La mujer que buscaba (Nawal el Saadawi)

La mujer que buscaba (Nawal el Saadawi)
Algunos medios consideran a Nawal el Saadawi como la voz femenina más original del mundo árabe.
En la mujer que buscaba nos narra la historia de una funcionaria que no tiene nada que hacer en su trabajo y que un día se ve abandonada en un restaurante porque el hombre al que ama, y con el que lleva viéndose un tiempo, no ha acudido a la cita.
Esto desequilibra completamente su vida y la obliga a hacerse todas las preguntas que había evitado hasta ese momento, ya que descubre el vacío de sus intenciones y de sus planes.
La mujer que buscaba es un recorrido por la vida de una mujer árabe, de la que se espera que no tenga vida propia ni ambiciones, pero que no puede tampoco conformarse con dejar dormir su inteligencia.
Otro de los problemas que se plantean, y desde un punto de vista bastante original, es como desaparece en realidad el deseo de seguir adelante cuando no se ejercita constantemente. A medida que avanzamos en la novela vamos vinedo un desmoronamiento interior de la protagonista y una presión cada vez más agobiante del mundo exterior, un mundo de tradicione sy tópicos que ella detesta y que s eva haciendo con el control de la situación en colaboración con una parte de ella misma.
La novela no me gustó. Pero a lo mejor es que hay que ser mujer, o mujer árabe para apreciarla. Por si acaso, y porque no es mala, os la presento.

nawal-el-saadawiAlgunos medios consideran a Nawal el Saadawi como la voz femenina más original del mundo árabe.

En la mujer que buscaba nos narra la historia de una funcionaria que no tiene nada que hacer en su trabajo y que un día se ve abandonada en un restaurante porque el hombre al que ama, y con el que lleva viéndose un tiempo, no ha acudido a la cita.

Esto desequilibra completamente su vida y la obliga a hacerse todas las preguntas que había evitado hasta ese momento, ya que descubre el vacío de sus intenciones y de sus planes.

La mujer que buscaba es un recorrido por la vida de una mujer árabe, de la que se espera que no tenga vida propia ni ambiciones, pero que no puede tampoco conformarse con dejar dormir su inteligencia.

Otro de los problemas que se plantean, y desde un punto de vista bastante original, es como desaparece en realidad el deseo de seguir adelante cuando no se ejercita constantemente. A medida que avanzamos en la novela vamos vinedo un desmoronamiento interior de la protagonista y una presión cada vez más agobiante del mundo exterior, un mundo de tradicione sy tópicos que ella detesta y que s eva haciendo con el control de la situación en colaboración con una parte de ella misma.

La novela no me gustó. Pero a lo mejor es que hay que ser mujer, o mujer árabe para apreciarla. Por si acaso, y porque no es mala, os la presento.

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El misterio de Salem ‘s Lot (STEPHEN KING)

SalemsLot3Stephen King se hizo famoso con Carrie (1974), la historia de una joven perseguida que posee terroríficos poderes destruc­tivos. Después de La semilla del diablo y El exorcista, la primera novela de King tuvo mucho éxito, como libro y como película. Rápidamente le siguió El misterio de Salem’s Lot (‘Salem’s Lot), un libro mucho más voluminoso, que es su homenaje a la leyenda de Drácula. Su marco es una pequeña ciudad de Nueva Ingla­terra llamada Jerusalem’s Lot («’Salem’s» como abreviatura), en la actualidad. Aquí una grande y vieja casa abandonada, «el lugar de Marsten», es ocupada por un misterioso recién llegado que resulta ser un vampiro de tipo clásico. El solitario señor Barlow gradualmente infecta a todo el pueblo con la enferme­dad del vampirismo, convirtiendo a sus 1.300 habitantes en una colonia de vampiros. El punto de vista cambia, pero la historia se cuenta principalmente a través de los ojos de Ben Mears, un escritor de 32 años que acaba de volver a la ciudad después de pasar su vida de adulto en otra parte.

Lo que convierte a este guión cliché en un cuento de te-rror muy efectivo es la elaboración cuidadosa de los personajes. Y esto no sólo se aplica a Ben Mears y la muchacha con la que establece una relación, puesto que aquí hay toda una comuni­dad que entra en contacto con lo sobrenatural, no un individuo o un pequeño grupo de infortunados. King se destaca en la descripción de la «gente sencilla»: amas de casa, adolescentes, el lechero local, el cuidador del cementerio, el administrador de bienes raíces, el maestro de escuela, el sacerdote borracho y, sobre todo, los chicos:

 

La puerta se cerró suavemente y su padre bajó en zapatillas por la escalera.

Se descubrió a sí mismo reflexionando –no por vez pri­mera– en la peculiaridad de los adultos. Tomaban laxantes, bebidas fuertes o píldoras somníferas para ahuyentar sus te­rrores y poder dormir, y sus terrores eran tan dóciles y domésticos: el trabajo, el dinero, ¿me quiere aún mi mujer?, ¿quiénes son mis amigos? Eran poca cosa en comparación con los te­mores que siente todo chico en su cama a obscuras, sin nadie con quien confesarse para encontrar una perfecta compren­sión como no sea otro chico. No hay terapia de grupo, ni psi­quiatría ni servicios sociales de la comunidad para el chico que debe hacer frente a lo que hay bajo la cama o en el sótano to­das las noches, lo que mira de soslayo, brinca y amenaza hasta más allá del punto al que llega la visión. Noche tras noche debe librarse la misma batalla solitaria, y la única cura es la osificación eventual de las facultades imaginativas, y esto es lla­mado la edad adulta.

