Aire de Dylan (Enrique Vila-Matas)

Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas

Hay autores a los que hay que leer, incluso cuando no se les ocurre nada y van escribiendo lo que buenamente les viene al teclado en ese momento: ese es el caso de Enrique Vila-Matas y el caso también de esta novela, para mí deslavada, sin enjundia, con algunas incrustaciones interesantes que pudieron convertirse en narrativa vigorosa y quedaron en hierbajos de ocurrencias.

El hijo de un famoso escritor está enfrentado con su padre desde hace tiempo por sus distintas concepciones tanto estéticas como vitales, del mundo que les rodea. El padre es un fanático del trabajo y de la perfección, pero al mismo tiempo cree en la experimentación y en la provocación, mientras que el hijo parece moverse en todo momento por los derroteros contrarios, intentando filmar una gran película sobre la historia del fracaso, ya desde un primer momento con la intención de no llegar a filmarla para que el proyecto en sí sea un fracaso.

A partir de ahí, y con la muerte de padre, recorremos con el autor todo un laberinto intelectual de dudas, remordimientos, asaltos mentales por parte de lo recuerdos del padre y sinsentidos generales que pretenden ilustrar, me parece, la falta de fin último de nuestros tiempos. La impresión general, en conjunto, es aceptable, pero página a página se va acumulando la sensación de que el autor escribió una novela mientras tenía ganas de ver el fútbol, hacer una churrascada o marcharse a la India. O sea: escribió la novela sin ganas mientras quería estar haciendo cualquier otra cosa.

En algunas partes de la novela hay esbozos, me parece, de obras que el autor pensó en escribir y no escribió nunca. Relatos abortados, cuentos a medio hacer, y proyectos intelectualmente más solventes que el conjunto que entre todos logran formar a duras penas.

Vila-Matas puede permitirse estas cosas porque escribe bien incluso cuando se aburre. Escribe maravillosamente incluso cuando nos aburre, como sucede en buena parte de las páginas de esta novela en al que Dylan aparece en el título porque se lo mandó la editorial, estoy seguro, y las abundantes referencias a iconos culturales modernos la intentan hacer aparecer fresca cuando sólo es una obra vieja, casi decimonónica, recién pintada. O todavía peor: una obra setentera, con la psicodelia caducada, la música de lata y la juerga fingida, bajo destellos de espejos y lentejuelas Boney M recién bajados del desván, a toda prisa. Y quizás sea eso lo que pretendía en cierto modo el autor, así que en ese sentido no puedo escatimarle el elogio.

Como me la regalaron, la doy por buena. Si llego a pagar pro el libro, blasfemo,  pero no mucho. Lo justo para hacer notar que el autor me gusta pero la obra no.

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Historia abreviada de la literatura portátil (Enrique Vila-Matas)

Os dejo aquí mi reseña del intercambio de reseñas por si no habéis podido "disfrutar" de ella (jejeje…) Otis, deberías hacer lo mismo con la tuya, no se le haya traspapelado a algún(alguna) fan!

¿Estás soltero? ¿Tienes un espíritu innovador y una sexualidad extrema? ¿Careces de grandes propósitos? ¿Eres un nómada infatigable? ¿Convives de manera tensa con tu doble? ¿Eres un artista de la insolencia? ¿Sientes simpatía por la negritud? ¿Tu obra artística es ligera y puede transportarse fácilmente? Bienvenido entonces, a la historia de la literatura portátil: eres un shandy.

La conspiración shandy o sociedad secreta de la literatura portátil se fundó en 1924 y se disolvió tres años después. Agrupó a artistas de lo más variado: César Vallejo, Rita Malú, Berta Bocado, Georgia O\’Keefe, Scott Fitzgerald, Marcel Duchamp, Alberto Picabia o Alistair Crowley. Todos cumplían los requisitos expuestos más arriba. ¿A qué se dedicaban? La nada era su objetivo, el camino era la meta, el esfuerzo, inútil. Así es eran estos artistas “amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también la más radical.”

Con todos los visos formales de verdad que ha sido capaz de reunir, nos presenta Vila-Matas en historia abreviada de la literatura portátil este movimiento literario de principios del siglo XX. Nos aporta incluso, el dato exactísimo de su fundación y de su disolución: el 27 de julio de 1924 en Port Actif (en francés, muy semejante a portatif: portátil ) y 1927, en el Ateneo de Sevilla, respectivamente. Con esto ya comienzan los guiños al lector: las intertextualidades (va por ti, Joe Kozinski), el dialogismo exquisito: Vila-Matas pone a charlar a toda una panoplia de literatos de países, intereses y técnicas diferentes en ambientes totalmente surrealistas y ficticios. Luego veremos, además, cómo consigue él inmiscuirse en esta conversación ajena.

