Los Milagros de la Santa Virgen, Gautier de Coincy

[Les miracles de la Sainte Vierge]. Obra del benedictino francés Gautier de Coincy (1177-1236), en donde aparecen ver­sificadas 75 de las más conocidas leyendas marianas. Gautier extrae su material de las numerosas colecciones de milagros y le­yendas medievales, que muchas veces se limita a traducir al pie de la letra; pero el mismo hecho de reducir una materia tan heterogénea a un título común pone de relieve una intención que no es solamente de edificación religiosa.

Gautier, en efecto, se separa de sus predecesores (Ugo Farsito, Hermán de Valenciennes, Gilberto de Nogent, Elinando, etc.) no solamente por la elaboración literaria que en el siglo XIII había concluido la fase formativa del gé­nero, sino también por un nuevo interés poético y un candor de emoción que en­cuentra en él una expresión más fuerte que en las colecciones de «ejemplos» medieva­les. En éstas, el milagro servía para amo­nestar al olvidadizo y para edificar al fiel; Gautier, en cambio, despoja la fe de todo símbolo racional y se entrega al milagro con el alma estupefacta de un verdadero juglar de la Virgen: y cuanto más porten­toso es el hecho, tanto más vigorosa es su fe. Ve en la Virgen como un mundo de misericordia y de piedad donde no hay pecado que no reciba su perdón; su inter­vención providencial llega siempre a des­enredar las situaciones más desesperadas para las almas que se extravían, como cuan­do toma el lugar de la monja que huye del convento (v. Sor Beatriz), o cuando resucita al niño muerto entre los brazos de la infanticida que está a punto de ser que­mada, etc.

Por este aspecto maravilloso y espectacular, el legendario de Gautier gozó de una gran popularidad y, además de ser imitado y traducido a todos los idiomas, llegó a convertirse en una de las más acre­ditadas fuentes del teatro religioso, ofre­ciendo motivos a numerosos «milagros» y «pasiones» medievales. Los 30.000 versos que componen la obra, en la monotonía del discurso narrativo y en la repetición me­cánica de las mismas situaciones, raramen­te alcanzan verdadera belleza lírica; pero quedan la encantadora delicadeza de la ins­piración del poeta y el asombro religioso que brota de su corazón.

C. Capasso