Panorama Científico, Bertrand Russell

[The Scienti­fic Outlook]. Examen de los caracteres y las limitaciones de la metafísica y de la técnica científica, en una sociedad en la cual la ciencia dominara sobre la vida pri­vada y pública, obra de Bertrand Russell (n. en 1872), publicada en 1934.

Bacon ha­bía proclamado como finalidad de la ciencia la «instauratio imperii hominis». Russell nos demuestra el servicio que la ciencia ha prestado al hombre y cómo el hombre se ha servido de ella para plasmar la vida y la sociedad.

La introducción ya anuncia la conclusión del estudio: «Es necesario que el aumento de saber esté acompañado de un aumento de prudencia», esto es, por una justa concepción de los fines de la vida, cosa ésta que la ciencia por sí misma no procura.

El método científico viene ejempli­ficado por Galileo, cuyas dolorosas vicisi­tudes evoca el autor («Si la Inquisición le hubiera detenido de joven, no podríamos ahora nosotros gozar las bendiciones de la guerra aérea y de los gases asfixiantes, pero tampoco la disminución de la pobreza y de las enfermedades, que es la característica de nuestra época»); por Newton, Darwin y por el fisiólogo Pavlov.

El estudio de las «características y de las limitaciones del método científico» pone en evidencia los hechos «significativos», y los que requieren una nueva teoría, como la de la «relativi­dad» de Einstein; profundiza en el valor y la importancia de la inducción, «las con­secuencias de aquello que no ha sido ve­rificado», el «carácter abstracto de la física», que proporciona una visión del mundo como un todo.

Quien desee saber por qué la fe científica pierde terreno, que lea — nos dice el autor — la conferencia de Eddington sobre «La naturaleza del mundo físico», y se persuadirá de que «sólo el pre­juicio y la costumbre afirman la existencia de un mundo»; que el universo está com­puesto de lugares y espacios sin unidad ni continuidad, sin coherencia ni orden — todo lo contrario son invenciones humanas — y que «si existe, consiste en acontecimien­tos breves, accidentales».

Y mientras la física, que es la ciencia fundamental, está minando toda la construcción de la razón aplicada y nos está dando un mundo de sueños irreales y fantásticos, la ciencia aplicada es particularmente útil a la vida humana. La realidad es que la función me­tafísica de la ciencia es totalmente distinta de la del buen sentido.

De unidad, aun vaga y tenue — la única cosa necesaria al teó­logo —, no hay huella en la ciencia moderna considerada como metafísica. Pero ella es humilde y no se envanece de saber nada que pueda oponerse a los dogmas de la re­ligión.

El capítulo «Ciencia y Religión» examina si la ciencia tiene algo que decir en pro o en contra de los diferentes as­pectos de la concepción religiosa. Critica las infundadas deducciones en favor del libre albedrío, extraídas del principio mal comprendido de Eddington sobre la inde­terminación «del átomo» (y no menos las de Jeans, que ven en Dios al «matemático puro» y en el mundo externo el pensamiento permanente de Dios).

El autor más bien simpatiza con el teólogo «culto y orto­doxo» que le confiesa que no comprende «por qué Dios creó al mundo» y declara no hallar la razón espontánea. En los dos casos «es aquello que es» y no le consuela la idea de que si Dios creó el mundo pueda «recargarlo cuando la carga se haya ago­tado».

Del dualismo de espíritu y materia dice que esto ya no está en boga, siendo las dos realidades reveladas bastante seme­jantes. Le falta la prueba de una finalidad divina del mundo, incluso en el espectáculo que el mismo mundo ofrece. Concluye que «perder la fe en el saber es perder la fe en lo mejor de la capacidad humana» y que «el saber, en su esencia, es bueno».

