Difícil es establecer paralelos y meridianos en la obra «cosmológica» y humanista del doctor Gregorio Marañón (n. 1887, m. 1960).
Obra trabada en torno del sentido de lo real, como se echa de ver incluso en uno de los raros versos del gran intelectual («Y llamar al pan, el pan; y llamar al vino, el vino»), Marañón coloca el naturalismo en la raíz de su vocación de científico y de médico, y por él se aparta de la literatura de ficción, y llega por él a un sano sentimiento religioso. Lo que primordialmente interesa a Marañón es el hecho de la vida: como germen (la sexualidad), como función (la endocrinología), como manifestación (la historia).
Estos son los temas máximos del estudio y la docencia del doctor. Temas que, entrelazados, dan lugar a la multitud de ensayos, artículos, conferencias, monografías y prólogos, donde se evidencia de continuo el «apriorismo» biológico de lo personal y lo histórico. A la historia anecdótica y a la crítica añade Marañón el estudio genético que busca ya en la herencia biológica el determinado ámbito de la actividad humana posterior, así como de las patologías previsibles, pues la enfermedad no es sino la última fase de un proceso constitutivo favorecido principalmente por las secreciones internas.
En ellas se encuentra el principio modelador del hombre somático y aun .psíquico. Doctrina en virtud de la cual se reincide en la importancia del estudio biológico de la historia llevado a cabo por Marañón en libros tales como Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), primer trabajo de una larga serie historicobiológica, en el cual, tras conciliar su investigación con la de los profesionales de la historia («Intromisión y colaboración»), se adentra en los dominios de la disciplina que Gracián llamó «gustosa», y se detiene en la figura del rey Enrique IV, a quien la tradición ha impuesto el sambenito de impotente.
Contra esta afirmación lucha Marañón aportando toda suerte de documentos (sobre todo el testimonio de los extranjeros que viajaban entonces por España: Munzen) y sus propias reconstrucciones médicas, que le llevan a diagnosticar en Enrique IV una impotencia parcial que seguramente no le impediría ser padre de la «Beltraneja». En torno a esta tesis se organizan multitud de consideraciones acerca de la conducta sexual de los principales personajes de la época (don Beltrán, la reina doña Juana, los privados Luna y Pacheco) y de los usos, abusos y defectos de la virilidad en la castellana corte de los Trastamara (influencia de la homosexualidad de la morería decadente).
Pero, indudablemente, lo más importante de este ensayo claro, rápido y documentado es su punto de partida: la posibilidad de utilizar para el pretérito los conocimientos de la moderna ciencia biológica («Razón y riesgos de la clínica arqueológica») y de ejemplificar con figuras históricas y aun legendarias el esquematismo de una disciplina tan vital como la endocrinología. Es admirable que Marañón una al rigor científico una cariñosa comprensión de las debilidades humanas, lo cual se hace particularmente notorio en su empeño de demostrar a toda costa la moralidad de algunas damas muy zarandeadas por la tradición, como es el caso con doña Juana, esposa de Enrique IV, y también, en otro libro, el de la reina Isabel de Borbón o el de la superiora de San Plácido.
En Don Juan (1940) estudia Marañón, en tres ensayos, los factores psicológicos de la formación de la leyenda del Tenorio. En la corte de Felipe IV se unen los dos temas (el Convidado de piedra y el Burlador) para dar lugar a la figura literaria de Don Juan (v.), considerada luego genuinamente española. Define a Don Juan como «el varón constantemente enamorado e incapacitado para amar», y ve en él una virilidad indecisa que incluso puede abocar en el «vicio nefando». En el aspecto doctrinal, Don Juan es un capítulo más de las teorías sexuales de Marañón, conocidas ya por sus lectores en 1940, y frecuentemente mal interpretadas.
