Metamorfosis, Publio Ovidio Nasón

De gran interés artístico y literario son en cambio las Metamorfosis [Metamorphoseis] de Publio Ovidio Nasón (42 a. de C.- 19 d. de C.), poema épico latino en hexá­metros y en quince libros. La obra (una de las más significativas de la literatura clásica latina) comprende, en más de doce mil versos, la narración de doscientas cua­renta y seis fábulas metamórficas, dispues­tas cronológicamente, desde el Caos hasta la transformación en estrella de Julio Cé­sar, escogidas entre el riquísimo reperto­rio de la tradición griega y entre las fá­bulas itálicas.

La variedad de la composi­ción no permite siquiera una tentativa de resumen orgánico. En esta rica acumula­ción de fábulas y personajes adquieren re­lieve figuras expresivas y que con justo motivo se han hecho inmortales, sacadas de las páginas de escritores eruditos y reavi­vadas por un profundo «pathos» y un há­lito de vida contemporánea; es una rica serie de gradaciones psicológicas que se desenvuelve en una iridiscencia de almas (a la manera de Eurípides, especialmente las femeninas), a veces parecidas, aunque no iguales, a veces en contraste, pero se­mejantes en sentimentalidad, pasión, amor, locura, celos morbosos, delicadeza y criminosidad: la pequeña Tisbe, quien del amor inocente pasa a una descarada audacia, que la arrastra al drama, a pesar de la animo­sidad de sus padres; Anajarete (v.), la so­berbia, grave ejemplo para la aspereza de Pomona; Progne, terrible en su dignidad ofendida de esposa y ciudadana, que sacri­fica su hijo al amor fraterno, como Altea; Mirra (v.) y Biblis, que no conocieron los límites del amor loco; Salmacis, que seduce al puro Hermafrodito; Galatea (v.), coquetona que se burla del Cíclope (v.) por su Acis; Procris, celosa de Cèfalo; Niobe, terrible en su impía soberbia, y toda la serie de bellos muchachos como Narciso (v.), Jacinto (v.) y de las ninfas, ora es­quivas como Dafne (v.) y Aretusa, ora perdidamente enamoradas como Eco, y co­mo toda la’ cohorte amatoria del Sol; hé­roes como Faetón, testarudo y soberbio, audaces como Perseo (v.), prisionero de la bella Andrómeda; o como Ícaro, Meleagro, o afortunados como Pigmalión (v.), Ifis, o desgraciados como Glauco (v.), Adonis (v.), Orfeo (v.) y Hércules (v.).

Con todo, en medio de tanta variedad, la materia está dispuesta según los cánones del arte hele­nístico, refinado por la sensibilidad del poe­ta, de manera que constituye un ciclo unitario; las fábulas se siguen en línea ge­nealógica, por sucesión topográfica o cro­nológica, pero a menudo se concatenan en grupos, y en ellas se imaginan situaciones nuevas representadas con absoluta libertad. A la unidad de la materia corresponde en medida no menor la unidad de la forma; fábulas afines se nos ofrecen coloreadas por el poeta con tonos psicológicos diversos, mientras que fábulas diferentes asumen uniformidad de colores; el interés psico­lógico es en cierto sentido superior al in­terés metamórfico, en cuya representación la policromía ovidiana es a veces recarga­da hasta la saciedad. En su modo de sentir el personaje, Ovidio se aproxima mucho a Eurípides; el héroe vive dentro de los límites de una humanidad burguesa, en cuya representación muy a menudo está el mundo galante de la Roma de Augusto. Los elementos sacados de la tradición trágica, elegiaca y épica, reviven en una fusión poética debida a la educación retórica del poeta y a su penetración psicológica, que sobresale en la pintura del mundo feme­nino, como convenía al poeta de los Amo­res (v.), de las Heroidas (v.) y del Arte amatoria (v.).

Tiene tendencia a lo galante, a lo picante, a cierto ateísmo de manera, a la indiferencia por la vida romana de la «jeunesse dorée» imperial, de la cual era el poeta uno de los representantes más ho­nestos, y, para la cual él, en sustancia, solicitadísimo y aplaudidísimo, escribía sus obras. Las relaciones entre Ovidio y sus presuntas fuentes constituyen un problema delicadísimo para el filólogo; pero más que a sus predecesores debe mucho al am­biente cultural de la Roma de Augusto y a aquella facilidad suya particular de asi­milación, además de a su facultad de hacer revivir, con arte nuevo y rasgos personales, situaciones y motivos ya consagrados por la tradición. La vitalidad de este poema es inagotable; la Edad Media lo consideró no inferior a Virgilio y el siglo XII puede ser considerado como un verdadero y auténtico Renacimiento ovidiano: en Italia, en Francia y en alemania, él fue el «clerc» de Amor, y de él leemos en Brunetto Lati­no, tan próximo a Dante (Tesoretto, v.): «e in un ricco manto / vidi Ovidio Maggiore / che gli atti de l’amore / rassembra e mette in versi» [«y en un rico manto. / vi a Ovidio Mayor / que los hechos de amor / reúne y pone en verso»]. Dan tes­timonio de ello la traducción por Giovanni de Virgilio, la de Bonssignori y de Simintendi (v. Ovidio mayor) y el Ovide morali (libre, versión en 70.000 versos de la obra ovidiana, compuesta en el siglo XIV). Es notable su influencia sobre el inglés Chaucer e influye más fuertemente aún en toda la poesía humanística italiana, y en el estilo docto y las poesías ocasionales de los filólogos francoholandeses.

I. Cazzaniga

El arte de Ovidio de poner las cosas ante nuestros ojos no se llama eficacia, sino pertinacia. (Leopardi)

No es difícil comprender cómo Ovidio resulta profuso casi siempre y descolorido a veces, y aun podemos señalar los versos en que falta a las reglas inventadas des­pués. ¿Se priva con esto a Ovidio de ser uno de los más copiosos escritores romanos? (Carducci)