[Mémoires]. Fueron publicadas por el mariscal de Francia Ferdinand Foch (1851-1929), en 1929. En la narración de los acontecimientos bélicos en que el autor tomó parte durante los años 1914 y 1918, y que constituyen la parte más importante de la voluminosa obra, el editor francés, para llenar una laguna, insertó unas setenta páginas en las que recuerda los acontecimientos en los que tomó parte Foch en 1915, 1916 y 1917.
Al estallar la guerra, Foch mandaba el XX Cuerpo de Ejército; después de la retirada de la Meurthe, al final del primer mes de guerra, pasó al mando del IX Ejército, a cuyo frente tomó parte importante en la victoriosa batalla del Marne. Luego, en el continuo guerrear en campo abierto y en las trincheras, Foch describe todas las batallas que se sucedieron durante los primeros cinco meses de guerra en los campos de Francia septentrional y de Flandes, sacando de ello la enseñanza de que, mientras la táctica defensiva había alcanzado un alto nivel, la ofensiva había quedado rezagada. Esto explica que se produjera el largo período de inmovilidad con la guerra de posiciones. Aquí se produce la interrupción que indicamos. Cuando Foch reemprende el relato estamos ya en marzo de 1918. Pocas semanas más tarde quedaba investido del cargo de coordinador de las operaciones, para ser nombrado muy pronto comandante supremo de los Ejércitos Aliados en Francia. Aparte de las inmediatas divergencias con los diferentes jefes de los ejércitos aliados y con el mismo presidente del gobierno francés, Clemenceau, los inicios de su mando supremo fueron poco felices: la ofensiva alemana desencadenaba sus tremendos mazazos y, entre marzo y julio de 1918, continuó ganando terreno en Flandes, en el Somme y en el Marne. «Apenas terminó la ofensiva alemana», escribe Foch, «aleccionados por los hechos recientes, un deber imperioso nos esperaba: fortificar y hacer segura la situación presente y preparar las futuras operaciones de los ejércitos aliados». De dichas enseñanzas, así como de la preparación de la contraofensiva, se ocupa extensamente el mariscal en los capítulos siguientes.
No faltan tampoco desacuerdos e incidentes entre Foch y otros generales; pero, en conjunto, la preparación fue llevada adelante con gran energía, y la contraofensiva iniciada en julio obligó al enemigo a pedir el armisticio en noviembre. En este punto, Foch se pregunta si, aceptando el armisticio, los ejércitos aliados habían cumplido su deber. Por su cuenta, comprueba que suspendieron las operaciones en una situación militar lo bastante segura para impedir al enemigo toda resistencia a las intenciones de los gobiernos victoriosos y a sus condiciones de paz. Acampando a orillas del Rin, podían imponer a alemania las condiciones más severas. Aquí terminan las memorias de Foch. Su pensamiento iba más lejos: hubiera querido llevar hasta el Rin las fronteras permanentes de alemania. Éste fue el motivo más grave de las diferencias entre el mariscal y el presidente del Consejo francés, Clemenceau. El mariscal hizo sus confidencias a un periodista, Récouly, que las publicó bajo el título Le mémorial de Foch, a lo que Clemenceau replicó vigorosamente con su libro Grandeza y miseria de una victoria (v.).
G. Mira

