[I Promessi Sposi]. Novela histórica de Alessandro Manzoni (1785- 1873), de la que tenemos dos redacciones: la primera, compuesta entre 1821 y 1823, muy distinta y artísticamente inferior a la redacción definitiva, llevaba el título de Sposi Promessi; la segunda y definitiva fue publicada, en tres volúmenes, entre 1825 y 1827.
El autor revisó esta redacción atenta y largamente, sobre todo en cuanto al lenguaje, siendo reimpresa en 1840-42. Manzoni simula sacar el tema de su novela de un maltrecho manuscrito del siglo XVII, que narra «hechos memorables, aunque referentes a gente artesana y de poco rango»; «historia», sigue diciendo el supuesto anónimo, cuyo estilo Manzoni imita con finísimo garbo y precisión, «en la que se verá en pequeño teatro luctuosas tragedias de horrores y escenas de maldad grandiosa, con intermedios de hazañas virtuosas y bondades angelicales, opuestas a las operaciones diabólicas»; de ahí deriva el título completo de la novela: Los novios, historia milanesa del siglo XVII descubierta y recompuesta por Alessandro Manzoni [I Promessi Sposi, storia milanesa del secolo XVII scoperta e rvfatta da Alessandro Manzoni].
El resumen del argumento no puede mostrar la íntima y sustancial riqueza de motivos y actitudes de la novela, en la que la historia de los «novios» Renzo y Lucia, que no llegan al matrimonio hasta después de muchas peripecias, se entrecruza de mil modos con la trama más amplia de las vicisitudes de la guerra de los Treinta Años y de sus repercusiones en Italia, desde la guerra por Casale Monferrato a la invasión de los lansquenetes y a la peste milanesa de 1630, sobre el amplio fondo de las costumbres sociales y políticas y de la dominación española en Italia.
Don Abbondio (v.), párroco de una de las pequeñas parroquias situadas en aquel «brazo del lago de Como, vuelto hacia el Mediodía, entre dos cadenas ininterrumpidas de montes, lleno de bahías y golfos…», regresa satisfecho de su paseo al anochecer del 7 de noviembre de 1628, cuando da con dos «bravos», esbirros de don Rodrigo (v.), el señor del lugar, que en nombre de su amo le advierten que no celebre la boda entre Lucia Mondella (v.) y Renzo Tramaglino (v.), señalada para el día siguiente.
El pobre cura, buen hombre, pero no precisamente provisto de un «corazón de león», atormentado por los escrúpulos de conciencia y por los más punzantes del miedo, asediado por la encarnizada y tortuosa curiosidad de su criada, Perpetua, pasa una noche horrible, y al día siguiente pone mil trabas a Renzo, que va a verle «vestido de gran gala, con plumas de vario color y cierto aire de fiesta y chulería, común entonces incluso a los hombres más tranquilos», para fijar los últimos detalles de la ceremonia.
Por fin, por las palabras del mismo don Abbondio, de Perpetua y Lucia, Renzo consigue comprender de qué se trata: la caprichosa pasión de don Rodrigo por Lucia; entonces, de acuerdo con Agnese, madre de su «prometida», va a consultar, con un par de pollos, al doctor Azzeccagarbugli, quien, al oír el nombre temible de don Rodrigo, despide de mala manera a su ingenuo cliente, devolviéndole incluso sus dos pollos.
Los infelices novios recurren entonces a la ayuda del padre Cristoforo, del cercano convento de Pescarenico, quien se dirige valientemente a enfrentarse con la fiera en su misma guarida; pero la entrevista tiene una conclusión tan tempestuosa como vana. No queda más que un último medio: casarse clandestinamente en presencia de dos testigos, tomando desprevenido al cura y pronunciando las fórmulas rituales.
Pero la tentativa fracasa: don Abbondio tira al suelo la mesa, echa el tapete a la cabeza de Lucia antes de que ésta pueda abrir la boca y prorrumpe en gritos de socorro; el sacristán, alarmado por el inesperado alboroto, toca a rebato, lo que por una afortunada coincidencia pone también en fuga a los «bravos» que a las órdenes de Griso ha enviado don Rodrigo para raptar a Lucia. Los tres humildes protagonistas se refugian en el convento de Pescarenico, desde donde fra Cristoforo los manda a Monza, y allí la «monja de Monza», hija de un príncipe que la metió en el convento contra su voluntad, toma a Lucia bajo su protección.
