[Kriegserinnerungen, 1914-1918]. Obra de Erich Ludendorff (1865-1937), publicada en 1920. El general Ludendorff fue el más notable entre los dirigentes alemanes durante la conflagración europea.
Aunque desde otoño de 1916 el jefe del Estado Mayor fuese el anciano mariscal Hindenburg, quien de hecho elaboró los planes y dirigió las operaciones fue Ludendorff, su principal colaborador. Se había distinguido ya durante las primeras semanas de guerra como comandante de regimiento y luego de brigada, en el frente belga; el 22 de agosto de 1914 era nombrado jefe de Estado Mayor en el frente oriental y desde entonces empezó su actividad directiva al lado de Hindenburg. Tannenberg y los Lagos Masurianos son los nombres de las primeras batallas a las que ligó su nombre y los de las primeras grandes victorias alemanas sobre los rusos. Dos años más tarde Hindenburg y Ludendorff pasaban del mando del frente oriental al de todo el ejército alemán; en aquellos dos años, aunque no habían faltado grandes e importantes victorias (conquista de Servia, ocupación de Polonia, etcétera), también hubo que registrar fracasos y tentativas infructuosas, desde la primera batalla del Marne hasta los varios ataques contra Verdun.
Entretanto, la guerra se extendía cada vez más, con intervención de Italia y Rumania, con operaciones en Asia y África, y los problemas que planteaba se habían hecho cada vez más complejos y arduos. Fue entonces — en agosto de 1916 — cuando el emperador Guillermo decidió confiar la conducción de la guerra en todos los frentes a dos hombres que disfrutaban merecidamente del máximo prestigio en el ejército y también de la máxima popularidad en el país: Hindenburg y Ludendorff. Nombrado primer jefe del Cuartel General desde el 29 de agosto de 1916, Ludendorff conservó dicho cargo hasta el final de la guerra y siempre fue el brazo derecho de Hindenburg. «Le exponía brevemente — escribe Ludendorff — los planes procedentes, le sometía siempre proposiciones claras y concretas. Y siempre tuve el honor de ver recibidas mis ideas y aprobados mis proyectos». Y la victoria fue durante largo tiempo fiel a los ejércitos germánicos y a sus aliados austrohúngaros: derrota de Rumania; fracaso de la ofensiva Nivelle en Francia; retirada italiana del Isonzo al Piave; nuevos avances alemanes hacia París en la primavera de 1918.
Aunque dos nuevos hechos en el campo político habían de perjudicar irremediablemente la victoria: el primero el progresivo relajamiento de la monarquía austrohúngara y la incapacidad de su ejército de resarcirse de la derrota sufrida aquel junio en Piave; otro, la intervención americana, que permitió a los aliados desencadenar la contraofensiva en los últimos meses de la guerra. También en alemania, causas no militares —cansancio, errores políticos, disensión de los partidos, derrotismo — acabaron dominando y, según Ludendorff, fueron las que principalmente indujeron al gobierno a pedir la paz. En las semanas que precedieron al armisticio, Ludendorff fue exonerado del mando: fueron aquéllos — confiesa — «los instantes más amargos de mi vida». Su libro tiende, como es natural, a justificar la conducción de la guerra, en cuanto él tuvo parte predominante en ella, no sólo en las operaciones militares, sino también en las proposiciones que trató de hacer aceptar en el campo político; y se esfuerza, por otra parte, en atribuir a otros factores la responsabilidad de la derrota. Ciertamente el ejército alemán volvió a la patria con el honor intacto, con recuerdos gloriosos. Con todo derecho Ludendorff puede, pues, concluir: «Lo que nuestro pueblo hizo durante cuatro años de guerra fue grandioso. Un pueblo que realiza tales cosas, tiene derecho a la vida». El libro está escrito con una viveza de estilo casi agresiva. Pero el tono de auto exaltación resulta algo enojoso, pues parece como si todo lo bueno lo hiciese él — Ludendorff — y todo lo malo lo hicieran los demás.
G. Mira

