[Le monde de Descartes, ou Traite de la lumiére]. Tratado de Física mecánica de René Descartes (llamado también Cartesio, 1596-1650), publicado póstumamente en París en 1664.
El volumen se abre con la aplicación a nuestra sensación de luz del principio de la relatividad de nuestro conocimiento sensible a la vez que proporciona singulares ejemplos de las ilusiones de nuestros sentidos. Del calor y de la luz nos habla Descartes de modo exclusivo tan sólo en los capítulos II y XIV; en este último, titulado «Propiedades de la luz», al tratar del fenómeno de la reflexión y del de la refracción hace observaciones complementarias a las que le habían conducido a la conocida ley, por él formulada, sobre la relación del ángulo de incidencia con el de refracción (v. Dióptrica). Puesto que la luz se halla en los astros y en la llama, el autor estudia las propiedades de ésta que él reduce al movimiento de partículas; y hasta la diferencia entre cuerpos sólidos y líquidos la atribuye a la mayor o menor elasticidad y capacidad de separación de sus partículas constitutivas.
Los elementos constitutivos del mundo se reducen a fuego, aire, tierra. La parte central del tratado está ocupada por la construcción imaginaria de un mundo limitado material «en el que no hay nada que no sea perfectamente comprensible para todos». Toda la distinción entre las varias partes del mundo consiste en la diversidad de los movimientos que Dios les imprime «de tal modo, que desde el primer instante en que fueron creadas, unas continúan moviéndose a un lado, y otras a otro y… siguiendo las leyes ordinarias de la Naturaleza». Descartes supone (renovando en el fondo el atomismo griego) que «aunque Dios no introduzca en ellas ni orden ni proporción, sino el caos más confuso, estas leyes son suficientes para hacer que las partículas de aquel caos se separen de por sí, y se dispongan en buen orden, hasta tomar la forma de un mundo perfectísimo, en el que se encuentren no solamente la luz, sino todas las demás cosas, ya generales, ya particulares, que se manifiestan en ese verdadero mundo».
Mundo cartesiano, en que la extensión, o propiedad de ocupar el espacio, es «no una cualidad accidental, sino su verdadera forma y esencia», y su gran superioridad consiste en que nada se halla en él de lo cual no pueda tener el observador una idea clara y distinta. Examina, por lo tanto, las leyes de la «Naturaleza de este nuevo Mundo», y las reglas según las cuales se suceden los cambios que derivan de las cualidades que les atribuye. Éstas son: la fuerza de inercia y la de la conservación de la energía (presentada por Descartes analíticamente), las cuales hace derivar «sólo del hecho de que Dios es inmutable, y, obrando siempre del mismo modo, produce siempre los mismos efectos» y la tendencia de los cuerpos a moverse en línea recta, aunque su trayectoria sea curva, impulso también dependiente de la acción continuada de Dios.
Con estas tres únicas reglas y sus derivados, es posible dar la demostración «a priori» de todo lo nuevo que en este mundo cartesiano se puede producir, con tal que Dios no obre nunca en él milagros, y de que no altere, en alguna inteligencia espiritual, el curso ordinario de la Naturaleza. Con estos supuestos, Descartes comienza la descripción de la sucesiva cosmogonía: de la formación del Sol y de las estrellas; del origen y el curso de los planetas y de los cometas, en particular de la Tierra y de la Luna; estudia los fenómenos de la atracción universal, del flujo y reflujo del mar, de la luz y de sus propiedades; y muestra, como es consecuencia de éstas, que los habitantes del planeta por él puesto en lugar de la Tierra, ven el cielo bajo un aspecto totalmente parecido al nuestro. Obra fundamental para la concepción mecanicista de la naturaleza en la filosofía moderna: modelo mecánico más que — como en Demócrito y Epicuro — sistema filosófico.
G. Pioli