Por su parte, Renzo, después de despedirse de las dos mujeres, llega a Milán, y, andando a la aventura, se encuentra mezclado con la multitud que alborotaba a causa de la carestía de la vida; cena en una taberna, donde bebe más de la cuenta, dejando escapar algunas palabras imprudentes; el tabernero, creyéndole uno de los jefes del motín, da aviso a la policía y a la mañana siguiente dos esbirros y un notario lo sacan de la cama invitándole a seguirles.
Por el camino la multitud excitada le libera, y Renzo, cansado ya de su experiencia milanesa, se escabulle de la ciudad echando a andar hacia Bérgamo, donde su primo Bortolo le acoge afectuosamente ofreciéndole trabajo en su hilatura. Mientras, don Rodrigo pone en marcha sus influencias en Milán, y por medio de su primo el conde Attilio logra que se interese por su asunto el poderoso conde-tío; en una entrevista entre éste y el padre provincial de los capuchinos se decide trasladar a fra Cristoforo de Pescarenico a Rimini.
Don Rodrigo, mientras tanto, maquina raptar a Lucia del convento de Monza y recurre a la ayuda de un poderoso y misterioso personaje del lugar, el Innominado. Con la complicidad de cierto Egidio, al que la «monja de Monza» estaba vinculada por el recuerdo de un infame crimen, los «bravos» raptan a Lucia, llevándola a un inaccesible y sombrío castillo, donde la confían a la vigilancia de una anciana bruja.
En este punto ocurre un hecho imprevisible y cuya oportunidad psicológica y artística en la construcción de la novela fue muy discutida: en el alma del Innominado, saciada por la larga serie de sus crímenes, se levanta un torbellino de pensamientos obscuros y atormentados; y el día después del rapto, tras una noche en vela, mientras las campanas del pueblo tocan a fiesta polla visita pastoral del cardenal Federigo Borromeo, el sombrío personaje, incapaz de seguir resistiendo el obscuro tormento de su corazón, va a visitar al cardenal y celebra con él una entrevista de la que sale purificado y renovado; se ha hecho el milagro, el Innominado se ha convertido; Lucia será liberada, y es precisamente don Abbondio quien, temblando de miedo, recibe la orden del cardenal para que vaya al castillo a hacerse cargo de la pobre muchacha.
Agnese se reúne con Lucia, huéspedes ambas en la casa de doña Prassede, mujer del sabio don Ferrante; don Rodrigo, desilusionado, parte para Milán, y el Innominado despide para siempre a sus esbirros, asignando a Lucia cien escudos de oro, cincuenta de los cuales se envían a Renzo. Pero, cuando todo parece resolverse de la mejor manera, surge un nuevo obstáculo: Lucia, en un momento de desesperación, hizo a la Virgen voto de virginidad.
Aquí el cuadro se amplía en el agitado panorama de la carestía, de la peste y de los sucesos bélicos, que van difundiendo la desolación en las tierras de Lombardía; del Norte llegan las huestes de los lansquenetes, atravesando el territorio de Lecco; los habitantes huyen aterrorizados, llevándose lo que pueden y enterrando el resto; Agnese, Perpetua y don Abbondio se refugian en el ahora hospitalario e inaccesible castillo del Innominado. Pasada la tormenta, los tres vuelven a su pueblo, donde todo está saqueado o destruido; ha desaparecido hasta el pequeño tesoro que don Abbondio había escondido en un agujero de su huerta.
Mientras tanto, en Milán la peste hace estragos; don Rodrigo, regresando una noche de una de sus francachelas, es atacado por la peste e internado en el lazareto, después de ser despojado de todo lo que llevaba por su criado Griso. Y aquí, en el marco horroroso y apocalíptico de la peste, los hilos de la novela se juntan nuevamente y la acción se pone en marcha hacia su conclusión: Renzo, bastante maltratado por la peste, regresa a su pueblo en busca de las mujeres; encuentra a don Abbondio reducido a una sombra de sí mismo, se entera de que Perpetua murió de la peste, que Agnese está con ciertos parientes suyos en Pasturo, y Lucia en Milán, en casa de don Ferrante.
Va a Milán, cuya desolación contempla asustado; encuentra cerrada la puerta de la casa de don Ferrante y se pone a llamar con violencia; la multitud, entonces, le toma por un «untador», es decir, un sembrador de peste, y se lanza contra él, persiguiéndole por las calles de la ciudad; Renzo huye y por fin consigue salvarse refugiándose en un carro de sepultureros. Los dos «novios» se encuentran en el lazareto, donde fra Cristoforo, que allí cumple su deber con pasión y valor, deshace el obstáculo canónico del voto hecho por Lucia.
