Memorias del Señor Severino Soplica, Henryk Hzewuski

[Pamiatki J. Pana Seweryna Soplicy]. Colección de cuentos publicados anó­nimos, en 1834, en París, por el conde polaco Henryk Hzewuski (1791-1866). El autor, conocidísimo en su época por su in­genio y habilidad en la conversación, re­copiló en estas supuestas memorias de Severino Soplica, copero de Parnawa, una serie de cuadros de la vida polaca del si­glo XVIII, que conocía a fondo por tradi­ciones familiares y por afinidad tempera­mental (fue llamado un alma del siglo XVIII perdida en su época).

El fondo de los cuentos es la segunda mitad del siglo XVIII, la época de la heroica confederación de Bar; los confederados, gentilhombres cam­pesinos unidos para defender la patria y la religión contra los moscovitas, son sus prin­cipales protagonistas. Sin embargo, Rzewuski no quiso evocar hechos históricos, aunque transiten por sus cuentos persona­jes célebres como el padre Marco, legen­dario capellán de los confederados; Casi­miro Pulawski, el intrépido jefe que irá a morir a América, o el príncipe Radziwill, verdadero soberano en su castillo de Nieswiez.

Entramos más bien, siguiendo a Severino, modesto gentilhombre, en las casas patricias, donde asistimos a los banquetes pantagruélicos, a las borracheras espectacu­lares, a las bravatas fanfarronas de los es­padachines lituanos; lo seguimos en las cacerías y en los tribunales, donde se des­arrollan los pleitos seculares entre familia y familia, a que tan aficionados eran los polacos de aquella época. Conocemos en estos cuentos, que conservan intacto el sa­bor de la conversación polaca, característi­ca de la literatura que se desarrolla hasta el siglo XIX en las ciudades y en los cas­tillos de la nobleza, las aventuras de tipos curiosos, como la banda de los «Albanos», los fieles amigos del príncipe Radziwill, o los milagros inéditos que circulaban entre los confederados, efectuados por el padre Marco contra los moscovitas, o por la es­pada de cualquier gentilhombre. Asistimos a las bodas de Severino con Magdalena, señorita pobre de alto rango, y a las pin­torescas ceremonias que las acompañan.

Circula en estas aventuras, que se desarro­llan en una época trágica para Polonia, una «vis cómica» más fuerte que las des­gracias que caen sobre el país y que es ca­racterística del pueblo polaco; incluso en las horas más tristes los polacos no han perdido la serenidad ni la fe, y los hijos de los valientes confederados de Bar han cantado valientemente en todos los cam­pos de batalla de Europa el canto de Dombrowski: «Polonia no ha muerto, mientras nosotros vivamos».

M. B. Begey