Noventa y Tres, Víctor Hugo

[Quatre-vingt-treize]. Novela de Víctor Hugo (1802-1885), publi­cada en 1873. En esta obra de su vigorosa ancianidad, la gran fórmula del autor al­canza su purificación sin renunciar a nada de su dramatismo; no se trata ya de for­mas extremas del mal y del bien, en tur­bulenta lucha entre ellas, sino que la pro­pia generosidad del hombre, sus expresiones más elevadas y más nobles se encuentran luchando consigo mismas, evidenciando su trágica incompatibilidad.

Victor Hugo ha­bía considerado siempre a la criatura hu­mana como fundamentalmente buena: el mal no estaba tanto en ella como en su clima, en una fatalidad que la envolvía, no propia de la naturaleza, sino más bien ligada obscuramente a ésta, trágica carga que había de purificar y expiar a través de su sufrimiento.

Por ello las figuras maléfi­cas de sus anteriores novelas, desde Han de Islandia (v.) hasta Claudio Frollo (v.), no son tanto personajes como expresiones universales de una fuerza maléfica, ya esté ligada, como en Han, a una brutali­dad primordial de la materia, ya, como en Frollo, a un secreto demonismo del pen­samiento puro. Por ello mismo muchos de sus personajes ocultan, como Quasimodo (v.), entre formas monstruosas la pureza de su alma, verdaderos símbolos de un mal metafísico que envuelve a la persona sin confundirse con ella.

Pero a medida que madura el arte del novelista, las repre­sentaciones del mal tienden a desaparecer para dejar aquel motivo en su tremenda impersonalidad. En Noventa y tres, epo­peya de la Revolución francesa, los tres protagonistas traducen personalidades éti­cas superiores : el marqués de Lantenac (v.) es el viejo y austero noble francés que siente profundamente y sostiene todas las responsabilidades de una antigua clase dirigente; Cimourdain (v.), el representan­te de un pueblo que quiere elevarse a la propia dignidad de vida, animado por el ideal y rígido estoicismo de los delegados de la Convención; Gauvain (v.), sobrino del primero e hijo adoptivo del segundo, es el noble pasado a la causa popular, per­sonificación de un generoso esfuerzo de renovación.

Entre ellos existe una inteli­gencia profunda y, sin embargo, impotente: su comprensión es imposible. La novela se desarrolla en amplios cuadros: el marqués de Lantenac, alma de la insurrección de la Vendée, se dirige en una corbeta inglesa a ocupar su puesto de batalla. Apenas lle­gado a bordo de la nave, ha demostrado su temple cuando, después de haber hecho condecorar a un jefe de batería que con riesgo de su vida consiguió sujetar un ca­ñón que se soltó por descuido suyo, ordena que sea condenado por el error cometido.

La lucha entre él y Cimourdain se des­arrolla implacable a través de los horrores de la revolución, hasta que Lantenac es vencido y está a punto de ser guillotinado. Consigue huir por un pasadizo secreto, pero, entretanto, uno de los suyos ha incendia­do la torre a cuyo alrededor se desarrolla la última lucha y tres niños están a punto de perecer bajo la mirada de su madre. Lantenac renuncia a la fuga para salvarlos y es detenido: «—Je t’arrête, dit Cimour­dain. — Je t’aprouve, dit Lantenac». La no­che que precede a su ejecución, Gauvain le obliga a huir, y Cimourdain, inflexible ante sus soldados que piden gracia para su capitán, condena a muerte al joven.

En el momento en que cae la hoja de la gui­llotina, Cimourdain se dispara un pisto­letazo. Así, a través de las aventuras de estos tres hombres, los sangrientos desas­tres de la revolución son elevados a una atmósfera ideal, en la que todos actúan rigurosamente según su conciencia; el mismo pueblo que, en un plano inferior, si­gue y soporta las consecuencias de la lucha, conserva su bondad instintiva, sin com­prender aquellos ideales, pero siempre pre­sente con su humanidad dolorida y gene­rosa.

Y aquella gente que vive de buena fe bajo la tragedia, parece ser protagonista de una aventura terrible y sin embargo magnífica, que la eleva y que, a través de tantas lágrimas y tanta sangre, la con­duce hacia una superior redención. Con más de setenta años, Víctor Hugo alcanzó aquí la forma más completa y pura de su concepción, completamente dedicada a ver en las expresiones supremas de la huma­nidad una energía expiadora y purificadora de un mal cósmico; y al prolongar hasta los últimos decenios del siglo formas e imágenes del romanticismo, parece dar a este movimiento un profundo significado ético que no se había revelado en su mo­mento de máximo esplendor. Y no im­porta que, precisamente por esta supervi­vencia de antiguas formas, la expresión del arte se nos aparezca rota de vez en cuando y deje ver la trama del estilo.

 U. Déttore

Me parece muy por encima de sus últi­mas novelas, pero los personajes hablan como actores. El don de crear seres huma­nos falta a este genio. Si lo hubiese tenido, Hugo hubiese superado a Shakespeare. (Flaubert)