[The Nature of Existence]. Obra de John McTaggart (1866-1925), uno de los primeros metafísicos ingleses, en dos volúmenes, el primero publicado en Cambridge en 1921; el segundo, póstumo, publicado por C. D. Broad en 1927.
A McTaggart no puede llamársele hegeliano, aunque se haya formado en el estudio de Hegel y considere su propio método como derivado del hegeliano con variaciones; éstas son tantas y tan profundas, que de Hegel queda sólo la complejidad teorética, la idea general de un devenir, la derivación rígida de un elemento metafísico de otro; pero ha desaparecido el proceso dialéctico.
La concepción de la Idea, que por grados sucesivos alcanza la concreción plena, queda, en cierto modo, invertida: se parte del existir concreto, del que con método rígidamente deductivo se desprenden las características fundamentales y generales de la existencia, para pasar después (en el volumen II) a aplicar estos resultados a la solución de cuestiones «empíricas», esto es, cuestiones que no contienen toda la realidad, en todas sus formas; que no son ni «metafísicas», ni «ontológicas».
El principio usado por McTaggart (en lugar del principio dialéctico de Hegel) para pasar a lo concreto es altamente abstracto y recuerda los expedientes de la lógica matemática. La divisibilidad infinita de cada substancia plantea un problema. Como las substancias existen, debe ser posible describirlas suficientemente, dado que también para McTaggart, como para Hegel, todo lo que es real, es racional. Pero, ¿cómo es posible describir suficientemente una entidad divisible y subdivisible hasta el infinito, que contiene partes del infinito, pero que no implica su definición? La substancia sería contradictoria, por tanto no podría existir, si no existiera la «correspondencia determinante».
Tomemos una serie de partes de una substancia considerada como un todo. Si una de estas partes es subdivisible en tantas’ partes secundarias que correspondan una por una a las partes de la substancia, y si estas partes secundarias pueden definirse de modo que en la definición esté también comprendida su relación biunívoca con las partes primarias de la substancia; esta definición determina las partes primarias de la substancia, que puede así describirse cumplidamente. Las subdivisiones ulteriores de las partes secundarias vendrán determinadas por la propia correspondencia determinante de las partes secundarias con la serie de las partes primarias, y así hasta el infinito; y de este modo, la infinita subdivisibilidad de la substancia no es obstáculo para una descripción suficiente de la misma.
Podremos decir que es substancia, es decir, un todo primitivo, aquel ente que pueda describirse por correspondencia determinante de las partes secundarias de una parte primaria suya con todas sus partes primarias, sin necesidad de buscar la correspondencia determinante con las partes de entes diferentes, como es necesario hacer para describir la parte de una substancia. McTaggart empieza con la importantísima discusión de las relaciones entre «realidad» y «existencia», esto es, entre el ser y el existir. Asegura que la existencia abraza la totalidad del campo de lo real, es decir, que sobre lo existente no existe la posibilidad de inexpresividad de la existencia, y procede a estudiar ésta con método rígidamente deductivo, partiendo de la existencia en su aspecto más general.
La substancia no es única, la diferencia de cualidad implica la existencia de muchas substancias diversas; y aquí McTaggart enlaza directamente con Leibniz. Pero, en esta diversidad, existen analogías que constituyen «grupos» de substancias. Estos grupos pueden ser más o menos extensos, pero son en número ilimitado porque un determinado grupo, con otros miembros, constituye otro grupo («grupos de repetición»). Por tanto, todos los grupos en conjunto no pueden constituir el universo existente, porque cada grupo puede ser parte de otro grupo de repetición, y el universo no puede ser parte, ya que es la totalidad; el universo es por tanto un ente total, único: una substancia, y las innumerables substancias existentes son partes del mismo. Entre estas partes debe existir una correspondencia determinante de parte a parte de las partes: esta dependencia es la causalidad.
De este modo llega McTaggart a la conclusión de que la causalidad es esencial para la existencia. Pero nótese que no se trata de la causalidad comúnmente entendida, como producción de un subsiguiente por un antecedente, pues pasando a la segunda parte, a la existencia empírica, McTaggart niega sin más la realidad del tiempo. Las deducciones ulteriores sobre la existencia empírica (materia y espacio, yo y pensamiento, el error, Dios y la inmortalidad) se desenvuelven siguiendo rigurosamente el método de la correspondencia determinante; no es posible exponer este desenvolvimiento sucintamente. Pero los elementos que llevamos expuestos bastarán para hacer comprender el aspecto general de esta originalísima obra.
M. M. Rossi

