Libro de versos del escritor español José Cadalso y Vázquez (1741-1782) publicado en 1773 con el nombre de don José Vázquez.
Los méritos de Cadalso como pensador, como crítico y como satírico, junto a su adhesión a las corrientes europeas, aliada a un gran amor a España y a su mejor tradición cultural, hacen de él la gran figura de la segunda mitad del siglo XVIII. Pero no es en el campo de la poesía donde destaca realmente.
El propio Cadalso en un poema en que «refiere el autor los motivos que tuvo para aplicarse a la poesía y la calidad de los asuntos que tratará en sus versos», nos da a entender cómo la poesía es un mero paréntesis entre preocupaciones graves: «…mi numen estos versos me produjo:/todos de risa son, gustos y amores./No tocaré materias superiores;/de los supremos dioses y los reyes,/la oscura voz y las secretas leyes;/los arcanos, enigmas y misterios,/no digo con osados versos serios;/antes con más sencillo y bajo tono/celebro la cabaña y dejo el trono».
Con la aparición de este libro de versos, según Quintana «hizo revivir la anacreóntica, que estaba enterrada con Villegas, siglo y medio antes». Las composiciones de este tipo repiten los tópicos tradicionales: el amor, el vino, la juventud.
Están dotadas de cierta gracia ligera y soltura, aunque son bastante inconsistentes. Tienen un gran interés historicoliterario por constituir el punto de partida de uno de los géneros más cultivados en el siglo XVIII. España, donde no faltaban antecedentes — Cetina, Villegas —, convirtió el anacreontismo, a partir de Cadalso, en uno de los tópicos capitales de la lírica neoclásica.
Gran parte de las letrillas y anacreónticas del libro están dedicadas a su amada Filis. El tema pastoril ha disfrazado sus poesías de amor con toda la afectación del momento y María Ignacia recibe el consabido nombre de Filis. Su prematura muerte es lamentada por el poeta y le inspira también algunos lúgubres versos de carácter prerromántico.
Donde brilla más la personalidad de Cadalso es en algunas de sus poesías jocosas, como las «Guerras civiles entre los ojos negros y los azules». Describe una polémica de mujeres; las españolas, de todas las clases sociales, representan a las ojinegras: «la cómica asistía con la maja,/la naranjera y la limera había,/y las del gremio atroz de la naaja,/ quinta esencia de majas se veía…».
La polémica se agria y el poeta da una lección de verbo madrileñista en boca de las más bravías majas. Esta composición y la graciosa estampa satírica «Un currutaco en 1730» salvan — aunque brevemente — a Cadalso de la monotonía de la musa pastoril. Los endecasílabos que se encuentran en Ocios de mi juventud, no obstante su corrección, son inferiores a sus versos cortos.
Otras composiciones dignas de recordarse son la «égloga entre Dalmiro y Ortelio» (Cadalso y Huerta); el romance, traducción de Catulo, sobre la muerte del pájaro de Lesbia; los sáficos a Venus: «Madre divina del alado niño,/oye mis ruegos, que jamás oíste/otra tan triste lastimosa pena/como la mía…» En la letrilla «De amores me muero», es de notar un reflejo de buena ley de poesías del mismo género de nuestro Siglo de Oro, realzado por el más exquisito gusto. La devoción de Cadalso por Garcilaso y por Meléndez le hace uno de los factores decisivos de la formación de la escuela salmantina, cuyos componentes trató cuando su destierro en Salamanca.
J. M.a Pandolfi

