Segundo libro de versos de don Ramón del Valle Inclán (1865-1936) publicado en 1920. Aunque su fecha editorial sea posterior al libro La pipa de Kif (v.) — 1919 —, corresponde El pasajero estilísticamente a una etapa anterior. Así parece reconocerlo el propio Valle Inclán cuando altera el orden en este sentido al recoger sus tres libros de versos con el título general de Claves líricas, en 1930 (I, Aromas de leyenda; II, El pasajero; III, La pipa de Kif).
El pasajero coincide externamente con el libro precedente Aromas de, leyenda en el empleo de unos moldes estróficos rubenianos: dominan los alejandrinos y los eneasílabos que se combinan en pareados, en tercetos monorrimos (AAA BBB…) y en sextetas (AABCCB), y coincide también en la delectación con que emplea los adjetivos modernistas. Pero aquí, Valle Inclán aparece mucho más preocupado.
En los Aromas de leyenda estaba ya presente el sentimiento de dolor y de muerte que ahora se acentúa en el alma doliente del Pasajero. Así es como aparecen temas trascendentales — el poeta canta la Vida y la Muerte, la Pasión y la Eternidad, el Ángel y el Diablo mezcladamente — tratados con una rebuscada imaginería tomada de la magia.
La preocupación del autor no está exenta de los problemas teosóficos de su época. El tiempo rompe la vida, es fugitivo y ésta fugacidad, enemiga del hombre al que roe implacablemente, queda identificada en el Gran Enemigo («El tiempo es la carcoma que trabaja/Por Satanás…»).
El pasajero nos cuenta: «Cuando iba por la selva/ Nocturna, sin destino,/Escuché una esperanza/Cantar sobre el camino,/En la alborada de oro. Yo pasaba. Su canto/Daba sobre una lírica fresca rama de acanto./Saliendo de mi noche, me perdí en un recinto/De rosas…» Rosas abiertas que son los treinta y tres poemas, que exhalan toda clase de perfumes. Rosa que enciende los deseos del poeta y rosa que le marca el tiempo. Rosa violenta y rosa de melancolía.
El pasajero ha recorrido el mar de las sirenas, y ha quedado prendido en sus encantos («…hacia el ensueño navegando un día,/Escuché lejano canto de sirenas/Y enfermó mi alma de Melancolía.»). El dolor y la muerte obsesionan al pasajero, lo rompen: «¡Tengo rota la vida!/En el combate/De tantos años/ Ya mi aliento cede,/Y al orgulloso pensamiento abate/La idea de la muerte, que lo obsede».
El poeta trata de combatir a estos negros espectros: el dolor y la muerte con fuerzas muy distantes. En El pasajero, Valle Inclán vierte en poesía todo un arbitrario sistema de ética y de estética, en el que funde doctrinas místicas cristianas, ritos orientales, sombras panteístas, mitos solares y ensalmos de magia y astrología como ha explicado en su curioso libro La lámpara maravillosa.
El alma está enferma de melancolía, llena de los más limpios anhelos que se quiebran ante el dolor y la •muerte. Sin paz, y en medio de la lucha, se encuentra sola con el perfume de las rosas en su entraña misma. Ya cansada ante la rosa deshojada se pregunta: «¿Por qué de la vida?/¿Qué fin truje a ella?/¿Qué senda perdida/Labré con mi huella?».
El delicado primitivismo que anima las deliciosas y transparentes estampas bucólicas de Aromas de leyenda ha dejado paso al trascendentalismo del Pasajero, mientras en La pipa de Kif el poeta hará gala de un carácter desenfadado dentro del mundo populachero de las verbenas, el carnaval y el circo.
J. M.a Pandolfi

