Narraciones, Heinrich von Kleist

[Erzdhlungen]. Con este título, Heinrich von Kleist (1777- 1811) publicó en 1810 el primero y en 1811 el segundo volumen de sus cuentos, ya publicados enteros o de un modo frag­mentario en revistas literarias. El primer volumen comprende su cuento más largo y más importante, Michael Kohlhaas (v.), La marquesa de O (v.), también muy famo­so, y «Terremoto en Chile»; en el segundo volumen se encuentran los más breves: «El noviazgo en Santo Domingo», «La mendiga de Locarno», «El expósito», «Santa Cecilia o el poder de la música», «El duelo».

El arte de Kleist no se parece ni a la tradi­ción clásica narrativa que va de Wieland a Goethe, ni al «pathos» retórico de las na­rraciones eticopsicológicas de Schiller, ni a la fantástica y divagante producción romántica contemporánea de Tieck y Brentano, sino que se forma más bien en la escuela de aquella «novella» que se per­feccionó en Italia (Boccaccio), en España (Cervantes), en Francia (Rabelais). El ar­gumento es un hecho extraordinario, a ve­ces grotesco o ridículo, a menudo terrible; el desarrollo es de una objetividad lógica, sin intenciones éticas o psicológicas, sino estrictamente épicas.

Una línea filosófica en esta producción de cuentos de Kleist es quizás una visión pesimista del mal, sin la fe schilleriana en una justicia ultraterrena; único elemento positivo es la fe en las individualidades interiores de los personajes, que se transforman en el curso del cuento como en la vida.

El «Terremoto en Chile» [«Das Erdbeben von Cbili»], titulada antes «Jerónimo und Josephe», narra un episo­dio del terremoto de 1647 en Santiago. Jo­sephe, hija de un patricio, y Jerónimo, ser­vidor suyo, se aman secretamente, hasta que, descubiertos, Jerónimo es enviado a la cárcel y Josephe a un convento.  Aquí ella da a luz a una criatura y es conde­nada a muerte. El terremoto libera de re­pente a los tres infelices, que se encuentran en un valle con una pareja de amigos, a cuyo hijo amamanta Josephe, ya que la madre está herida. Llenos de gratitud, asis­ten todos a un «Te Deum» en la única igle­sia que ha quedado intacta en la ciudad; pero aquí el predicador atribuye la causa del terremoto al sacrilegio de Josephe en el convento, y la multitud excitada, al re­conocer a la pareja culpable, se lanza con­tra ella; a pesar de la heroica defensa del amigo, la matan junto al niño de la pareja inocente, la cual se salva junto con el hijo de Jerónimo y Josephe, que tendrán como propio.

«El noviazgo en Santo Domingo» [«Die Verlobung in St. Domingo»] ocurre en el tiempo de la lucha entre blancos y negros en América. Gustavo, prófugo sui­zo, pide socorro en una cabaña de negros; Toni, la hija de un francés y de una mes­tiza, que vive con un jefe negro, se ena­mora de él y trata de salvarle con su as­tucia de las intenciones de los negros que quisieran matarle. Él no comprende, y cre­yéndose traicionado por ella, la mata y cuándo llega a conocer la verdad, se mata a su vez. El cuento, maravilloso por su con­cisión, fue dramatizado por Korner en Toni, obra mediocre, de feliz final, en que falta por completo la sutil evolución psicológica producida por el amor en el alma de la muchacha.

«La mendiga de Locarno» [«Das Bettelweib von Locarno»] es una anécdota macabra; un marqués, en un momento de crueldad, echa a una vieja mendiga enfer­ma, que por ello fallece. Su espectro le persigue y él, para liberarse, vanamente trata de vender su castillo, hasta que, en un momento de terror, derribando una vela encendida, provoca un incendio que lo des­truye.

«El expósito» [«Der Findling»] es quizás uno de los primeros cuentos com­puestos por Kleist, y se resiente de su ju­ventud. Representa el paroxismo de la ven­ganza más allá de la muerte: un expósito ingrato y delincuente viola a la mujer de su padre adoptivo y roba a éste; el padre, un comerciante romano, se venga matán­dole y, condenado a muerte; rehúsa la absolución para poder encontrar de nuevo al objeto de su venganza en el infierno y seguir así persiguiéndole. El elemento es­pectral, crudamente horroroso, de ciertas escenas nocturnas recuerda mucho a Hoffmann.

«Santa Cecilia o el poder de la mú­sica» [«Die Heilige Cäcilie oder, die Gewalt der Musik»] es una leyenda en dos partes, narrada con dramática concisión, En la épo­ca de la herejía iconoclasta, cuatro herma­nos de los Países Bajos, al llegar a la católica Aquisgrán, incitan a sus correligionarios para que asalten y destruyan en el día del Corpus Christi la iglesia del con­vento de Santa Cecilia, famosa por sus ejecuciones de música sagrada. Pero en el «Gloria in excelsis» los cuatro hermanos caen de rodillas llorando y sus compañeros se alejan. Al cabo de seis años, la madre de los jóvenes llega a Aquisgrán en busca de sus hijos y los encuentra en un ma­nicomio, con locura religiosa. En el con­vento, además, le dicen que en aquel día del Corpus la hermana música había tenido que guardar cama, ya que estaba enferma; por tanto, debió ser Santa Cecilia quien había dirigido personalmente la Misa, sal­vando milagrosamente la iglesia del saqueo de los iconoclastas.

«El duelo» [«Der Zwei­kampft»] es el último cuento de Kleist y revela cierto cansancio. Sacado de las Cró­nicas (v.) de Froissard, del siglo XV, la acción es trasladada a Baden: el conde Jaime de la barba roja incurre en sospe­cha de haber matado a su hermano por cuestiones de herencia; como coartada, de­clara que ha pasado la noche en compañía de una virtuosa dama, Littegarde von Auerstein. No pudiendo probar su inocen­cia, la mujer es expulsada por sus herma­nos y acepta un juicio de Dios, propuesto por su noble adorador, el camarlengo Fe­derico de trota; pero en el duelo frente al emperador, el campeón de Littegarde es herido gravemente, mientras el otro sólo sufre un rasguño. La dama y su defensor son declarados culpables y condenados a la hoguera. Pero aquel rasguño produce una gangrena, mientras el camarlengo cura. A punto de morir, el verdadero culpable revela que estuvo en la noche del cri­men con la camarera de Littegarde, que, engañándole, se había hecho pasar por su ama, y que fue él quien mandó matar a su hermano por un sicario. El emperador reconoce entonces la inocencia de la pa­reja acusada y con grandes honores la acompaña él mismo desde la hoguera al castillo.

Los cuentos ocupan un lugar apar­te en la historia del arte narrativo alemán del siglo XIX; muchos, aun en tiempos re­cientes, han tratado en vano de llegar a su altura. En la fuerte densidad del estilo, el análisis del hecho humano alcanza a me­nudo una intensidad casi visionaria.

C. Baseggio-E. Rosenfeld