La Montaña Mágica, Thomas Mann

[Der Zaubeberg]. Novela de Thomas Mann (1875-1955), publicada en 1924. Hans Castorps, un joven burgués (Mann vuelve de esta ma­nera, si no a un ambiente, como en los Buddenbrook, v., por lo menos a un héroe hanseático), va a visitar a su primo tísico, Joaquín, que está curándose en un sanato­rio de Davos. Pero en aquella atmósfera embrujada, Castorps se siente o se recono­ce también él enfermo del pecho, y per­manece allí siete años, hasta que el esta­llido de la guerra de 1914 lo despierta de su sueño y lo conduce a los campos de batalla. Podemos ver en esta novela seis motivos distintos. Ante todo, en la masa de sus descripciones hay la técnica natura­lista, con su atención y su gusto por los ambientes patológicos: Thomas Mann se detiene morosamente a describir decaden­cias y especialmente agonías, como había hecho en los Buddenbrook, pero en un medio aún más específicamente morboso.

En segundo lugar, hay una sociedad euro­pea (ya que en esos sanatorios se en­cuentran gentes de todos los países), que, 2.000 metros por encima de las divisiones de. las llanuras, constituye una especie de núcleo de una sociedad futura o muy pri­mitiva. En tercer lugar, se trata especial­mente de un individuo, del héroe Castorps; es el alemán medio, pero en cuanto se es­tablece en la montaña, con sus ocios infi­nitos, se siente transportado de la vida febril y superficial de nuestro tiempo al siglo XVIII, y empieza a ocuparse de su cultura y de su formación, como Wilhelm Meister (v.). Por este lado la novela entra en la gran serie tradicional del «Bildungsroman» (novela de la formación del alma). Castorps pasa sus años de aprendizaje, lee, escucha, observa; hay aquí, por parte del autor, la intención de hacer la suma del saber moderno, que va de la meteorología al psicoanálisis. Mann no lo consigue; tie­ne indudablemente una curiosidad universal, pero la satisface no, como Goethe, con un verdadero saber en todos los campos, sino más bien tomando notas de carácter informativo genérico, soportables tan sólo por la elegancia de su presentación. Pero (cuarto motivo) la novela se levanta y co­bra aliento con la aparición de dos intelec­tuales puros, Settembrini, retórico de las ideas de la revolución de 1789 y del ra­cionalismo liberal e individualista del si­glo XIX, y Naphta, el abogado de la parte instintiva y primitiva del hombre, que tien­de hacia las formas de vida comunistas.  Castorps asiste a sus discusiones y escucha a los dos sin decidirse.

El defecto de esta parte de la obra es que los dos interlocu­tores no pasan de ser unos abstractos por­tavoces del autor, sin llegar a ser nunca unos seres vivientes. No es que carezcan de contornos exteriores; tanto Settembrini como Naphta están perfectamente indivi­dualizados, mientras no discuten. Pero en la disputa su personalidad queda absorbida por el proceso lógico de las ideas, y desaparece. La belleza de esta parte consiste en reflejar, con una libertad superior, ju­gando con la dialéctica del «sic et non», exactamente la alemania de aquel momen­to, vacilante a la sazón entre las dos ideo­logías contrarias. Diríase que nos encon­tramos ante una nueva forma de novela: la novela de aventuras ideológicas. Pero, naturalmente, una gran nación no puede permanecer largo rato en esta situación de escepticismo y dudosa ironía, que al final se transformaría en un peligro. El quinto^ motivo viene dado por un episodio de amor, entre Castorps y Madame Chauchat, una huésped del sanatorio, descrita con la li­gereza de tonos velados y delicados propia de Thomas Mann, que no es capaz nunca de grandes pasiones, pero que sabe hacer de este defecto una cualidad. Finalmente hay una novela del tiempo, en cierta mane­ra relacionada con En busca del tiempo perdido (v.) de Proust. Para Castorps y los que le rodean, el tiempo posee un ritmo distinto del que tiene para la gente de las llanuras.

Hay por lo tanto una relatividad, una singular elasticidad del tiempo; y si tantas otras obras juegan ingenuamente con su esencia, acortándolo o alargándolo según sus necesidades, aquí se convierte en el rector y, en cierto modo, el prota­gonista, del que todas las aventuras de la novela no son más que narraciones. Así esta montaña encantada y encantadora es el receptáculo de una infinidad de cosas. Seguramente conservará valor como docu­mento de una Europa suspendida entre la decadencia de fines del siglo XIX y los comienzos del XX. Artísticamente, hay es­cenas de gran humorista en el continuo vaivén entre la vida y la muerte, y una figura muy bien lograda, de una grandeza grotesca y magnífica, la del holandés Mynherr Pepperkorn; así, mientras el delicado Castorps resucita lentamente a una vida fina y tenaz, nos pone frente a él otra, ar­diente y dionisíaca, que se devora a sí misma en su exuberancia. Madame Chau­chat huye de los brazos de Pepperkorn a los de Castorps, cuya vida uniforme es in­dudablemente la que Thomas Mann ha que­rido exaltar y proponer como la más se­gura. [Trad. de Mario Verdaguer (Barce­lona, 1934), varias veces reimpresa].

F. Lion