Milesias, Arístides de Mileto

Fábulas grie­gas atribuidas a Arístides de Mileto (si­glos III-II a. de C.), de quien no se tienen noticias: las informaciones relativas a ellas son muy escasas y se ha perdido toda la colección. Gozaron de extraordinaria noto­riedad en todo el mundo helenístico y ro­mano: la trama amorosa y erótica, que re­flejaba en colores vivísimos las costumbres decadentes de la época, el sentimiento de romanticismo melancólico, propio del Asia Menor, que sólo veía como empresas de amor y pasiones violentas trastornaban y consumían en sus llamas a jovencitas be­llísimas y valientes doncellas; la atmósfera saturada de aventura y concupiscencia se adecuaba perfectamente con la vida de lujo de aquel mundo en disolución.

La di­fusión de aquellas fábulas fue tal que ofi­ciales y soldados romanos las llevaron con­sigo hasta la lejana Partía, donde fueron descubiertas entre los bagajes abandonados después de la infausta batalla de Carras: y su contenido era tal que hacía ruborizar al propio rey de los partos, como nos lo refiere Plutarco. Históricamente fueron el origen de la novela, entendida como gé­nero literario; literariamente, imprimieron su carácter e influyeron en la tradición elegiaca alejandrina, ya inclinada por na­turaleza al erotismo decadente, y, de modo indirecto, reviven todavía en algunas si­tuaciones escabrosas de los cuentos de Boc­caccio. Las Metamorfosis (v.) de Apuleyo y el Satiricón (v.) de Petronio nos conser­van, entre su fárrago, algunos ejemplos, como la narración de la «Matrona de Éfeso»; los romanos las conocieron o directa­mente en griego, o por la traducción de Sisena (II a. de C.), la cual, probablemen­te, más o menos refundida, corría en manos de los muchachos «que se reían a carca­jadas con ella en las escuelas» todavía en tiempos de San Jerónimo.

De un núcleo primitivo, sacado de tradiciones locales, por vía literaria se llegó a colorear con vivísimas tintas, aplicadas con finura de penetra­ción, situaciones tomadas de la vida coti­diana, de la cual, en sustancia se venía a ofrecer un modelo deformado y acaso ca­ricaturesco, pero vivo y fácilmente reco­nocible. Sin embargo, la gradación y la medida de esta elaboración deformadora se nos escapan, por haberse adaptado su­tilmente a los géneros literarios en los que estas novelas iban influyendo, por ejemplo la elegía o la novela, y hallamos matronas descaradas y adolescentes ingenuos, mucha­chas violadas y mujeres hábiles en la magia amorosa, piratas, esclavos, encubridores, amores incestuosos, padres y hermanos desnaturalizados, vírgenes desgraciadísimas, brujos y hechiceras, encantamientos, enga­ños : las situaciones más imprevistas ante las cuales no sabríamos juzgar si son ma­ligna fantasía o realidad vivida, expuestas con naturalidad ingenua, proyectadas so­bre un mundo alegre y feliz, cuyo humo­rismo nos obliga a reconocer en él a una civilización fértil y adelantada, que sabe complacerse, juzgar, sonreír bonachonamen­te y hasta aplaudir con sincero entusiasmo ante la representación grotesca y deforme de sí misma.

I. Cazzaniga