CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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BITÁCORAS DE SOLEDAD (Héctor Domingo)

Un artista frustrado se asocia con una anciana que recoge muebles destartalados para venderlos en un bazar. El hombre usa sus habilidades para convertir esta basura en objetos de leyenda, basándose en las historias que la anciana inventa, creando así un negocio en el que los clientes saben que son engañados, pero pagan con gusto por ello. Esta es la historia que se cuenta en el nuevo libro del mexicano Héctor Domingo, titulado Bitácoras de Soledad.

Bitácoras de Soledad es la historia de Jan Caballero, un cuarentón fracasado que pierde el empleo y queda en la calle. Tiene entonces que enfrentarse con la falta de hogar y de alimentos, pero también con un pasado que pudo ser: el sueño fallido de dedicar su vida al arte. La oportunidad para sentirse creativo llega cuando conoce a una anciana que no tiene nombre ni recuerdos, pero sustituye su falta de pasado con las historias que inventa para justificar el estado deplorable de las cosas que vende en su bazar. Jan, entonces, se asocia con ella y echa mano de sus habilidades para hacer que los objetos luzcan tal y como la mujer los describe a los clientes en sus disparatados relatos. Este es el marco del que se sirve Héctor Domingo ( Arandas, Jalisco, México, 1971 ) para integrar un conjunto de seis historias y una posdata con una preocupación común: la necesidad de enfrentar el destino que se ha estado evadiendo, el conocimiento de que, tarde o temprano se romperá con todo para orillarse a tomar una decisión definitiva.

Bitácoras de Soledad es el primer libro dirigido al público adulto que este escritor mexicano saca a la luz luego de tres libros infantiles. "Es un híbrido entre novela corta y libro de relatos," destaca el autor, "puesto que, aunque cada una de las historias que lo conforma puede funcionar de manera separada, es mediante el conjunto como la historia principal toma fuerza, justificando el título y el sentido general de este libro."

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¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)

