Mirra, Vittorio Alfieri

Tragedia de Vittorio Alfieri (1749- 1803). Ideada en 1784 y publicada en 1789, Mirra (dedicada por el poeta a su mujer, la condesa de Alhany) es la última gran página de poesía de Alfieri, distinta en muchos aspectos de sus demás tragedias.

El asunto fue sugerido por el relato que en las Metamorfosis (v.) de Ovidio se lee del amor de Mirra (v.) por su padre Ciniro; pero Alfieri hizo algo completamente nue­vo y personal. Mirra es una muchacha que, en el primer afecto que asume para ella apariencia de amor, descubre la impureza y la culpa, y no sabe liberarse de aquella culpa oponiendo a dicho amor otro amor, olvidando el sueño pecaminoso en la vida activa de cada día, sino que, aun sin con­sentir en nada y rechazándolo siempre ho­rrorizada, se siente como obsesionada has­ta que encuentra, no salvación, sino refugio en la muerte. Por eso su tragedia no es una tragedia de los sentidos sino del alma. Una tragedia que se desarrolla por entero en la intimidad de la protagonista, carente, en su debilidad de muchacha, de toda po­sibilidad de consuelo: sola como ningún otro personaje de Alfieri, porque a ninguno de cuantos le rodean puede pedirles ayuda para superar la insuperable prueba.

A su alrededor están los familiares, un mundillo idílico, del que se siente siempre alejada: su padre Ciniro, rey de Chipre; su madre, Cencreis; Pereo, su prometido; la nodriza, Euriclea, que sólo tienen para ella pala­bras de afecto, y todos se le aproximan para consolar su inexplicable y fatal tris­teza y a los que sólo puede oponer expli­caciones nuevas cada día, para ocultar su horrible secreto, para rehuir su afecto vi­gilante, La acción de la tragedia consiste precisamente en la vana defensa de Mirra, cuyo drama se agotaría en un solo grito de horror, si no se viese obligada por las insistencias de sus familiares a justificar de algún modo su tristeza, a tratar de com­placer sus deseos, y si en dichos esfuerzos no dejase aparecer, cada vez más clara­mente, la desolación de su alma hasta la terrible revelación a la que sólo puede seguir el suicidio. Desde el primer acto, en que los familiares hablan de la enfer­medad inexplicable que se ha apoderado de Mirra y se preguntan las razones, hasta los siguientes, en los que vemos a Mirra ante su nodriza, su novio, sus padres, dócil y rebelde al mismo tiempo, y seguimos los contrastantes movimientos del alma, hasta acabar consintiendo en sus bodas con Pe- reo, esperando de ellas la ansiada libera­ción, la tragedia, singularmente analítica y, sin embargo, nunca detenida, se desarro­lla con progresión fatal.

Encuentra su cul­minación en el cuarto acto, cuando, durante la ceremonia nupcial, Mirra inesperadamen­te se rebela e impreca contra las odiadas bodas y luego, a solas con su madre, pro­nuncia contra ella obscuras palabras de odio; y se resuelve en el último acto, cuan­do, por primera vez sola ante su padre, se ve obligada, después de una desesperada defensa, a dejarse arrancar el terrible se­creto, que revela con palabras en apariencia inocentes («Oh! madre mia felice!… almen conceso / A lei sará di moriré… al tuo fianco» [«¡Oh, madre feliz!… Por lo me­nos / le será concedido morir… a tu lado»]) y luego se arroja sobre la espada de él y se mata. Pero no es el suicidio heroico de otros personajes de Alfieri; abandonada por los padres horrorizados, Mirra muere con el lamento de que también su muerte será inútil e inútil su obstinada y heroica defensa, dirigiendo a su nodriza, incli­nada sobre ella con gesto de muda com­pasión, las últimas y desconsoladas palabras: «Quand’io… tel chiesi… / Darmi… allora… Euriclea, do ve vi il ferro… / lo moriva innocente… empia… ora… muoio» («Cuan­do… te lo pedí… / Tenías… entonces … que darme, Euriclea, el hierro… / Moría inocente… impía… ahora… muero»).

En el gesto compasivo de Euriclea y en la lamentación suprema de Mirra parece re­sumirse el espíritu de la tragedia, donde el pesimismo alfieriano se hace más profundo y más íntimo y al mismo tiempo más im­plícita la compasión del poeta por su cria­tura, su heroína más débil y desgraciada. Mirra, su última gran página, parece por ello terminar, con acentos delicadísimos y en parte nuevos, la obra poética del escritor; erróneamente se la quiso comparar, durante el siglo pasado (e hizo justicia de la com­paración De Sanctis), con Fedra (v.) de Racine, que nació de un temperamento es­piritual completamente distinto y que es la historia poética de una pasión culpable completamente desplegada en su infinita gama de efectos contrastantes.

M. Fubini

Una tragedia mímica en la que el gesto tiene más valor que la palabra. (De Sanctis)