Otro de los recursos que utiliza Vila-Matas en este libro es explotar la capacidad simbólica del hombre: la suya propia, al atribuir los significados que a él le interesan para su construcción a multitud de textos; por otra parte, explota la de los shandys, dejándoles que unos y otros se atribuyan significados en una suerte de doble conversación: la real y la interpretada. Por otra parte, apela a nuestra propia capacidad de atribuir significados para multiplicar aún más el sentido del texto. Lo que resulta es, pues, un delirante espectáculo formado por la yuxtaposición de textos, metatextos e interpretaciones.

Quiero leer también en este libro una crítica ironiquísima a la hermenéutica y las interpretaciones “ad hoc”, a la necesidad de interpretar, de atribuir sentido. Es lo mismo que critica Susan Sontag en Contra la Interpretación, pero Vila-Matas se sirve de la propia literatura. Vila-Matas viene a decir (calladamente, porque esto no nos lo cuenta, sino que lo viene a dar a entender) que el trabajo sistematizador de la crítica literaria es inútil o es absurdo. Y es que no se imaginan ustedes cómo nació la literatura portátil:

“gracias a la definición de la sexualidad extrema por parte de una mujer fatal se hizo realidad el movimiento del mundo de los portátiles: un universo que fue hijo del equívoco y de la casualidad”.

Leer el equívoco merece la pena.

El libro comienza con la gestación del movimiento shandy, gracias a confusiones, interpretaciones erróneas y casualidades (¡¿cómo se puede sistematizar esto?!); luego continúa trazando una breve cronología de este movimiento. En esta historia mezcla determinados lugares típicamente “literarios”, por ejemplo, Praga; con algunas características que se asocian al prototipo del escritor extremo, por ejemplo, el suicidio; a esto añade hechos típicamente shandys, minimalistas: una fiesta en Viena en casa de un shandy, Littbarski, que fingía continuamente estar celebrando fiestas; las apariciones sucesivas de “odradeks” o dobles oscuros de los escritores, shandys; las reuniones en el submarino del príncipe Mdivani o el fin del shandysmo en Sevilla, que tiene lugar, precisamente, cuando Aleister Crowley desenmascaró la sociedad, haciéndola pública y por lo tanto, destruyéndola.

El texto es delirante. Vila-Matas deja hablar a los personajes a través de sus textos, interpreta textos como le conviene, sistematiza acciones absurdas o irremediables para poder configurar el movimiento haciendo que las acciones se adapten a las características que él mismo ha decidido atribuirles… pero además, Vila-Matas ha conseguido construir una novela divertidísima, surrealista casi, en la que hechos absolutamente imposibles, inverosímiles, tienen perfecta cabida, y se convierten casi en totalmente necesarios para el desarrollo de la historia. La historia de cuatro locos que llevan sus obras de arte en una maleta y viajan sin rumbo por el placer de viajar, de portar su obra. El encuentro de Berta Bocado con Andrei Biely está lleno de emoción, así como los encuentros y desencuentros de Jacques Rigaut con la muerte o el desenlace en Sevilla…

Esta novela-ensayo ficticio constituye un texto muy típico de su autor, que siempre se ha interesado por las muñecas rusas: la capacidad de encajar textos en textos, historias en historias, personajes dentro de personajes. Vila-Matas busca la manera de extender su novela más allá de las 122 páginas que él ha escrito: con ella nos regala también las llaves al mundo shandy y no shandy al mundo de la crítica literaria y de la espontaneidad lectora, al mundo de la percepción y de la interpretación y nos deja libres para leer en esta novela cuantas novelas queramos.

¿Y cómo se cuela Vila-Matas en toda esta historia? ¿Quién nos cuenta la historia de la literatura portátil cuando todos sus miembros ya han iniciado una diáspora y han decidido cambiar de vida y de estilo, alejándose física y espiritualmente del movimiento portátil, fingiendo haber participado de él jamás? Siempre tiene que haber un “último shandy”, alguien “para quien su libro es otro espacio donde pasear”… Y ese puede ser el propio Enrique Vila-Matas. O puedes ser tú.

Cristina Núñez Pereira 

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Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas)

El gran Otis B. Driftwood (no sé cuántos de ustedes se habrán percatado de que el enlace a la página de Otis está mal. Ya lo he arreglado. Mil disculpas por las molestias!) y yo nos entrecruzamos lectoramente y leímos dos libros diferentes de Vila-Matas a la vez. De ahí que decidiéramos entrecruzarnos también las reseñas… He aquí la que Otis escribió sobre Bartleby y compañía y con la que me hace el honor (y a vosotros como lectores) de participar en mi saloncito. Os dejo con él:

Reseña literaria: Bartleby y Compañía
Enrique Vila-Matas, Barcelona, 2000
Ed. Anagrama (Colección Quinteto)

La vanidad y la modestia. La pérdida de fe, la falta de convicción o la reafirmación en ella. La pereza y la desidia con todos sus grados intermedios o la hiperactividad. Razones todas ellas, contradictorias algunas, que pueden llevar a un escritor a sufrir el síndrome de Bartleby.

