Obras Póstumas Divinas y Humanas, Félix Paravicino

Su autor es Fray Hortensio Félix Paravicino (1580-1633) y fueron publicadas en un volumen en 1641; van con el segundo nombre y el segundo apellido del autor: Félix de Arteaga. Se trata de una serie de composiciones de asunto sacro y profano y una comedia de aparato: La gran Gridonia o Cielo de amor vengado.

El autor fue amigo de Góngora, a quien imitó en una serie de sonetos en los que lo gongorino se une a un evidente conceptismo. En el as­pecto religioso da muestras de un cierto gusto por lo patético o lo abultado, debido sin duda a su oratoria sagrada culterana y al prurito barroco de acumular los elemen­tos estéticos: «Hotos los pies, Señor, rotas las manos;/selva horrible de espinas la cabeza…»

En el aspecto profano, la temática de Fray Hortensio es, de acuerdo con su conceptismo, mínima o inexistente; puro pretexto para la habilidad poética, para el juego retórico que el poeta despliega con gran brillantez. Falto de los grandes moti­vos vitales — el amor y la guerra — que legó el Renacimiento, Paravicino, como buen poeta gongorista, se debate en un nihilismo temático — en el aspecto profano —; pero con el nuevo lenguaje poético que vino a ofrecernos Góngora en un momento en que los recursos de la lírica del siglo XVI se hallaban completamente gastados, Fray Hor­tensio pone en juego una serie de maravi­llosos recursos retóricos.

He aquí el pri­mer cuarteto del soneto que dedica «A una Dama sangrada»: «No agravia Fénix al jar­dín la abeja/que importuna, si atónita labebe/vida al clavel, mientras sangrienta nie­ve/desde el jazmín más hurtos aconseja…» El modelo estético de Fray Hortensio es Luis de Góngora, a quien dedica su «Ro­mance describiendo la noche y el día», cuyos son estos versos: «En maligno albor la no­che/orientes arduos emula/y sobre huellas lucientes/estampas afecta oscuras./Medrosa al caer del Cielo,/los crepúsculos escucha/ ecos de un ardor, que ausente/batallas dilata mudas».

A este homenaje estilístico une Paravicino su homenaje personal en un ma­gistral soneto, cuyos últimos versos dicen: «De cisnes jamás vistos, genio oculto/las plumas pareció, si bien menores/estas, cual breve arroyo a largo río./Rinda, pues, al mayor, el menor culto,/y en grata niebla en pompa igual de colores/tus aras cubra ofrecimiento mío». Tiene además cuatro so-netos dedicados al Greco — pintor símbolo del Barroco — por el retrato que éste le hizo. Paravicino, aunque obtuvo más fama como predicador, es un destacado repre­sentante de lo que puede llamarse la es­cuela de Góngora.

J. M.a Pandolfi