[Der goldene Topf]. Narración de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776 – 1822), incluida en el tercer volumen de las Fantasías a la manera de Callot (v.), publicado en 1814.
El estudiante Anselmo, lo mismo que los protagonistas de la Princesa Brambilla (v.), se halla indeciso entre la aspiración a una razonable felicidad burguesa y el impulso hacia una vida excepcional y libre: la primera está encarnada para él en la boda con la graciosa Verónica, la hija del corector Paulmann; la segunda, en la unión con Serpentina, la ambigua y deliciosa hija del archivero Lindhorst; ser misterioso éste, ora empleado regio, ora salamandra, ora autoritario como un rey, ora enigmático como un mago, siempre irónico; del mismo modo que su hija, que tan pronto diríase una muchacha bellísima, como una viborilla deslizándose entre las ramas de un árbol.
Precisamente se apareció ella por primera vez a Anselmo mientras él, a la orilla del Elba, meditaba tristemente sobre la mala pasada que le había jugado su bolsa, impidiéndole participar en la fiesta de la Ascensión. Constituye la obra uno de los primeros pasos de Hoffmann, uno de los en que, gracias a su mágica pluma, la distancia entre las cosas animadas y las inanimadas se atenúa hasta desaparecer, produciéndose la exteriorización casi musical de imágenes, de sonidos, de colores, de perfumes y hasta de emociones.
«Anselmo fue interrumpido en su soliloquio por un extraño roce que salía de entre las hierbas y llegaba hasta las ramitas y las hojas del árbol de saúco. Unas veces parecía como si el viento de la tarde sacudiese las hojas; otras, que los pajarillos bisbisasen entre las ramas saltando aquí y allá agitando las alas.
Luego fue un bisbiseo y un susurro. Parecía que las flores sonaran como si de ellas pendiesen campanillitas de cristal». En cierto momento le pareció al joven como si entre las ramas sonasen palabras leves y veladas: «Miró hacia arriba y vio entre el verde oro de las hojas tres pequeñas serpientes relucientes que se habían enroscado a las ramas y que alargaban sus cabecitas hacia el sol poniente».
Cuando una de las serpientes miró a Anselmo con dulces ojos humanos, se sintió él preso de irresistible fascinación. Por eso aceptó con alegría la propuesta del archivero para ir a su casa a copiar ciertos preciosos manuscritos. Todo es prodigioso en aquella casa: desde el vaso de oro en la sala azul al jardín con papagayos parlanchines; pero es sobre todo preciosa la metamorfosis de una muchacha plena de fascinación, en la serpiente descubierta entre las ramas del saucal.
Pero Verónica no renuncia tan fácilmente a su estudiante. Recurre a la hechicera Lisa, que representa el poder mágico opuesto al del archivero, como en el Pequeño Zaches (v.) el doctor Próspero Albano opone su fuerza arcana a la de la canonesa Rosabelverde. Pero los sortilegios de Lisa no sirven para nada. Y Verónica, resignada, se casa con el antiguo rival de Anselmo, convertido entretanto en consejero de la Corte, en tanto que Anselmo se casa con Serpentina y la sigue a su feudo de los países de Atlántida.
Al que encuentre enigmática la narración, Hoffmann mismo le revela el sentido: « ¿Qué otra cosa es la felicidad de Anselmo sino la vida en el seno de la poesía, a la que el sagrado acuerdo entre todas las criaturas se revela como el sentido más profundo de la naturaleza?».
B. Allason

