[De ocio religiosorum]. Tratado latino compuesto por Francesco Petrarca (1304-1374) tras haber hecho una visita al hermano Gherardo — muy famoso por algunos sonetos de las Rimas extravagantes (v.) y por una conocida epístola sobre la ascensión al monte Ventoso — en la abadía de Montrieux.
La paz vivida con tanta devoción entre los cartujos le ha llegado al corazón y le ha incitado a la meditación; y en contraste con los dulces bienes mundanos — que le rodean en su Vaucluse — el poeta siente la belleza de un refugio de tantos males y tantas tormentas. Los religiosos encuentran verdaderamente en su reposo (ocio, como decían los antiguos, para indicar la cesación de los negocios y de las luchas, y la entrega a la meditación en los estudios) la paz deseada por el hombre: están libres de luchas, de las fatigas del campo, de buscar dinero y alimentos y del deseo de glorias y placeres.
Todas las cosas inútiles, de las que únicamente quien es sabio en lo íntimo sabe huir para su bien. Los religiosos están exentos de la angustia que arruina al hombre mundano y de aquel tormento que impide, en la concupiscencia de las cosas terrenas, de lograr cuanto solamente puede ser concedido por Dios.
Incapaz de librarse de la tierra y de seguir la libertad de la que los religiosos le ofrecían tan bello ejemplo, el poeta dice que espera de Dios una ayuda y una salvación. Siente que es inútil la sabiduría de los filósofos antiguos, incluso Cicerón, si no sobreviene la gracia para iluminar el espíritu en su duro camino.
Sólo el cristianismo puede tener una guía indefectible en la buena nueva; ya la verdad de la Biblia (v.) dejaba traslucir la verdadera sabiduría divina a los hombres perdidos en las vanas quimeras de la ciencia y de la gloria. Es notable por la misma referencia a una cultura basada en los Padres de la Iglesia, ya que indica una posición mística más que doctrinal, hecha de experiencia religiosa más que de problemas teológicos verdaderos y propios.
Por todo ello, la obra se relaciona también con el otro escrito titulado De la propia y ajena ignorancia (v.), y particularmente aparece formada sobre el ropaje filosófico de la Verdadera religión (v.) de San Agustín, si bien sea con una argumentación penetrada en la meditación y en las referencias de la propia historia íntima, más que en un sistema verdadero y orgánicamente propio de una demostración.
C. Cordié

