Tragedia en tres actos sobre un tema de la «Odisea» [Nausica. Tragèdia en tres actes sobre un tema de l’«Odissea»]. Obra teatral en tres actos y en verso del gran poeta y escritor catalán Joan Maragall i Gorina (1860-1911), terminada de escribir el día 3 de agosto de 1910 y publicada en 1913. Fue incluida en el volumen XXII (aparecido en 1936) de la edición de las Obres completes, publicada en Barcelona, con un extenso prólogo del poeta Caries Riba que constituye a la vez un profundo análisis de la obra de Maragall y un estudio crítico de sus relaciones con el poema homérico y con Goethe.
El autor sintetiza dramáticamente y en el breve espacio de unas horas, la acción que en la Odisea (v.) ocupa los cantos VI-XIII, prescindiendo o, mejor dicho, evocando sólo brevemente las aventuras de Ulises que en el poema homérico son objeto de larga descripción, y centrándose en las dos figuras de Ulises y Nausica. Maragall afirma en el «proemio» que debe la idea «al mayor poeta de alemania», esto es, a Goethe, quien, como es sabido, con ocasión de su viaje a Sicilia, concibió la idea de una tragedia sobre Nausica de la que quedan unos 150 versos, un esbozo y un esquema. Maragall se sintió atraído también por la gracia y el encanto de la doncella homérica, a quien Goethe encontraba superior a las demás heroínas de la Antigüedad clásica. Homero y Goethe constituyen las dos fuentes directas del drama.
El primero le proporciona el tema a través de la traducción italiana de Pindemonte; el segundo — como precisa Riba—, la interpretación psicológica. El episodio homérico de Ulises y Nausica, exento de dramatismo (después del encuentro Nausica se limita, en el canto VIII, a desearle salud y que se acuerde de ella), es concebido trágicamente por Maragall — aunque no tanto como en la idea de Goethe, que llevaba a la protagonista al suicidio —. Nausica es el punto de confluencia de dos influjos decisivos en la obra de Maragall: la Antigüedad clásica y el Romanticismo alemán; influjos decisivos no sólo para Maragall, sino también para toda la literatura catalana posterior. Esta Nausica dulce y apasionada, enamorada del héroe que súbitamente encarna sus ensueños, es, en toda su configuración psicológica, un personaje típicamente romántico.
A Maragall el ambiente y teatro de la acción se lo sugirió — como a Goethe, Sicilia — el luminoso paisaje de la costa catalana. Con todos estos elementos intenta el poeta «hacer nuevo para él lo viejo», interpretar el mito. El contenido de la acción es como sigue: Nausica aparece jugando con sus doncellas lejos de la ciudad, donde ha ido a lavar ropa. En un aparte, comentan éstas su hermosura y las particularidades de su temperamento soñador. Cuenta ella a Dimántia el sueño de la noche anterior de ir a lavar sus ropas porque quizá se aproxime el tiempo de su boda, sueño que la mantiene en ansiedad y expectación. Dimántia le contesta: «Potser no ho saps, I els déus ja te l’acosten» [«Acaso tú lo ignoras, y los dioses ya te lo están acercando»]. Estas palabras avivan aún más la imaginación de la doncella, y se da toda al ensueño de este amante que los dioses le han de otorgar.
Llegan las sirvientas huyendo de un hombre que ha surgido de entre la maleza. Al aparecer Ulises, Nausica permanece sola ante él, porque sólo ella — como advierte Riba — tiene la «intuición del héroe». Éste le pide ayuda a la vez que ensalza ‘ su hermosura e intenta despertar sus sentimientos narrándole sus desventuras y el naufragio de la noche anterior. Por su forma de hablar, Nausica se da cuenta de que se trata de un hombre extraordinario. Su sueño juvenil se crece, y, mientras Ulises se baña y se viste, evoca ella un destino heroico, semejante al de Elena, sugerido por la presencia de aquel hombre.
Ulises, por su parte, intuye también todo el valor espiritual de la extraordinaria criatura, que lo salva sólo por su piedad: «… Tu no esperes / de mi ni aquella força poderosa / del braç reial, ni ma famosa astúcia / ni els délits de Famor, que tot ho ignores» [«… Tú no esperas / de mí ni aquella fuerza poderosa / de mi brazo real, ni mi famosa astucia, / ni los deleites de amor, pues lo ignoras todo»]; y a la vez siente que «algo muda en su destino». Nausica le da las instrucciones para presentarse a sus padres. El sueño de la doncella se ha verificado, sustituyendo el sueño a la realidad o ésta a aquél (acto I). Los nobles feacios con su rey Alcínous están discutiendo a qué dios ofrendarán la última libación, si a Poseidón o a Hermes.
