[Anmerkungen übers Theater]. Publicadas sin nombre de autor, al cuidado de Goethe, en septiembre de 1774, un año después de que Herder y el mismo Goethe habían enunciado en los «Blätter für deutsche Art und Kunst» los principios de un arte nacional, estas Notas de Jakob M. Reinhold Lenz (1751-1792), que son la elaboración de una serie de conferencias dadas entre 1771 y1773 en la «Deutsche Gesellschaft» de Estrasburgo, fueron acogidas por los «Stürmer und Dränger» con unánime entusiasmo, como manifiesto y proclama del nuevo teatro, tal como ellos lo soñaban, libre de toda constricción de reglas, creación original y espontánea del genio germánico resucitado a nueva vida.
El ataque que Lessing había lanzado aún al amparo del «verdadero» Aristóteles contra el falso aristotelismo dramático de los franceses y de sus imitadores, se transforma aquí en un asalto arrollador, que no perdona al mismo maestro ni a los cánones fundamentales de su Poética (v.); del esfuerzo de conciliar la estética clásica de la imitación con la prerromántica de la intuición, nace la exigencia de una forma totalmente espiritual de «mimesis», gracias a la cual el poeta toma una posición «suya» frente al mundo y representa al objeto tal como lo ve y lo penetra con los ojos de su alma, en su realidad efectiva y esencial, con plena adecuación a su más íntima vida.
En efecto, las teorías dramáticas de Lenz se basan esencialmente en el principio de libertad. Mientras en la interpretación que Herder nos da del drama shakespeariano aún se oculta un resto determinista, mientras Goethe, en, su Discurso para la onomástica de Shakespeare (1771), nos habla de la «pretendida libertad» del hombre, Lenz reconoce, en cambio, en el drama nuevo, tal como ha brotado de la visión cristiana de la vida, la celebración de la reconquistada libertad moral. Esclavos de un inescrutable destino, los hombres antiguos no podían considerar la vida más que como una necesaria cadena de acontecimientos, por lo que también el drama fue tomando la forma de una aventura escénica en la que, conforme a la definición aristotélica, el elemento más importante es la acción y no el carácter.
En el drama moderno, en cambio, tal como se ha desarrollado en los pueblos cristianos, todo el interés está dirigido hacia el hombre, que es el libre artífice de la propia vida y del propio destino, por lo cual la acción está subordinada, necesariamente, al carácter. De aquí, en las Anmerkungen, el violento ataque contra la tragedia francesa, que Lenz juzga superficial, retórica, desprovista de contenido humano y sustancialmente antirreligiosa. Pero no es la servil obediencia a los cánones aristotélicos lo que le molesta en la obra de los franceses, sino más bien la visión angosta, la falta de sentido histórico, la uniformidad del desarrollo basado en el choque de opuestas pasiones, que son siempre las mismas, y, refiriéndose de una manera particular a Voltaire, el espíritu negativo y el lenguaje blasfemo.
La emoción que despierta en nosotros el acontecimiento trágico se resume, según Lenz, en una sola palabra: «Schauer», religioso temblor, como delante de un misterio. El drama es concebido por él como el sagrado rito de una evocación heroica, por el que los grandes muertos del pasado vuelven a nosotros después de un silencio de siglos, para revivir en una luz de gloria, en «verklärter Schöne», sus hazañas y su pasión. Y es precisamente en esta correspondencia de amorosos sentimientos entre los muertos y los vivos, en el vínculo de «cordial afecto» que nos une a los héroes resucitados, que Lenz ve la esencial lírica de la tragedia.
La historia, por lo tanto, y no ya el mito o la fábula antigua, será la musa de los nuevos poetas, así como fue ella la que inspiró a Shakespeare sus obras más importantes. En ella el poeta, liberado finalmente de todo límite de espacio y de tiempo, y ya ni siquiera trabado por la unidad de acción, con el único propósito de representar con alucinante ilusión de realidad la jornada terrena de unas grandes almas tanto en sus victorias como en sus derrotas, encontrará una variedad infinita de argumentos, de motivos y de caracteres humanos.
Tal es, a grandes rasgos, el programa que Lenz proponía a sus contemporáneos para la restauración del teatro, programa que sufre de discontinuidad y desigualdades en la desordenada exposición, y que también tiene, indudablemente, como ha puesto de manifiesto la crítica, muchos puntos de contacto con las ideas dramáticas de Lessing, de Gerstenberg y de Herder, pero que representa, con todo, por su inspiración religiosa, una síntesis nueva y original. Exaltando el Goetz de Berlichingen (v.) como expresión de un titanismo cristiano y exhortando al drama alemán a volver a sus orígenes, Lenz prepara el camino a la renovación schilleriana y romántica.
C. Grünanger

