Oda a Barcelona, Jacint Verdaguer

Con esta denomi­nación es conocido el famoso poema del escritor catalán Jacint Verdaguer (1845- 1902), titulado A Barcelona.

Su lema son las palabras que Cervantes escribió en elogio de Barcelona al calificarla, entre otras cosas, de «archivo de la cortesía». El poema consta de ciento ochenta y cuatro versos alejan­drinos y fue premiado en 1883 en los Jue­gos Florales de la Ciudad Condal.

Aquel mismo año los catalanes y aragoneses de Manila obsequiaron a Verdaguer con una edición de la oda a la que añadieron una traducción castellana de Mas i Olzet. El poema fue luego incorporado al volumen Patria (1888).

Existe una traducción fran­cesa de 1883, debida a Jean Vilarrasa, y otra rumana de 1887 por Jaon Damn. El poema irrumpe con la leyenda de Alcides, que en la oda es representado por Montjuïc velando, como aquél, por su hija que aquí simboliza Barcelona.

El poeta canta el mar, fiel servidor de la ciudad, y ensalza las colinas que la ciñen y se dan las manos. El Tibidabo se compara a la Acrópolis y el poeta ve a Monteada como una gigan­tesca lanza clavada por un héroe antiguo.

Enumera con morosidad poética los nombres de Valldaura, Hebrón, Prat, Agudells, Pedralbes. Y las iglesias del Pi, de Santa Ma­ría, de Sant Pere de las Puelles. Y los ríos, y los varones ilustres que se formaron en Barcelona o partieron de ella para sus gran­des gestas guerreras o espirituales: Roger de Llúria, Campeny, Balmes, Colón, Fortuny.

Evoca la memoria de los condes de Provenza y de Atenas, de estirpe barcelo­nesa, y recuerda que la bandera española procede de los palos catalano-aragoneses. Encomia el crecimiento tenaz y esplendo­roso de la ciudad que la ha obligado a sal­tar ya las murallas. Canta «tos casals que creixen com arbres amb saó» y elogia el sentido espiritual de la ciudad porque «en­tre tallers i fábriques té campanars i agulles/com dits que entre boirades de fum signen el cel».

Maragall habló con razón de la constante «antropomorfización de la na­turaleza» en la poesía verdagueriana de raíz geológica. Al conjuro dominante del poeta, los bosques, las colinas, los ríos y los dio­ses olvidados se mueven y hablan con la normalidad de los humanos, y las grandes masas, sin perder su grandeza, se rebajan a la altura de nuestras pobres medidas.

Así sucede en la oda, escrita entre L’Atlantida (v.) y el Canigó (v.) y que representa una cierta transición de la épica a la lírica. Maragall en su «Oda nova a Barcelona» (v. Poesías) replicó de una manera más realista a la visión alucinada y fantástica de Verdaguer.

A. Manent