De la Naturaleza, Agrigento

Poema filosófico de Empé­docles de Agrigento (483-423 a. de C.), co­nocido por fragmentos conservados por Sex­to Empírico, San Clemente de Alejandría, Plutarco, Simplicio y otros.

Después de la dedicatoria a su amigo Pausanias y de un oscuro prefacio, en el que el autor ruega a las Musas que comuniquen a los mortales las verdades que por ley eterna deben per­manecer ocultas, pasa a exponer una in­terpretación de los fenómenos naturales accesible a los mortales, por estar funda­da en el mundo de las sensaciones al que pertenecen todas las opiniones de los hom­bres: «Mira con toda tu fuerza las cosas por el lado que son patentes, no prestes ma­yor fe a la vista que al oído, ni al oído más que al testimonio del gusto, no niegues tampoco fe a ninguno de los otros órganos, porque cada uno de ellos es un camino del conocimiento, piensa en todas las cosas según el modo como se manifiestan».

El mundo está formado por una variada mez­colanza de los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, movidos por las fuerzas an­tagónicas de la Amistad y de la Discordia. La Amistad mezcla a todos los elementos en el Uno-Todo o Esfera, la Discordia obli­ga a todas las partículas a separarse del Todo y a unirse con las demás de su pro­pio elemento. Por eso, el nacimiento y la muerte son sólo aparentes. Igual ocurre con los mundos: nacen del Caos por la acción de la Discordia, subsisten gracias al equi­librio temporal de las dos fuerzas antagó­nicas.

Nacen y mueren en una vida pe­renne; cuando estén agotados todos los mundos posibles, reaparecerán de nuevo en el mismo orden en que ya aparecieron por vez primera. Empédocles traza asimismo una gnoseología rudimentaria: también en nosotros residen los cuatro elementos y las dos fuerzas, y conocemos lo semejante gra­cias a lo semejante: «Con la tierra cono­cemos la tierra, con el agua el agua, con el aire el divino aire, y con el fuego el fuego destructor, y con la Amistad la Amis­tad, con la luctuosa Discordia, la Discordia».

Esta grandiosa visión, escrita con estilo am­plio y fuerte, que desde muy antiguo fue comparado al «epos» homérico, es la pri­mera tentativa de construir una visión com­pleta del porvenir natural según princi­pios naturalistas; la figura y el pensa­miento de Empédocles, junto al de Demócrito, inspiraron a los grandes naturalistas del Renacimiento en los albores de la nue­va ciencia.

G. Preti