[Donne ch’avete intelletto d’amore]. Canción de Dante Alighieri (1265- 1321), de la cual declara en su Vida Nueva (XVIII-XIX) la causa ocasional de la composición y el imprevisto prorrumpir del motivo poético del que brotó.
Es la exaltación, en Beatriz, de aquella belleza espiritual en la que resplandece el efecto de la primera causa, Dios, que es la bondad, la belleza y el Amor. Tres atributos divinos que analógicamente brillan en Beatriz (v.) y cantan su mérito y su gloria; perfección suprema, a la que no se puede menos que amar, pues toda alma propende hacia ella por virtud de su misma naturaleza (v. Divina Comedia).
Dante se dirige a las mujeres que saben qué es el amor y les habla de Beatriz, no para agotar sus alabanzas, sino para desahogar su alma. Sólo de pensar en lo que ella es en sí misma («su valor»), experimenta su corazón una dulzura tal que si pudiera expresarla haría enamorar a todo el mundo. No intentará tan ambicioso empeño, por temor a tener que abandonarlo, sino que, de un modo sencillo y fácil, como es conveniente a su auditorio, hablará del amor tal como lo siente y lo conoce en relación a su amada. Los ángeles se asombran ante Dios del misterio de un alma, cuya belleza resplandece hasta allá arriba; y los bienaventurados que la echan en falta en el cielo piden a Dios, por gracia, su presencia entre ellos.
Dios misericordioso se pone de parte de quien se halla en la tierra y, aludiendo a Beatriz, se complace en dejarla aquí abajo, donde Dante («alguien») teme perderla, y dirá, a los que viven desesperados y sin la luz de la gracia («en el infierno»), que ha visto al ser perfecto, esperanza de los bienaventurados. Y de tal perfección Dante habla en seguida, poniendo de manifiesto los efectos de la belleza de Beatriz. Cuando ella pasa por la calle, los que viven con los sentidos («almas villanas») se estremecen; sus turbios pensamientos desaparecen y, si pudieran detenerse a mirarla, se perfeccionaría o moriría en ellos el ser carnal; quienes se gozan en la belleza y reconocen la fuerza omnímoda en Beatriz, se sienten humildes y buenos. Cuantos le hablan, aman en ella la bondad, quieren el bien, y se salvan.
El amor que habla en Dante se pregunta cómo es posible que tanta pureza y tantas virtudes puedan albergarse en un ser mortal; y, contemplándola, reconoce en ella un efecto admirable de Dios creador. Su figura femenina es lo mejor que podía hacer la naturaleza; ella sirve de ejemplo para medir la belleza de las cosas. En sus ojos resplandece la luz de un alma que goza por su misma perfección, y que es amor para quien la mira, infundiendo la alegría en los corazones. En sus labios, que se abren al saludo, florece tal amor. El poeta despide su canción, hija de su alma enamorada, adornada con las alabanzas de Beatriz. Ella hablará tan sólo a personas «gentiles» que puedan conducirla a la presencia de aquel amor, que en Beatriz habla y por ella se revela. Por su contenido, esta composición lírica está emparentada con la experiencia amorosa de Guinizelli, que teoriza sobre la misma en la canción Al cor gentil ripara sempre amore.
En Dante marca el inicio de las «rimas nuevas», su «dolce stil novo» (Purg., XXIV, 48-62), expresión de aquel recto amor que, tendiendo hacia la belleza de las cosas como belleza divina participada, busca lo que deleita la inteligencia y regocija el corazón; un regocijo que hierve en el interior y se derrama por amor de la cosa contemplada. Líricamente, y con íntima emoción, la canción se desarrolla sobre una línea de movimiento sencillo y discursivo, sabiamente graduado en el tono y en el acento, acompañándose del sentimiento cristiano de que la belleza del ser humano es providencial; una divina llamada a salir de nosotros mismos, por una vida espiritual de bondad, de belleza y de amor.
M. Casella