En la segunda parte, «Técnica científica» — en la naturaleza inanimada, en la biología, en la fisiología, en la psicología, en la sociedad—, deplora que mientras el individuo actual en sus más importantes actividades no es una unidad separada y las fronteras nacio­nales constituyen tal absurdidad técnica que deberían suprimirse, el nacionalismo sea aún fuerte, y la técnica científica en manos de los estados nacionalistas se uti­lice para reforzar la violencia anárquica, impidiéndole conseguir los beneficiosos re­sultados de los que es capaz.

En la tercera parte predice que en la «Sociedad Cientí­fica», ya preludiada en varios estados existentes, habrá conflictos entre las diferentes oligarquías y que al fin alguna de ellas conquistará el dominio del mundo y lle­vará a término una organización mundial completa y elaborada, como la que existe ahora en la U.R.S.S. Nada menos que esto podrá hacer sobrevivir una sociedad embebida de técnica científica.

El autor estudia con frío análisis las ventajas y las desven­tajas, con un cuadro sumamente sugestivo. «Si los hombres serán felices en este pa­raíso, esto no lo sé». Prevé métodos cien­tíficos para contrarrestar el excesivo des­arrollo demográfico en sustitución de la función hasta ahora ejercida por la guerra: se introducirá «la cuota de inmigración en el mundo», matando a los niños al nacer antes que mueran en la guerra, o con la esterilización de los progenitores no desea­bles.

«En la próxima gran guerra, Europa ciertamente quedará rota, la población se­guramente será reducida a la mitad, y la parte superviviente quedará sumergida en la desesperación y la anarquía», y entonces se instaurará — el autor cree por obra de América — un radical método científico. Las riquezas pasarán por las manos del pú­blico manipuladas científicamente por los expertos; la producción estará organizada bajo las órdenes del gobierno; el control de las materias primas será ejercido direc­tamente por una autoridad central; la agri­cultura será industrializada tanto en los métodos como en la mentalidad. Habrá se­guridad contra el paro, contra el hambre y las dificultades económicas, «pero no es seguro que no se pague a un precio muy caro».

La educación de la clase dirigente será completa y perfecta; la reproducción tendrá lugar científicamente (el 25 % de las mujeres y el 5 % de los hombres serán escogidos como progenitores de las nuevas generaciones; los padres no tendrán que ocuparse en absoluto por los hijos, y las madres muy poco). «Todos los sentimientos más profundos serán frustrados, excepto los de devoción a la ciencia y al estado.

De esta manera, podrá existir aún el placer, pero no habrá alegría… y no comprendo cómo el arte cabrá en esta sociedad». «Sólo un necio optimismo puede hacer creer que este mundo se agostará en una orgía de sangre y llevará al redescubrimiento de la alegría: porque quizás, por medio de las drogas y de los preparados químicos, se podrá inducir al pueblo a soportar todo esto, y sus protectores científicos decidirán su bien».

El último capítulo nos advierte que el cuadro precedente no es una profecía rigurosa, sino una descripción de lo que acontecerá si la técnica científica llega a dominar sin ningún impedimento, si la fuerza vence al impulso del amor. Y con­cluye: «La técnica científica si quiere enri­quecer la vida humana no debe sobrepasar los fines a los cuales debe servir.

Un mundo sin placer y sin sentimientos está falto de valor. La sumisión a los poderes de la naturaleza debe ser sustituida por el respeto a lo que hay de más noble en el hombre. Cuando esto falta, la técnica científica es peligrosa. Es mejor hacer poco bien que mucho mal».

Esta obra nos presenta a un Bertrand Russell muy diferente del de las especulaciones matemáticas y filosóficas que habían absorbido su actividad en los pri­meros decenios. El estallido de la guerra de 1914-1918 le impondrá no aislarse ya más del mundo, ni apartarse de los su­frimientos de la humanidad que no vive de abstracciones, sino de pan, de fe y de amor.

Mil rendijas se abren en esta y otras obras de la postguerra, que a través de cielos tempestuosos y rayos hacen entrever hori­zontes nuevos de nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales todavía la justicia, la paz y el amor podrán darse el anhelado y fraternal abrazo.

G. Pioli