María del Carmen, José Feliu y Codina

Drama en tres actos del escritor José Feliu y Codina (1845- 1897), estrenado en Madrid en 1896. El autor sitúa la intriga de su drama en el corazón de la provincia de Murcia, ese te­rritorio en el que subsisten tantos vestigios de la ocupación árabe. Su intriga es de las más simples, conducida con todo rigor y caracterizada por un realismo que puede calificarse de corneliano.

María del Carmen es una muchacha que acaba de ser la cau­sa de una desgracia: amada a la vez por Pencho, un intrépido muchacho al que ella corresponde, y por Javier Maticas, no ha podido evitar que ambos se batieran. Pencho, habiendo herido gravemente a su adversario, se ha visto obligado a refugiar­se en Orán. Después de esto, María del Carmen se ha consagrado al servicio de Ja­vier, y le dedica todos sus cuidados con la esperanza de desarmar su cólera. Mucha­cha leal, se lo declara sin rodeos. Pero su­cede entretanto que, por pura malicia, un tercero informa a Pencho de la situación. Pencho decide inmediatamente regresar al país, y al hacerlo, él mismo se precipita en la boca del lobo, tanto más cuanto que el padre de Javier es el cacique de la re­gión.

Loca de inquietud, María suplica a este último el perdón de Pencho. El padre Maticas acepta, con la condición de que ella se decida a casarse con su hijo. A fin de salvar a Pencho ella se deja arrancar esta promesa de matrimonio. Pencho vigila siempre; tan pronto como se entera por boca de su amada de la situación se irrita extraordinariamente. ¿Los Maticas defien­den su presa? Muy bien; él se la arran­cará. Hay un solo medio: presentarse a la justicia. Pencho lo hace espontáneamente. Como es preciso aportar alguna prueba de convicción, declara que el puñal de que se sirvió para herir a su adversario se halla en la misma casa de este último. Ahora que todo se ha comprobado, Pencho triunfa, pues ha librado a María de su promesa. Cuando Javier ve perdidas para siempre sus esperanzas, su ofuscación le lleva hasta el punto de acusar a Pencho de cobardía: si ha escogido la prisión ha sido para sus­traerse al arreglo de cuentas que la situa­ción presente supone. Teniendo la misma edad que su rival se engaña creyendo que tiene las mismas fuerzas de siempre y que le puede disputar a María: arde en deseos de vengarse.

Pero esta bravura se extin­guirá al día siguiente. Habiendo descubier­to, en efecto, que es poco más que un moribundo, Javier perdona a su rival, le empuja a los brazos de María y le abraza: que ambos huyan más rápidamente en uno de sus propios caballos; él protegerá su re­tirada. Este drama no nos presenta más que héroes frustrados y plenos de grande­za. Tanto más cuanto que esta grandeza parece siempre inconsciente. No se sabe qué admirar más: si la elevación de los sentimientos o el patetismo de las situa­ciones. Los personajes más insignificantes están tratados con tal precisión de trazos, que es imposible olvidarlos después de co­nocidos. Célebre en el mundo entero, María del Carmen fue representada en París, en 1911, bajo el título Aux jardins de Murcie.