La Muerte y la Doncella, Franz Schubert

[Der Tod und das Mädchen]. Es uno de los más célebres lieder de Franz Schubert (1797- 1828), compuesto en 1817, con texto de Ma­fias Claudius. En cuanto a la forma, esta pequeña obra maestra es de lo más ele­mental y sencillo que se pueda concebir: la línea melódica se mueve lenta, llana, silábica, secundada rítmicamente por unos sencillos acordes del acompañamiento pianístico. Las indicaciones concernientes al colorido dinámico no son más que dos en toda la pieza: «piano» y «pianissimo». Pero con semejante pobreza de medios, Schubert alcanza una potencia de expresión maravi­llosa.

Una muchacha, enferma en su cama, suplica a la Muerte (que en alemán es palabra masculina y suena casi como «el Caballero de la muerte»), que se aleje, sintiendo ella compasión por su propia ju­ventud. Le responde una voz sobrenatural: «Dame la mano, oh tú, bella y gentil. Yo, amigo tuyo, no vengo para castigarte. Ten valor; no seré cruel. Ven a dormir dulce­mente en mis brazos». En tales palabras, aletea un eco secreto de amor y el matiz lírico, acercando amor a muerte, repite así uno de los motivos predilectos de los poetas románticos.

El lied tiene dos par­tes que corresponden a las palabras de los dos personajes; en la primera el tema fluc­tuaste de la melodía, adaptándose plástica­mente al discurso poético, responde al sen­tir angustiado de un fatigado afán. En la segunda, en cambio, todo rastro de pasión terrena se desvanece en una tranquilidad trascendente. El tono sombrío y solemne, la mágica sugestión, la absoluta evidencia ex­presiva de esta obra, a pesar de ser breví­sima, hacen de ella una de las mejores muestras de la liederística romántica.

El mismo título se da al Cuarteto en re menor, otra obra maestra de Schubert, compuesta en 1826, llena de vida poética y de con­trastes, original en su concepción hasta el punto de ser apreciada como el más directo anillo de unión entre Beethoven y Brahms; vigorosamente dramático el «allegro» ini­cial; extremadamente poético el segundo tiempo («andante con variaciones»), en el cual el primer violín divaga, lleno de fan­tasía, sobre el bello tema sacado del lied más arriba descrito. El último tiempo es un «presto» que tiene el empuje de una vertiginosa danza.

M. Bruní