Junto a la disertación teórica acerca de qué es lo correcto en el sexo y cuáles son los prototipos de la virilidad, se enumeran en el libro una serie de sucesos y personajes teñidos por el ambiente inquisitorial y por ello más pecaminosamente erótico de la corte aún imperial de Felipe IV. El tipo de Don Juan no es español (ni tampoco específicamente andaluz). El Burlador es una importación cosmopolita, aclimatada en la corte española en un momento en que en España se podía ser el Don Juan más brillante de la historia, porque no había moral, religión e imperio más fuertes que violar. Así, al unísono con los escándalos del iluminismo (de filiación luterana) cristaliza la leyenda del Burlador en España gracias a la intuición de Tirso de Molina.
Si nos preguntamos por la existencia de un modelo histórico donjuanesco debemos dirigir la mirada hacia el conde de Villamediana, supuesto amante de la reina y uno de los actores en los escándalos de San Plácido. El conde posee todas las notas externas e íntimas del burlador, varón imperfecto («hombre sin nombre», como definiera implícitamente Tirso) que no personaliza a la mujer y que acaba sepultando su vacilante vigor emocional en el homosexualismo. Tangencialmente defiende Marañón la virtud de la reina doña Isabel de Borbón, modelo de esposas pese a la divisa ostentada por el de Villamediana («Son mis amores reales»).
Se percibe en Marañón una crítica ecuanimidad, paliada tan sólo cuando de defender a España se trata, y cuando se persigue la sorpresa de la «paradoja histórica». Tendencia que encontramos en su libro sobre Amiel (Un estudio sobre la timidez) (1932), escrito certero y profundo sobre el curioso y oscuro profesor ginebrino, cuya vida «podría definirse como un viaje doloroso, inacabable y sin objeto en torno de su sexo», así como en sus restantes trabajos históricos: Antonio Pérez, etc. (v. Estudios históricos).
Otro hemisferio de los libros de Marañón es el constituido por sus disertaciones acerca del ser y la esencia del magisterio universitario, sobre la vocación y la deontología médicas (Vocación y ética, Crítica de la medicina dogmática, Enciclopedismo y Humanismo, etc.), sobre el sentido de lo hispánico (Raíz y decoro de España, Elogio y nostalgia de Toledo, Cuatro comentarios a la Revolución Española, Españoles fuera de España). Y, finalmente, los trabajos decididamente médicos de Marañón informados por la amenidad literaria: Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), Once lecciones sobre el reumatismo (1933), Ginecología endocrina, Gordos y flacos, Endocrinología, enfermedades de las glándulas de secreción interna (1930), Amor, conveniencia y eugenesia, y tantos otros libros discutidos siempre por cuanto exceden del incoloro’ ámbito de lo profesional para herir en el calor cotidiano de la moral práctica y de la «Weltanschauung» instrumental y emotiva.
En modo alguno pueden dejar de apasionar temas tan próximos como son: la influencia del organismo en la personalidad y^ en la moral, la iniciación sexual de los jóvenes, la regularización de los nacimientos, doctrinas que a menudo han sido enarboladas para justificar lo injustificable, de espaldas a la luminosa concepción del verdadero intelectual, que sale al paso de sus falsos discípulos («El deber del médico y su interpretación maliciosa» en Vocación y ética, Madrid, 1936).
R. Jordana
Marañón es una personalidad a la vez intensa y fecunda, que se halla, maduro y maestro, en pleno período de creación y que, poseyendo una obra importante, nos sorprende cada día con una visión nueva, sugestiva y original, como su Tiberio o su Vives. (A. Valbuena Prat)
En algunos aspectos, Marañón está enlazado con la corriente de Ganivet y de los hombres del 98, como lo prueba su interés por los problemas político sociales y la dirección de su actitud frente a ellos…, y entronca con la línea directriz de la Institución Libre de Enseñanza y con las orientaciones del pedagogo Manuel Bartolomé Cossío, guía espiritual de uno de los grupos más nutridos de epígonos de Giner de los Ríos. (A. Millares)

