que todo por la recepción de un público que, en ella, fue acostumbrándose a cierta manera de “consumir” lo literario.

 

Este nuevo libro de Fauquié es un reconocimiento y una apuesta suya a otras supersticiones, relacionadas mucho más con el acto de escribir y quienes escriben que con el de leer y quienes leen. Superstición, por ejemplo, de cierta pulsión de los seres de palabras por verbalizarse al interior de su escritura, por mostrarse ante lectores que son, sobre todo, interlocutores. Y, desde luego, superstición del creciente desvanecimiento en los límites que tradicionalmente separaban a la prosa de la poesía; protagonismo de una prosa poética que es progresión y ramificación de imágenes e impresiones, de vivencias y recuerdos, de fantasías y convicciones, expresados en voces rápidas y discontinuas que reflejan lo rápido y abrupto de las revelaciones.

 

Pero, acaso, por sobre todo, Testimonios, espejismos y desconciertos sea un testimonio; o mejor: una suma de muchos testimonios relacionados con tres grandes temas: la existencia humana, la escritura y la opción de la felicidad. En relación a esto último se reitera una y otra vez en el libro de Fauquié cierta interrogante nietzscheana: “¿Qué sucedería si un demonio te dijese: esta vida, tal como tú la vives actualmente, tal como la has vivido, tendrás que revivirla… una serie infinita de veces; nada nuevo habrá en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro… vuelvas a pasarlo con la misma secuencia y orden… Si este pensamiento tomase fuerza en ti … ¡Cuánto tendrías que amar la vida y amarte a ti mismo para no desear otra cosa sino esta suprema y eterna confirmación!”. Amar la vida y amarnos a nosotros mismos en ella; tratar de entenderla aceptándonos dentro de nuestros caminos construidos… Actitudes necesarias para todo ser humano que, desde luego, no podrían dejar de reflejarse en el esfuerzo de seres de palabras empeñados en hacer de su escritura un sustento de pasos y un impulso con el que apoyar el apasionante esfuerzo de vivir. Como muy bien dice el propio Fauquié: “estas páginas (tratan) de la necesaria relación entre la felicidad y la vida y entre la vida y la escritura; y, en medio, de las respuestas a las muchas curiosidades sobre las que, personalmente, he ido apoyando mi propio esfuerzo de caminante ante el muy difícil aprendizaje –¿o debería llamarlo arte?- de vivir, de saber vivir.”

 

 

Almanzor Duarte

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

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PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)

Suelo escribir mis libros a la sombra de asistencia, viejas deudas o de nuevos entusiasmos. Éste, particularmente, lo considero como la consecuencia de un reconocimiento mío muy antiguo hacia las palabras. Desde siempre recuerdo haber sentido por ellas una inclinación muy particular. Y creo que todos quienes amamos escribir, nos descubrimos frecuentemente meditando en torno a su fuerza deslumbrante, a su magia y a su poder. Quizá en nuestra época, regida por un culto obsesivo hacia lo práctico, la devoción hacia las palabras, el deseo y el placer de trabajarlas interminablemente hasta descubrir la forma de decir con ellas algo más o menos exacto, luzca como poco cercano a las razones que nuestros días consideran razonables.

 

Desde muy niño gusté de las palabras: me atraía emplearlas, a veces con estudiado efectismo, tratando de apoyar en ellas los más variados argumentos. Entendía que su dominio revelaba una habilidad y, mucho más aún, una potestad. Gracias a ellas, muchas veces los motivos, cualesquiera que fuesen, parecían magnificarse, y las razones hacerse irrefutables. Con palabras podían dignificarse las cosas, las imágenes, los recuerdos. Con palabras, a veces, la vida parecía convertirse en juego o en escenario posible. Sentía a veces a las palabras como intermediarias entre el mundo y mi yo: puentes mágicos que podía atravesar, tanto para adentrarme en lo exterior como en mí mismo. O sea: las palabras, a la vez que me comunicaban también podían aislarme. Con palabras dibujaba superficies personales que convertía en rincones inaccesibles.

 

Las palabras hay que merecerlas. Es necesario definir nuestra relación con ellas. Precisar esa relación es algo que puede llevar años, a veces incluso, toda la vida. Pocas cosas nos ayudan más a comprendernos que la identificación de esas palabras que distinguimos en nosotros, palabras con que escogemos nombrar el signo de nuestras percepciones. Somos las palabras que reflejamos. Ellas dicen y nos dicen. Nos traducen y, por ellas, traducimos. A través de las palabras todo el universo se convierte en expresión viva dentro de nosotros.