¿Quién mató a mi madre? o cuando una novela eleva por encima de la realidad Por Andreu Martín (Publicado en Revista Cambio 16) Enfrentado a un crimen, a la llegada de dos misteriosos investigadores y a un interrogatorio que prácticamente monopoliza el desarrollo de la obra, Andreu Martín, autor de novelas negras como Prótesis o Juez y parte o Piel de policía, obsesionado por el realismo y la verosimilitud, topó con un texto que se resistía a encajar en los moldes previstos. Hasta que la magia del texto se impuso y el lector fue sustituido por otro Andreu Martín, el autor de Por amor al arte, Por el amor de Dios o Vampiro a mi pesar, el habitante de Cadaqués, tocado de tramontana y apasionado del surrealismo, el que distorsiona personajes y crea situaciones incoherentes para mejor contar la coherencia del mundo y, con ese nuevo pincel daliniano repinté la obra y, por fin, la comprendí y me zambullí en ella para descubrir nuevos placeres, mucho más próximo (supongo) a las intenciones del autor. La novela me elevó, así, por encima de la realidad, para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas. En la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges, el placer deriva precisamente de verse perdido y de cerrarse salidas, de manera que incluso la solución final es un triple o cuádruple portazo para terminar con la promesa “de que regresaría puntualmente en dos semanas” y de ello no se desprende una sensación desasosegante sino, desde mi punto de vista, una alegre predisposición de volver a empezar el juego con ánimos renovados. Cuando entramos en casa de los Rivera, ésta queda descrita como un decorado, una realidad manifiestamente distinta de un exterior que estamos dispuestos a ignorar. Nos instalamos en un decorado que queda fijado como una caja de luz flotando en medio de la nada, ajena a la realidad exterior. A partir de ahora, los personajes actuarán a su manera, levitarán, se moverán en apartes imposibles, hablarán entre signos de exclamación, el marido se disfrazará de la mujer, se nos hablará con naturalidad de agencias donde encontrar clones de sí mismos, el revólver del asesinato se alquila, serán hallados papelitos doblados invisibles para todos menos para uno aunque se encuentren en los lugares más visibles, convenciones todas ellas que me llevan al mundo onírico como los de Dalí, Chirico o Magritte. Microcosmos platónicos donde los interrogadores son como ángeles, ni policías ni periodistas, detectives contratados por la muerta y sus interrogatorios devienen diálogos en espiral sobre la locura y la vida. Lo que en una novela realista y convencional sería psicosis en este relato de género inclasificable se convierte en metáfora que nos lleva a la reflexión, a la paradoja, a la síntesis, a veces a la risa más desternillante, siempre a la sorpresa. Insisto en que, durante la lectura, he estado envuelto de esa sensación tan intrigante y desconcertante que provocan en el espectador los relojes blandos o el Ángelus de Millet repintado por el genio ampurdanés, las estatuas con cara de perro y las columnas truncadas en eriales calcinados de Chirico, el hombre del sombrero hongo de Magritte, el Rinoceronte o la Cantante calva de Ionesco. El sillón que ocupa el lector poco a poco será diván de psicoanalista donde cada una de las situaciones, réplicas, palabras del texto resultarán ser reinterpretaciones deformadas de la realidad que evocarán inevitablemente vivencias cargadas de significado y de sentimientos. La novela se lee con gran facilidad, incluso diría que pasión (una vez has sintonizado exactamente con las claves necesarias), aun cuando no recurre al truco habitual en la novela policíaca que yo conozco de plantear un enigma para capturar y retener la atención del lector. La pregunta ¿Quién mató a mi madre? sólo está en el título. En cuanto se inicia el interrogatorio, el lector percibe de inmediato que no se va a seguir un método policial de persecución de la verdad sino que se va a encontrar con un largo diálogo platónico que lo llevará más allá de lo policial para sumergirlo en la filosofía. He dicho al principio que me instalé en casa de los Rivera como si fuera un escenario de teatro. Efectivamente, el autor nos sitúa con una descripción parecida a la que se utiliza para iniciar las obras dramáticas: el balcón enfrente; entre la mesa y el balcón, hacia la izquierda, está Manuel… Detrás de la puerta, la única pared azul de la vivienda… Más adelante, cuando nos hable de las sorprendentes cenas poéticas de la familia Rivera, se nos explicará cuál es exactamente la posición que ocupa cada uno de los miembros. Los ruidos que vienen del exterior me parecen efectos producidos por anticuados tramoyistas, Dios mío, los golpes que propina Dina a su ordenador cuando trabaja: ¡se va a cargar el disco duro! No sé por qué (pero es virtud de esta novela inducir a pensamientos que se dirían ajenos a ella sin serlo), la situación de la novela me lleva a un decorado delirante que existe en el Museo Dalí de Figueres: aquella habitación que es un retrato de Mae West. Hay una chimenea, dos cuadros, un sillón, entre los cuales se puede caminar… Y, cuando se mira a través de un cristal distorsionador, se descubre que el sillón rojo son los labios, que la chimenea es la nariz, que los dos cuadros son ojos… Éste es el sabor que retengo en el cerebro después de la lectura de la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges. La constatación de que el concepto surrealismo no viene de sub-realismo, como el mal uso de la etimología nos podría llevar a pensar sino de la palabra francesa sur-realismo que quiere decir super-realismo, es decir, mirada desde arriba, desde lo alto, mirada de aquel que sobrevuela (de ahí que haya comparado los investigadores con ángeles) y que, desde el cielo, puede verlo todo con una distorsión que lo acerca mucho más a la verdad, puede verlo todo tan bien que incluso descubre que en el Ángelus de Millet había enterrado un cadáver.

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Resucitados de la guerra civil (Antonio García Parrot)

Bajo semejante título podemos encontrar un interesante trabajo de investigación en el anecdotario de nuestros pueblos y ciudades, y las historias más o menos truculentas que siguieron a las represalias de la guerra civil española.

Según dice el autor en la introducción de su libro, escuchó con tanta frecuencia casos de personas que habían reaparecido después de haber sido dadas por muertas que decidió escribir una recopilación de estas historias.
 
A lo largo de las trescientas y pico páginas del libro podemos encontrar personajes endeudados que consiguieron aparecer en las listas de fusilados para evitar pagar, delincuentes de todo tipo que aprovecharon la conmoción para cambiarse de nombre y desaparecer sin dejar rastro hasta muchos años después, bígamos que emigraron a América dejando aquí su nombre a un cadáver anónimo o a una tumba vacía, otros que se hicieron bígamos en la emigración, y unos cuantos personajes que soslayaron la prohibición del divorcio en España inventando cartas desde prisiones diversas hasta su final desaparición, supuestamente ejecutados.
 
En este libro se habla solamente de los que volvieron a aparecer más tarde, por mejora de su fortuna, circunstancias personales o porque fueron descubiertos.

Quizás nunca fue tan necesaria esta aproximación al industrioso mundo de la picaresca y al modo en que cualquier tragedia, incluso las peores, puede convertirse en una oportunidad para el que sabe aprovecharla.
 
Si no es usted demasiado moralista, le arrancará una sonrisa.