Bartleby es un personaje de un relato de Hermann Melville, un oficinista que es el paradigma del “no hacer”. Ese personaje o, mejor dicho, su carácter, es el que toma Vila-Matas para explicar un síndrome que afecta a los escritores que deciden dejar de escribir por cualquiera de las razones enumeradas arriba, o por ninguna de ellas en particular. En sus pequeñísimos capítulos, estructurados como si fuera un compendio de notas a pie de página, el autor nos va presentando a diversos autores, algunos casi míticos y otros completos desconocidos, explicándonos por qué unos dejaron la literatura (o, más bien, la negaron, y de ahí la expresión “literatura del NO”) y por qué otros, con mucho potencial, jamás publicaron nada. Así, durante las doscientas páginas viajamos desde Arthur Rimbaud hasta Juan Ramón Jiménez, pasando por gente que nunca escribió como Joseph Joubert e incluso personajes de ficción que representan extremos dentro de la literatura del NO, como Paranoico Pérez, convencido de que Saramago es un plagiario de sus ideas y que por eso no escribe, para que no se las robe.

Dentro de su estilo ligero y un puntito (o puntazo) surrealista, Vila-Matas se intercala a sí mismo como personaje dentro de este ¿ensayo? postulándose como escritor del NO, colocando a un filósofo, Derain, como contrapunto humorístico que le confirma o le revienta sus tesis e hipótesis literarias por un módico precio y que sirve de puente para definir distintas formas de analizar a estos escritores. Con afirmaciones sorprendentes como la que se refiere a los suicidas (que no cuento para no reventar la sorpresa), nos va asociando a cada escritor con cada excusa para no escribir, bien sean éstas explícitas (verdaderas o falsas), bien haya motivos implícitos (igualmente falsos o verdaderos).

Lo primero que se le pasa por la cabeza al lector cuando se sumerge en este libro – que, como es habitual en su autor, es áspero para comenzar y mucho más fluido una vez dentro – es una pregunta: “¿Seré un escritor del NO? ¿Seré acaso un Bartleby, maestro?” Para mí es la genialidad que tiene, el remover las entrañas de quien lee para hacerle pensar en la posibilidad de escribir, y mucho mejor, de dejar de escribir. Pues si Wilde decía que lo mejor es que hablen de uno aunque sea mal, Vila-Matas afirma indirectamente que lo máximo a lo que aspira un escritor es a que hablen de él por dejar de escribir, o incluso sin haber escrito nada.

En este sentido creo que todo lector es, en cierta medida, un escritor que no escribe. Conozco muy poca gente a la que, cuando les digo que voy a escribir una novela, no se paren en ese momento a pensar detenidamente en la suya propia. Son apenas unos segundos de silencio que resultan más elocuentes que cualquier conversación sobre libros. Y la experiencia – propia y ajena – me dice que somos más francos, abiertos y sinceros cuando nos enfrentamos a nuestras propias ideas puestas en el papel. Quizás por eso tengamos tanto miedo a escribir. No porque los demás se rían de lo que escribimos, sino porque nosotros mismos no seamos capaces de reírnos de ello. El mundo está plagado de futuros escritores del NO. Y sospecho que Vila-Matas pensó en ellos al escribir este libro. Y es que es un libro que merece la pena releer, aunque cueste entrar en él. Es de los que se te quedan dando vueltas en la cabeza, como cuando estamos un rato viendo cómo centrifuga la lavadora sin saber por qué. En definitiva, perfecto para cualquier especie de Bartleby que pulule por la Tierra. Y casi habría una por cada ser humano.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200505.htm

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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París no se acaba nunca (Enrique Vila-Matas)

Este libro se construye sobre el esqueleto de una conferencia leída durante tres sesiones por el autor (figurado o no) de estas páginas, tomando como objeto de disertación la ironía y sus implicaciones en el trabajo del creador literario. Ciertamente este tema cede en breve espacio a la narración de los comienzos como escritor de Vila-Matas, o lo que es lo mismo, al nacimiento a la vida y posterior formación de este novel artista cachorro.

