Paso Honroso, Pero Rodríguez de Lena

La primera versión del famoso Paso honroso defendido por Suero de Quiñones fue redactada por Pero Rodríguez de Lena, escribano que asistió a aquel torneo para poder dar fe de él, siendo su relación compendiada, más de un siglo después (Salamanca, 1588), por el Pa­dre Juan de Pineda (m. 1597).

Se trata de un suceso rigurosamente histórico, del cual se sabe no sólo por el escribano dicho, sino por las referencias que se encuentran en la Crónica de don Juan II, en los Ana­les de Aragón, de Zurita, y, además, por la autorización que concedió al efecto dicho monarca.

El caballero Suero de Quiñones, joven de veinticinco años, había hecho la promesa de llevar al cuello, todos los jue­ves, una argolla en señal del cautiverio amoroso en que le tenía su dama, que no se nombra; y para librarse de ello se com­prometió a defender, en unión de otros nueve compañeros de armas, el puente de San Marcos de Orbigo, a seis leguas de León, desde el 10 de julio de 1438 al 9 de agosto siguiente.

La familia de Quiñones costeó comida y estancia a cuantos concu­rrieron al palenque; se enviaron carteles a muchas partes, de dentro y fuera de Es­paña, anunciando el torneo, invitando a cuantos caballeros quisiesen tomar parte en él y expresando que no habían de entrar en estas pruebas ni el Rey ni don Álvaro de Luna. Suero de Quiñones ayunaba los martes en honor de la Virgen y de su dama, y los nueve compañeros oían misa diaria mientras se desarrolló el Paso.

Terminado el torneo, los jueces declararon libre a Qui­ñones de la argolla que llevaba al cuello los jueves. El Padre Juan de Pineda, que compendió la extensa y pormenorizada re­lación del Paso honroso, está considerado como historiador poco seguro, pues le falta sentido crítico para elegir las fuentes; en cambio no tiene precio como maestro del lenguaje; difícilmente se encontrará escri­tor castellano tan rico en vocablos y en expresiones de nuestra habla vulgar: al­guien le cree más abundante en léxico que el propio Cervantes; su estilo adolece, em­pero, de falta de fluidez y de armonía.

C. Conde