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La Isis Dorada (Jorge Magano)

Jaime Azcárate, harto de trabajar en las catacumbas de la biblioteca del CIH (Centro de Investigaciones Históricas) ve el cielo abierto cuando se entera de que una ex compañera de la universidad dirige la revista "Arcadia". Acude a pedirle un empleo y ella le pone a prueba, quiere un artículo. En busca de la historia que le consiga un trabajo fijo que le permita conservar su buhardilla y la independencia paterna, el joven comienza a investigar los destrozos que se han realizado en algunas tiendas de reproducciones egipcias.

Al comenzar la novela se puede tener la impresión de estar ante una aventura de Dirk Pitt, puesto que el autor sigue la misma estructura que Clive Cussler: un capítulo situado en un pasado lejano y exótico (522 de la Era Cristiana, en que se "pierde" un gran tesoro), un segundo mucho más cercano (Madrid, 1970, con la llegada del templo de Debod), y el tercero y definitivo en la Navidad de 2007, aunque las similitudes acaban ahí.

En el apartado "técnico" cabe señalar cierta falta de revisión que deja en el texto muchos gerundios, palabras que se repiten (y no siempre de la forma deliberada – y algo cansina por la reiteración – que se permite el autor en plan irónico) y alguna que otra rima (supongo) involuntaria.

También se advierte que en el texto se alternan, a veces en una misma página, varias frases hechas con otras tantas expresiones ingeniosas.

El autor recurre a "avisar" de vez en cuando que va a pasar algo ("… tampoco sabía que hacía casi cuarenta y ocho horas que había fumado el último cigarrillo de su vida", pág. 81, y otras), truco que personalmente encuentro algo burdo.

También utiliza otros métodos clásicos de crear expectación, como acabar un capítulo en un momento de cierta intensidad para comenzar el siguiente con otros personajes o comentando otro tema, y consigue encontrar el equilibrio adecuado entre lo que es crear interés y enrollarse demasiado, además de relatar cosas que vienen a cuento o son divertidas, por lo que no da la sensación de engaño o que sea texto de relleno.

En cuanto a los personajes, la arrolladora personalidad del protagonista destaca por encima del resto (un perdedor adicto a las bandas sonoras de películas, a los enigmas egipcios y a las mujeres misteriosas), que quedan algo desdibujados, aunque se nota que el autor ha tratado de diferenciarlos. En algunos casos mediante coletillas en su forma de hablar, como la frase "¡Vete al traste Jaime Azcárate!" (Ingrid) o la palabra "compi" (Fidel) además de por cómo se comportan.

En una historia donde hay buena cantidad de personajes femeninos de relevancia (Iratxe, Ana, Laura Rodríguez, Amelia Campillo…) se agradece que, pese a que casi todas son jóvenes y bellas (excepto doña Consuelo y Begoña Gil Redondo, quizá…), se les dote de sentido del humor, ironía, inteligencia y que no caigan rendidas a los posibles encantos de Azcárate.

La trama es clásica a más no poder: un grupo de personajes en busca de un tesoro, otro grupo (este de villanos) que quiere lo mismo, algún que otro asesinato, misterios, enigmas anclados en el pasado que nadie hasta ahora ha conseguido resolver y un decepcionante desenlace (de la aventura – ¡Ay, Fidel!, qué buen candidato a Giordino… -, no de la novela) que no huye de los tópicos del género sino que los enriquece con ingenio.

Es este humor que invade casi toda la historia (excepto un par de capítulos históricos -19 y 20, creo-, aunque después hay un cierto bache que remonta cuando comienzan a resolver las pruebas) lo que diferencia esta de otras novelas del género, sobre todo por lo inhabitual que es contar una historia de aventura y misterio en clave de humor irónico, a ratos surrealista y absurdo, que le da personalidad y la diferencia del resto.

Utilizando ese mismo tono, el autor se permite cierta crítica más o menos sutil hacia las religiones y su capacidad de manipular a las personas y la realidad, y cómo se puede influir a las masas distorsionando la realidad.

También se agradece el humor en los capítulos "asensianos" (la resolución de enigmas al estilo de Matilde Asensi aunque mejor relatados y más comprensibles) y el homenaje/guiño (o lo que sea) a "El Señor de los anillos" de Tolkien (final del cap. 40 y comienzo del 41).

O los encuentros de Jaime con "Fofito", con Vir y Luis y más personajes divertidos y excéntricos.

En resumen, una novela entretenida, ingeniosa, divertida, que intenta no ser convencional y apartarse, mediante el humor inteligente, de las normas del género.

Por cierto, la alusión a Malena Gracia (dos veces) y la pitonisa Lola (curioso, yo me había imaginado justo así a Begoña Gil Redondo) puede suponer una dificultad de adaptación ante eventuales traducciones a otros idiomas.

http://reginairae.blogcindario.com/2007/06/00435-la-isis-dorada-de-jorge-magano.html

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