Navagero o Diálogo de la Poética, Girolamo Fracastoro

[Naugerius sive de poética dialogus]. Tra­tado dialogado de Girolamo Fracastoro (1483-1553), dirigido a su amigo, el poeta Andrea Navagero. Publicado con los demás diálogos filosóficos en 1555, fue en realidad compuesto antes del De Intelectione y del De anima.

Aunque derivado de la Poética (v.) de Aristóteles, de la que en cierto sen­tido hace suya la conocida definición del arte como imitación, la sobrepasa al dar a la poesía, como su objeto específico, la idea en su simplicidad, revestida de sus be­llezas («simplex idea pulchritudinibus vestita»). En la bella introducción, Fracastoro comienza exaltando al hombre que, a tra­vés de la Filosofía y de la Poesía, expresa verdaderamente algo de divino.

Pero la poesía, que abarca todas las materias («omnis materia poetae convenit»), que en to­dos los campos recoge un valor absoluto, elevándose sobre las particularidades de los hechos, a sus ojos de poeta le parece su­perior a la propia filosofía. No es, pues, una locura, como piensan algunos, sino una ins­piración divina, gracias a la cual los poe­tas, llamados justamente hijos de los dioses, pueden remontarse y penetrar en todos los campos del espíritu, llegando siempre a aquello que en nosotros hay de divino. Pa­sando a dilucidar la naturaleza de la poe­sía, Fracastoro declara referirse no sólo a cuanto ha leído, sino también a cuanto ha experimentado y a lo que siempre ha creído.

El fin de la poesía no es el goce, porque los poetas en las vigilias nocturnas y en las labores de cada día se fatigan y atormentan, alejados del mundo. El fin de la poesía no es tampoco la utilidad de los demás, porque aunque puede enseñar astro­nomía o agricultura, no es poesía por este contenido, que tiene en común con las de­más ciencias particulares. Mejor ha defi­nido la poesía quien le ha asignado como fin la imitación; pero conviene notar, en primer término, que la imitación poética no tiene un objeto propio y específico, por cuanto todo puede ser materia de poesía. La peculiaridad del poeta habrá, pues, que buscarla fuera del objeto al cual se refiere.

Según Fracastoro, esta peculiaridad consiste en el «modus», es decir, en la expresión de aquel contenido, por lo demás indife­rente, en la actitud del poeta ante la com­posición artística. Este «modus» ha sido traducido por «estilo»; pero Fracastoro sien­te la necesidad de precisar más esta forma poética «en todo diferente de lo demás», y que parece penetrar en el propio conte­nido, transformándolo en cierto modo. Pon- tano en el Accio (v.) buscó lo específico de la forma poética en la capacidad de despertar admiración. Pero Fracastoro en­cuentra que el historiador, y sobre todo el retórico, son también capaces de despertar admiración. Y aquí viene en su ayuda la distinción aristotélica entre el arte y la his­toria.

La historia se detiene en un hecho determinado, la filosofía busca el concepto universal; la poesía, en cambio, se aferra a lo verosímil. Fracastoro interpreta y acla­ra la posición aristotélica, reconduciéndola a las fuentes de la inspiración platónica, tal como había ido aclarándose en el Renaci­miento a través de las teorías neoplatonizantes de la belleza y del amor. La poesía, observa, llega a darnos, no la cosa con sus particularidades, sino algo ideal; pero no el abstracto universal, sino la idea vestida de toda su belleza («simplex idea pulchri­tudinibus vestita, libera et in universum pulchra»).

Y no se reduce la poesía a retó­rica a través de la teoría del «modus», sino que la verdadera oratoria se reduce a poe­sía, porque la única expresión adecuada para hacer particular la materia es, precisa­mente, aquella que, además de las particularidades que aristotélicamente hablando caracterizan las diferentes ciencias, infun­de, en la materia de por sí indiferente, la luz de una idea que brilla por sus bellezas, es decir, no empobrecida en la universali­dad lógica de un concepto filosófico, sino viva, concreta con aquella concreción vi­sible que Platón había cantado tan espléndidamente. Por este equilibrio mesurado entre la inspiración platónica del primer Renacimiento y la influencia aristotélica del siglo XVI, la obra de Fracastoro aparece a los críticos más recientes, comenzando por Croce, como una de las expresiones más típicas y completas de la estética del Re­nacimiento en general.

E. Garin