Y la historia acaba con un final feliz; la peste desaparece, después de «barrer como una escoba», según dice don Abbondio, a humildes y poderosos, incluso al conde Attilio y don Rodrigo; por fin, don Abbondio puede celebrar la boda, los esposos se establecen en un pueblo de la región de Bérgamo, y al cabo de un año nace una niña a la que llaman Maria. Lo bueno, dice el autor, era escuchar a Renzo contando sus aventuras; con sus andanzas y correrías, había aprendido muchos recursos para salir de apuros; pero Lucia no estaba convencida del todo; ella no había buscado las desgracias, habían sido éstas las que acudieron en su busca.
Después de muchas discusiones, los dos esposos concluyen con una moraleja, que el autor pone como conclusión de toda la historia; «Después de numerosas búsquedas y discusiones, concluyeron que muchas veces las desgracias vienen porque se les ha dado ocasión; la conducta más prudente e inocente no es bastante para alejarlas, y cuando llegan, con culpa o sin ella, la confianza en Dios las suaviza y las hace útiles para una vida mejor.
Esta conclusión, aunque encontrada por unas gentes humildes, nos pareció tan justa que hemos pensado ponerla aquí, como moraleja de toda la historia». Los novios es la obra maestra de Manzoni y, entre las grandes obras de la literatura italiana moderna, una de las más discutidas por los críticos. El debate, complicado también por las tendencias en juego, a menudo de naturaleza extracrítica, versa menos sobre la importancia literaria y la grandeza artística de la novela manzoniana, que sobre los términos del problema de método y sobre los elementos de gusto por los que se llega al reconocimiento de aquella grandeza y a la definición del tono fundamental y del carácter de la novela.
En Los novios un profundo sentimiento cristiano completa y funde en una unidad los elementos de la fantasía, de la reflexión y de la exhortación, sabiéndolos refrenar oportunamente. Aquí está la verdadera y sustancial unidad artística de Los novios; en este profundo sentir cristiano, sumergido completamente en la vida, y transformado de elegía impotente, como era en las tragedias, en justicia cotidiana, que sin embargo deja sitio a todos los «hijos de Eva», con lo que el poeta de la gracia se sublima y se pacifica en el otro más ecuánime poeta de la justicia, la justicia de Aquel que, como dice fra Cristoforo, juzga y no es juzgado, flagela y perdona. [La primera traducción castellana de la obra de Manzoni es la de Félix Enciso Castrillón con el título Lorenzo o los prometidos esposos (Madrid, 1833), a la que siguió tres años después la traducción clásica de don Juan Nicasio Gallego: Los novios, historia milanesa del siglo XVII (Barcelona, 1836- 1837), reimpresa infinitas veces desde la fecha de su aparición y considerada justamente como la mejor traducción española de la célebre novela.
Como prueba de la extraordinaria difusión y popularidad que alcanzó en España la obra maestra de Manzoni bastará citar el hecho de que existen otras seis traducciones castellanas de Los novios: de J. Alegret de Mesa (Madrid, 1850); Gabino Tejado (Madrid, 1859); Manuel Aranda y Sanjuán (Barcelona, 1869); José Llausás (Barcelona, 1879); Lorenzo Sebastián Yarza (Barcelona, 1914) y Luis Carlos Viada y Lluch (Barcelona, 1933). Existe además una magistral versión catalana de la poetisa mallorquina Maria Antonia Salva (Barcelona, 1923-24)].
L. Russo
Manzoni es un historiador excelente, por lo cual su creación logró una gran dignidad, que lo levanta muy por encima de todo lo que generalmente llamamos «novela». (Goethe)
Después de semejante lectura, siente uno la necesidad de hablar de ella con el autor. Mi impresión ha sido nueva, fuerte y poderosa. Nunca leí unas páginas que me impresionaran tanto como aquellas en que Manzoni se abandona al sentimiento religioso, que respira en todas sus obras. (Lamartine)
En Los novios, lenguaje y estilo no se construyen «a priori» según modelos o conceptos. Son consecuencia de una manera dada de concebir, sentir e imaginar. El estilo es la combinación de las dos fuerzas que en tan alto grado tenía el escritor: la virtud analítica y la imaginativa. (De Sanctis)
Es una novela de exhortación moral, medida y guiada con firme vista hacia este fin; sin embargo, todo parece espontáneo y natural, de manera que los críticos siguen analizándola y discutiendo sobre ella como una novela de inspiración y hechura poéticas, cayendo con ello en contradicciones inextricables y haciendo oscura una obra tan clara en sí misma. (B. Croce)