Entra la reina anunciando la presencia del forastero en el palacio. Los reyes y los nobles feacios acogen a Ulises, respetando su deseo de ocultar el nombre. Para agasajarle hacen comparecer a Daimó, el rapsoda ciego, quien canta hazañas de la guerra de Troya en las que aparece Ulises. Ante la turbación del héroe, el rey manda parar el canto. Solo con los reyes y la princesa, Ulises cede a la insistencia de ésta («Tu pots més que els déus i els ho- mes…» [«Tú puedes más que los dioses y los hombres…»]), y declara su nombre. La excitación de Nausica sube a puntos extremos e incita al héroe a que cuente sus hazañas.
Pero Ulises tiene que regresar a su patria, volver junto a su esposa. El sueño de Nausica, vuelto realidad, es irrealizable, en este mismo orden de lo real (acto II). Llega el momento de la partida de Ulises. La gente se agrupa en la playa. Comentarios de marineros y gente del pueblo sobre el huésped y sobre su viaje. Nausica encuentra a Daimó y le revela el nombre del huésped. Ante su desazón por la partida de éste, Daimó contesta a la princesa: «Serveu la visió gran del pas de l’héroe / davant deis vostres ulls: tota la vostra / vida en será il-luminada; … sempre tindreu a dintre el cor la dolga / memoria gran d’aquest moment i hora / en qué heu aimat a un héroe en puresa» [«Conservad la gran visión del paso del héroe / ante vuestros ojos: toda vuestra / vida quedará iluminada por ello; … conservaréis siempre dentro del corazón la dulce / gran memoria de este momento y hora / en que habéis amado a un héroe en pureza»].
Ulises se despide de Alcínous y de su esposa, y emocionadamente lo hace también de Nausica, quien le desea que su patria le «acoja feliz» y que la recuerde cuando esté en ella con «paz y amor». Finaliza la obra al empezar Daimó, como una evocación, un canto muy parecido a los versos iniciales de la Odisea (acto III). La solución del conflicto espiritual de Nausica está en la conversión del héroe y del episodio de su encuentro en recuerdo. Así consigue el más puro cumplimiento de su sueño, su posesión en el reino de la poesía. Por ello es precisamente Daimó, el poeta, quien la salva. Para Nausica todo retorna otra vez al plano ideal, al sueño, pero enriquecido con una experiencia.
Ulises, espectador de su propio destino, con sus andanzas y desventuras, con su acción que trasciende a los dioses, que se pelean por él, y cuyos odios (como el de Ayax) viven más allá de la tumba, tiene algo de nietzschiano: «Mon astre és que sóc home / extremat en el bé i el mal» [«Mi astro es que soy hombre / extremado en el bien y el mal»]. Y tras tantas experiencias — como se afirma admirablemente en el prólogo — ahora conoce también la de encarnar «un juvenil sueño de amor», y, porque realmente lo encarna, hace posible su propio regreso. Nausica pasa, pues, a representar el poder redentor de la poesía, a convertirse en símbolo de la salvación personal, y, en último término, de la gracia. Riba, en su poesía, ha glosado también el mito en este sentido. Maragall se mantiene fiel al relato homérico.
Aparte de reducir el tiempo de la acción y abreviar la narración de las aventuras de Ulises, y, naturalmente, de la interpretación psicológica, sólo difiere dela epopeya en algún pequeño detalle: en Maragall, Ulises revela su nombre a ruegos de Nausica, cuando en la Odisea lo hace a petición de Alcínous; el rapsoda Demódoco se llama aquí Daimó; el último viaje, en Nausica, Ulises lo hace despierto y gobernando la nave que ha de conducirle a su patria. Al igual que en la versión denlos Himnes homérics [Himnos homéricos], Maragall, que no conocía el griego y trabajaba sobre traducciones, consigue crear admirablemente el ambiente y el mundo helénicos. Como su protagonista, tuvo él — gran intuitivo — la intuición de la grandeza homérica.
A. Comas
Así situada, la tragedia de Nausica trasciende su primitivo valor de experimento poético. Se halla en la inminencia de la clausura de un gran ciclo vital; está, como el proyecto goethiano que la sugirió, concebida en la exaltación de un viaje, pero un viaje no en el espacio y el tiempo exteriores, sino completamente en las dimensiones profundas del ser metafísico. Si remontaba a Homero, era como Herder y como Goethe: no racionalístic ámente en búsqueda de unas normas de arte, sino hacia la captura de una energía poética original. (Carles Riba)

