[Les bles mouvants]. Vigesimotercera colección de poemas de Émile Verhaeren (1855-1916), publicada en 1912 y reimpresa en 1913, y después, en 1924, en el tomo IV de las «Obras de Émile Verhaeren», con Pequeñas leyendas [Petites legendes] (1900) y Algunas canciones aldeanas [Quelques chansons de village]. Albert Mockel, en el excelente libro dedicado a su amigo (1933), califica las Mieses ondulantes de «Geórgicas», definición muy exacta; incluso también podría decirse que son sus «Bucólicas» atendiendo al extenso y exquisito poema que cierra el libro: «Tityre et Mcelibée».
Por otra parte, con estas páginas sonrientes y serenas, el poeta, habitualmente violento y visionario, se adentra de súbito por la ruta del clasicismo francés que iniciara Ronsard. Una suavidad idílica baña este conjunto de poemas de la feliz madurez de un flamenco trasplantado al país valón. Verhaeren evoca aquí los paisajes contemplados en Cailou-qui-Bique, cerca de Mons, en contraste con los horizontes más agrestes de sus versos de Todo Flandes (v.). Como se sabe, entre 1904 y 1911 aparecieron cinco álbumes de estampas líricas bajo los títulos Primeras ternuras [Les tendresses premières], la Guirnalda de las dunas [La guirlande des dunes], Los héroes [Les Héros], las Ciudades de las torres [Les villes à pignons] y Las Llanuras [Les plaines]. Este clima apacible imperaba en la existencia de Verhaeren desde hacía unos diez años y, según algunos, no es la menos admirable parte de su obra la producida bajo esta exaltación atemperada por su dicha familiar y por una naturaleza exenta de las fiebres y de los violentos apetitos que suscita el maquinismo.
El gran aliento de Cibeles da vida a estos versos siempre robustos, ricos de sustancia y de una sensualidad tierna y rústica. Se oyen murmurar las fuentes, el golpear de los mayales en las eras, el canto de los pájaros, el zumbido de los insectos y, sobre todo, las voces cansinas hablando en un lenguaje simple y directo que, gracias al genio del poeta, jamás cae en lo anecdótico ni en lo vulgar. Una magnífica salud caracteriza estos diálogos; uno de ellos, «Jean et Kato», recuerda la conmovedora grandeza de los idilios de Teócrito y de Chénier.