 

La admiración por Hemingway (el autor cree encarnar no sólo el espíritu del narrador americano sino incluso su propio aspecto físico, asunto a todas luces descabellado para quienes conocen a ambos) le lleva a desplazarse a París en las postrimerías del franquismo desde su Barcelona natal protegido por un periodo de gracia concedido por su padre que sufragará los gastos durante un periodo limitado con la esperanza de que su hijo se desengañe de su futuro como escritor y retorne a la prosaica y ordenada vida familiar que de él se espera.

En París fue donde se forjó el talento de Hemingway , el que aprendió los secretos de la escritura (su famosa teoría del iceberg), el que vivió penurias y glorias, el que tuvo encuentros con talentos como Steiner, Scott Fitzgerald, el que escribía sobre el mármol de las mesas en terrazas de cafés acogedores, el que antes de volver a casa compraba un par de botellas de vino barato para engañar el hambre. Y por esos mismos vericuetos decide internarse nuestro protagonista a la caza y captura de una genialidad que intuye al alcance de su mano aunque no sepa cómo atraparla.

Se instala una pequeña e insalubre buhardilla alquilándola ni más ni menos que a Marguerite Duras, quien al enterarse de su intención de convertirse en escritor (astutamente silencia cualquier referencia a su admiración por Hemingway) recibe, junto a una sonrisa condescendiente, una cartulina en la que la escritora le ofrenda el guión al que debe someterse cualquier obra literaria y en el que se recogen términos como ambiente, registros lingüísticos, unidad, estilo, muchos de ellos desconocidos por su arrendatario que, sin embargo tratará de familiarizarse con ellos o dotarles de un significado relevante en su labor creativa. .

Se inicia así el camino que convierte al conferenciante en un autor literario verdadero, aún a pesar de su total y absoluta confusión en lo que a aspectos creativos se refiere durante estos comienzos titubeantes.

En estos años, aprende con gran esfuerzo la explicación de muchos de los requisitos referidos por Duras para la confección de una novela digna, pero el proceso es largo y tortuoso. Debe aprender a renunciar a la imagen que se ha forjado del intelectual o del bohemio como la de un personaje atormentada por la melancolía, la seriedad, el altísimo nivel de exigencia moral, el desprecio a lo popular o vulgar, la distancia. Despreciar la risa (la ironía), vestirse de negro, usar gafas negras y sentarse en terrazas para aspirar a ser visto leyendo a los más ocultos de los poetas malditos envuelto en el humo de una pipa.

Aprende a convivir con estos sentimientos confusos pero los entrevera con relaciones sexuales inconvenientes, con la vida bohemia de muchos de sus amigos con los que tiene ocasión de aprender una nueva forma de vida más optimista, más vital. El cine francés, sus amistades extravagantes con la colonia española y latinoamericana, las fiestas de Paloma Picasso, asistir a conferencias de Borges en librerías clandestinas, …

Nuestro autor va creciendo como artista sin percibirlo, esa es la mayor ironía de todas las que pueblan el texto. Su experiencia altera su percepción del mundo y, por tanto, su modo de volcarlo en un texto. Pese a que continua dedicado a la escritura de una novela que carece en gran medida de estos caracteres (La asesina ilustrada), que configura la antítesis de lo que está surgiendo en su interior, su crecimiento interior es paralelo a su crecimiento como artista.

En alguna ocasión se sorprende reflexionando sobre la opinión ampliamente extendida de que un autor debe tener experiencias vitales sustanciosas que le enriquezcan para poder crear un mundo propio, característico, y considera que él carece de dicho mundo y sólo puede suplirlo mediante imaginación y esfuerzo. Sin embargo, otra ironía, esa experiencia la está viviendo y le está moldeando; y, al poner punto y final a su primera novela está ya dispuesta a aflorar.

El regreso a Barcelona, no es signo de fracaso – ha sido engañado por una mujer pagada por su padre para que le enamore y le devuelva al hogar familiar – sino el símbolo de que su tiempo de aprendiz ha finalizado.

El estilo del autor facilita la lectura, sobrio y claro, accesible pero sin que ello implique renuncia a un alto nivel de exigencia formal y de fondo. ¿Por qué escribir?¿Qué se adivina en un texto? Pero también, qué es la vida y cómo nos enriquece seamos artistas o menestrales, son algunas de las preguntas que plantea esta lectura.

 

 

Al igual que ocurre con Bartleby y compañía, Vila-Matas escribe sobre la Literatura y puebla su texto de innumerables referencias literarias. Hemingway, Duras, Borges, Unamuno, Eduardo Mendoza o Kafka se pasean por sus páginas dejándonos reflexiones y anécdotas que harán disfrutar a cualquier amante de la Literatura y sus mundos paralelos. Deslindar qué es puramente autobiográfico y qué recreación literaria, forma parte de ese juego de ironías que se nos propone desde un principio.

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