 

En una parte de este libro me refiero a los seres de palabras, y, al hablar de ellos, hago alusión a muchas cosas: a lo que creo que son, a lo que me gustaría que fuesen, a lo que pienso que no deberían ser… Creo que el amor a las palabras se identifica con una forma de inteligencia “literaria” que propende a relacionar la abrumadora vastedad que nos rodea con esa cercanía tangible que es nuestra propia experiencia. Reencuentro constante del mundo en el yo. Dibujo del mundo a partir del yo. El individuo poseedor de una inteligencia literaria y que desea escribir, descubre que quiere hacerlo, mucho más que para expresar el mundo, para reconocerse y ubicarse dentro de él.

 

Con la escritura aspiramos a nombrar muchas cosas. Sin embargo las palabras nunca son definitivas. No hay finales en ellas; sólo vislumbres y deslumbramientos. Y, al final, a veces, queda un libro como testimonio. Las argumentaciones de los libros dan pie a nuevas argumentaciones. Y es que, a fin de cuentas, de eso trata la escritura: de continuar diálogos, de alimentar una curiosidad que es insaciable; de buscar respuestas, algún tipo de respuesta… Mucho más que una totalidad acabada, veo en los libros que escribo superficies de dispersiones que, de muchas formas, prosiguen en otros libros. Este es, de muchas maneras, deudor del nombrar que define este tiempo nuestro de una modernidad agotada (y no podría ser de otro modo: la palabra es, siempre, hija de la circunstancia de quien la pronuncia). El no es ni un estudio histórico ni, mucho menos, filológico. Se pretende un caprichoso y muy disperso recorrido por sobre sugerencias relacionadas, de muy distintas maneras, con las palabras: el tiempo que las escucha, los hombres que las pronuncian o la escritura que las eterniza.

 

Muy diversos autores estuvieron presentes a lo largo del itinerario de estas páginas, pero voy a recordar aquí a uno en particular, a Walter Benjamin; quien con una serie de ideas: la de la imagen del universo como sintaxis, la de la traducción entre los lenguajes como una forma de entender éticamente el alcance de éstos, la de la intuición de las cosas más importantes a través de percepciones dibujadas en imágenes poéticas; y con una escritura fragmentaria y precisa de siempre clarificadoras visiones, estableció lo que tal vez sean algunas de las pautas centrales de un discurso intelectual y poético, capaz de interpretar, quizá como ningún otro, ciertas esenciales peculiaridades de nuestra época.

 

Dice Cioran en su libro Silogismos de la amargura. “La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la ‘realidad’ … características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio”. Una de las “modas lingüísticas” de nuestro tiempo propende a desvincular las palabras de las circunstancias que las producen. Es un absurdo: las palabras son voces e imágenes de las épocas; siempre referencia, jamás fines en sí mismas. Entender que el mundo es la palabra que lo nombra no significa privilegiar la palabra por sobre el mundo ni tampoco distanciarnos del mundo. Aceptar que la vida está llena de palabras no significa negar la vida para quedarnos sólo con las palabras. Vida y palabra, tiempo y voz humana forman una sola realidad; y si el tiempo del hombre resulta incomprensible sin las palabras, también son incomprensibles las palabras desvinculadas de los seres que las pronunciaron y escucharon. Y aclaro que, al hablar de palabras pienso en muchas cosas: en lenguajes y expresiones, en tradiciones e imaginarios, en representaciones y voces; metaforización de todo signo trazado por el hombre para entender y para entenderse, para describir cuanto percibe.

 

“Todo lo que no es autobiográfico es académico”, dijo alguna vez José Vasconcelos. No es mi caso. En mis libros, autobiografía y academia se acercan muy estrechamente. Creo que la palabra que escribimos, ésa que genuinamente nos señala, es y debería ser siempre una y la misma. Ciertas tradicionales deformaciones de la actividad universitaria excluyen cuanto no sea discurso de pretensiones cientificistas, e imponen como único modelo válido una aburridísima jerga destinada sólo a algunos iniciados. Personalmente, creo que la palabra debe propender, necesariamente, a la comunicación, a diálogos lo más amplios posibles; y creo que descartar como “poco aceptables académicamente” lenguajes que no encajen en moldes científicos, no es sino un error que, en última instancia, termina por deslegitimar demasiadas palabras. En principio, todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, y, desde luego, tiene derecho a serlo una voz poética que, desde siempre, ha acompañado la complejidad del tiempo que hacemos los hombres.

 

Caracas, Universidad Simón Bolívar, febrero de 1999

 

 

R.F.

 

 

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