Son seis las composiciones de este género de Antón Bruckner (1824-1896). La primera en orden de fecha, Misa en do, es obra todavía juvenil (1842, aproximadamente), notable por su conjunto sonoro (formado de un «Alto concertato» en coral, dos trompas y órgano); con todo, aquí y allá, especialmente en el «Credo» y en el «Benedictus», hay momentos de empuje melódico y presentimientos del ulterior estilo del maestro. La segunda, Misa coral a cuatro voces para el Jueves Santo [Vierstimmige Choralmesse für Gründonnerstag], compuesta en 1844, señala ya un notable progreso.
Toda ella es para voces solas, excepto el «Gloria», conforme al rito católico de Jueves Santo, y muestra dominio y pureza de estilo en el uso del cuarteto vocal, conducido, en general, según el principio clásico de la imitación, pero denso en armonías modernas. La Missa solemnis en «si bemol menor», compuesta en 1854, está, en cambio, concebida para la plena sonoridad coral y orquestal, salvo algunos trozos compuestos «a capella» (esto es, para voces solas); algunas partes de ella, especialmente el «Kyrie», llevan ya el sello de la personalidad del autor en el colorido sombrío, meditativo y torturado (el tema inicial hace presentir el de la IX Sinfonía en re menor, v. Sinfonías); otras, en cambio, se resienten aún de los modelos clásicos y románticos (Haydn, Mozart, Schubert) o de un estilo polifónico un poco académico; y, en conjunto, las últimas partes («Sanctus», «Benedictus», «Agnus») son las más débiles.
La Misa en re (1864), también para solos, coro y gran orquesta, figura entre las obras más importantes de Bruckner: el tono meditativo y suspirante del comienzo se desarrolla después en una grandilocuencia dramática que recuerda las Sinfonías, pero sin la gravedad opresora y la sobrecargada elaboración de aquéllas, si bien aquí se puede notar también algo embrollado y enfático. Grandes sonoridades y riquezas armónicas, decididas afirmaciones de fe, como en el «Credo», no quitan que la inspiración predominante sea la dramática, que se aplaca a veces en fragmentos dulces y murmurantes. La parte más débil es el «Sanctus»; pero el tono general se vuelve a levantar en las sucesivas. Se notaron en ella presentimientos wagnerianos, por lo demás bastante comunes en aquel tiempo, y cuyo alcance no hay que exagerar. La Misa en mi menor (acabada en 1866) muestra de nuevo una gran singularidad en el empleo de procedimientos sonoros: coro a ocho voces, instrumentos de madera, con exclusión de las flautas y del metal. En la disposición vocal esta obra recuerda el estilo palestriniano; abunda la elaboración contrapuntística, la imitación y a veces la polifonía se amplía en fugados y en fugas; la armonía y la inspiración son, sin embargo, modernas, lejos del gusto arcaico de otros autores ochocentistas. La expresión es, en general, íntima y recogida y a veces también grandiosa y solemne. Con la gran Misa en fa menor (1867-68, revisada en 1890) se vuelve a las imponentes sonoridades vocales y orquestales. Su carácter, especialmente al comienzo, es más doloroso y trágico que en otras obras suyas (se ha notado que su fecha de composición coincide con un período muy triste de la vida del autor).
Tanto, más relevantes se nos muestran, por ello, los contrastes, las explosiones de júbilo del «Gloria» y del «Credo», o la apacible dulzura del «Sanctus», en fa mayor, y del «Benedictus», en la bemol mayor; el modo menor vuelve a predominar difundiendo en el «Agnus» un sentimiento de pesar. La obra termina con referencias a los motivos del «Kyrie», «Gloria» y «Credo». Es siempre rico el trabajo contrapuntístico vocal-orquestal, que culmina en la fuga que concluye el «Credo». Las armonías son complejas, densas, a veces hasta embrolladas. En conjunto, las Misas figuran entre las obras más inspiradas y elevadas de Bruckner; el lirismo anhelante y el ansia meditativa se expanden en ellas con mayor sobriedad y mesura que en las Sinfonías, si bien por todo el arte bruckneriano se difunde una sombra de opresión, algo no completamente liberado en armonía espiritual y formal.
F. Fano

