A fines del siglo XV la producción musical de Josquin Després (llamado también Pratensis, o del Prato, o sencillamente Josquin, variante del nombre José o Joseph, 1450-1521) se difundió rápidamente por toda Europa.
Según autorizados testimonios (Ronsard, Zarlino, Glareano), fue considerado por sus contemporáneos como el «Príncipe de los músicos». En el siglo XVI aparecieron numerosas ediciones de los Motetes: la primera es la contenida en los Cien cantos de música armónica (v.) de Petrucci (Venecia, 1501-1505). Heredero de Dufay, de Obrecht, de Ockeghem (de quien parece ser que fue discípulo en París), Josquin asimila con singular facilidad la técnica que sus antecesores habían debido conquistar gradual y fatigosamente, e imprime a sus composiciones un carácter destacadísimo de naturalidad y espontaneidad, por lo que resulta todavía menos justificada para él que para los polifonistas que le precedieron, la fácil clasificación de sencillos «arquitectos» o «matemáticos» de la música. En sus obras, la ciencia del contrapunto está ciertamente llevada a un altísimo nivel, dando lugar muchas veces a composiciones cuya principal característica es el virtuosismo de la escritura; pero es bastante más importante observar en la producción de Josquin cómo supo superar el gusto por la técnica y servirse de ella como de un instrumento dócil y sensible al servicio de la invención creadora. En los Motetes de Josquin se revela, además de la perfección del contrapunto, un sentido armónico personalísimo a través del movimiento de las partes.
Desde este aspecto puede ser considerado como un auténtico precursor. Como muestra de habilidad contrapuntística puede citarse el motete «Qui habitat in adjutorio» a 24 voces, que fue parangonado con el de Ockeghem a 36 voces. Pero mientras Ockeghem había construido su motete sirviéndose exclusivamente de las palabras «Deo gratias», Josquin construyó el suyo sobre el texto completo, escribiendo un «canon» de seis partes sobre cada una de las cuatro voces. Aparte de dicho tipo de composición de carácter excepcional, los Motetes de Josquin a cuatro y seis voces, y a ocho divididas en dos coros, constituyeron más tarde el modelo del «motete» tal como fue practicado por los músicos del siglo XVI. Mientras un Dunstable, un Dufay, fueron comparados a miniaturistas, por su minuciosa escritura y el característico empleo de breves dibujos melódicos, el estilo de Josquin se revela completamente distinto: su melodía se despliega con amplitud y libertad; la variedad de sus aspectos está estrechamente ligada a la sensibilidad, a través de la cual el músico sabe unirla magistralmente al texto verbal.
L. Córtese

