[Oracula sibyllina]. Colección de catorce libros, compuesta entre los siglos V y VI, con un material poético de gran variedad.
Elementos paganos del tardío helenismo, elementos judaicos de derivación bíblica, elementos cristianos de inspiración apocalíptica, se funden en esta obra, que figura entre las más oscuras e interesantes del mundo clásico, el cual, lleno como estaba de supersticiones, había tenido siempre predilección por la literatura oracular de las respuestas.
La Sibila era considerada como autora de respuestas adivinatorias cuya posibilidad de verificarse en el lejano futuro parecía demostrada por milagrosos acontecimientos; extraña figura de mujer, de sacerdotisa y a veces de diosa, que, posesa de Apolo, entraba en «éxtasis» y emitía oráculos.
En varias partes del Mediterráneo se había aclimatado la Sibila y tomaba epítetos diversos, según la diversidad de las regiones; y hasta hubo una que se ha localizado entre el pueblo hebreo.
Dictadas por anónimos poetas judeohelenísticos, y atribuidos a varias Sibilas, los Oráculos sibilinos se habían difundido rápidamente por el Imperio romano, antes de Cristo. Su fondo era eminentemente político, de manera que ejercía fuerte dominio en las poblaciones orientales de habla griega, las cuales, teniéndose por depositarías de una mayor y más desarrollada civilización, se estimaban víctimas de una injusticia insoportable al estar sujetas a los romanos, en opinión de ellas, casi bárbaros.
Por esto, fracasadas las tentativas mitridáticas de sublevarse a mano armada, la resistencia pasiva del oriente helenístico- judaico quedó confiada a la casta sacerdotal y al ambiente teosófico de los santuarios, que proveyeron a la difusión de aquellos oráculos propios para inspirar conspiraciones o para enardecer el odio antirromano.
Pero después de establecida la república en el Imperio romano, incluso a los orientales les pareció la estructura estatal latina como verdaderamente indestructible, transformándose la oposición de nacional y racial en ideológica y espiritual. Los Oráculos sibilinos, despojándose de su ropaje político, adquirieron un tono vagamente moral, disfrazando su finalidad bajo el velo de la escatología.
Formada ya una tradición literaria sibilina, los oráculos, originariamente un millar de versos, se acrecieron con nuevos libros que fueron dispuestos de varias maneras en la colección definitiva hasta alcanzar y superar los cuatro mil versos.
Los dos primeros libros, del siglo III d. de C., compuestos por exigencias de armonía y originalidad, relacionan por medio de una breve y misteriosa síntesis del «Antiguo Testamento» la creación del hombre con los tiempos del Imperio romano.
El tercer libro, del siglo I a. de C, es un compendio de teogonías misteriosóficas paganas que terminan en una visión universal de la geografía contemporánea, no sin alusiones a las miras imperialistas del pueblo hebreo, que aún creía en un Mesías armado.
El cuarto, compuesto después de la caída de Jerusalén, profetiza el fin del mundo por incineración. El quinto continúa una historia de los quince emperadores romanos, con una alusión al retorno de Nerón con disfraz de Anticristo.
Los restantes libros, posteriores, presentan vivaces cuadros de la situación imperial romana, vista con los ojos siempre benévolos de los orientales oprimidos que esperan encontrar en los partos los vengadores de las ofensas romanas.
Esta literatura poética judaica, de escaso valor artístico, pero de altísimo valor político y religioso, si bien había servido de propaganda al judaísmo vencido aunque mal domado, no fue desdeñada por la Iglesia católica, que se complació en encontrar en ella la sutura entre paganismo y biblicismo que le convenía para corroborar sus poderes temporales y espirituales; de manera que, al amenazar a la humanidad pecadora con el Juicio Final, desposó en el Dies irae (v.) al salmodiante rey David con la virgiliana profetisa Sibila.
F. Della Corte