 

El misterio de Salem ‘s Lot ha sido filmada, como prácti-camen­te toda la obra del autor (en este caso constituyó la base de una extensa película para la televisión dirigida por Tobe Hooper en 1979). Stephen King (nacido en 1947) es considerado como el novelista comercial de mayor éxito en la historia editorial de Estados Unidos, y la mayor parte de su popularidad se ha debi­do a su explotación de temas de literatura fantástica. No es un escritor muy original, pero es enormemente hábil. Sus novelas con frecuencia son descuidadas, pero tienden a contener siem­pre algo para todo el mundo, no sólo los ingredientes tradicio­nales del horror, sino caracterizaciones agudas, muchos ele­mentos del realismo cotidiano, un cálido sentimiento familiar, misterio, simpatía por los niños, aversión física (lo que a King le gusta llamar «lo repulsivo»), un excelente ritmo narrativo, hu­mor y un atractivo y familiar tono de voz. Su obra parece tener una seducción igualmente poderosa para lectores y lectoras, y ésta, sobre todo, es la razón de su colosal éxito de mercado.

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El tercer policía, de FLANN O’BRIEN

tercerpolicia-1522Este extraño libro de pesadilla fue publicado por vez primera después de la muerte del autor. Brian O’Nolan (1911–1966) fue un estimado periodista irlandés que escribió varias novelas con el seudónimo de «Flann O’Brien», la más conocida de las cua­les era la primera, En Nadar–dos–Pájaros (1939). El tercer policía (The Third Policeman) fue escrito poco después de esta obra, que es casi una obra maestra, pero permaneció inédito durante varias décadas. Pese a esta prolongada falta de atención, de­mostró ser una creación excepcional de literatura fantástica, te­rrible y extraña. El relato está expresado en un estilo despreo­cupado e inexpresivo, y empieza con un asesinato. El narrador, que no puede recordar su propio nombre, relata cómo él y su amigo, el «perezoso y holgazán» John Divney, matan a un viejo por su dinero:

 

Avancé mecánicamente, blandí la pala por encima de mi hom­bro y lancé la hoja con toda mi fuerza contra la mandíbula sa­liente. Sentí y casi oí el hundimiento de la estructura del crá­neo como una cáscara de huevo. No sé cuántas veces le volví a golpear, pero no dejé de hacerlo hasta que me sentí cansado.

       Arrojé la pala y miré alrededor en busca de Divney. No se lo veía por ninguna parte … Mi corazón latía con dificultad. Un escalofrío de temor atravesó mi cuerpo. Si alguien apare­cía, nada en el mundo me habría salvado del patíbulo …

 

Le esperaba un destino peor que el patíbulo. Por supuesto, es traicionado por su cómplice, quien ha huido para ocultar el te­soro de la víctima.

Luego, el narrador visita la casa en apariencia desierta del viejo en busca de la caja de dinero. Oye una tos, se da vuelta y ve al viejo mismo sentado a una mesa y tomando té: «Su cara era aterradora, pero los ojos en medio de ella tenían algo tan escalofriante y horrible que los otros rasgos me parecieron casi amistosos. Su piel era como un pergamino en mal estado que mostraba una mezcla de frunces y arrugas que, entre unos y otros, creaban una expresión de insondable inescrutabilidad». El protagonista no comprende todavía (ni tampoco el lector) que en realidad está muerto y ha pasado al otro mundo, ase­sinado, a su vez, por el traicionero Divney. Ocurre que el na­rrador ha sido juzgado por su monstruoso acto, y ahora está condenado a deambular por un paisaje irlandés cada vez más surrealista en busca de la caja de dinero desaparecida.

Dispersas por toda la novela hay abundantes citas (con notas al pie) de un filósofo loco llamado De Selby. Esto da a la novela mucho de su talante de comedia. El relator trabajaba en un «Códice de De Selby» en la época en que fue inducido a co-me­ter el asesinato, y había esperado que el dinero mal habido contribuiría a pagar la publicación del libro. Ahora el espíritu de De Selby retorna para acosarlo, en las personas de dos poli­cías que encuentra en una comisaría de la zona. Estos policías locos, uno de los cuales tiene una obsesión malsana por las bi­cicletas, fastidia al narrador con sus adivinanzas en broma. Le muestran varios juguetes enigmáticos, inclusive un juego de ca­jas chinas: la más pequeña no puede verse ni con una poderosa lupa («Este trabajo debe de ser muy difícil para los ojos», dice secamente el protagonista). Cajas dentro de cajas, una regre­sión infinita, experiencias cíclicas: gradualmente, el relator se da cuenta de que arrastra su existencia en un peculiar tipo de infierno. Todo se confirma cuando conoce al misterioso tercer policía y descu-bre que está volviendo a vivir todo el ciclo de su­cesos acaecidos desde su muerte.

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El hombre menguante (RICHARD MATHESON)

increble-hombre-menguanteUn año después de que esta novela apareciese como libro origi­nal en rústica, fue filmada por Jack Arnold con el título de paco­tilla El increíble hombre menguante. La película tuvo un éxito relati­vo, y desde entonces las reimpresiones del libro de Mathe-son han tendido a poner la palabra «increíble» en la cubierta. Esto es paradójico, pues la principal baza de Matheson es, de hecho, el grado de credibilidad que llegó a dar a una premisa absurda. Hay que olvidar la nube de vaporizador radiactivo que desenca­dena el inexorable proceso de contracción del protago-nista; sólo es un pretexto superficial de «ciencia ficción» para algo que es fundamentalmente una vigorosa fantasía psicoló-gica. Disfru­temos de los plausibles detalles domésticos que siguen, mientras el protagonista descubre que ya no es un hombre para su mujer y termina por convertirse en un escurridizo insecto debajo de los pies de ella. Toda la trama es como una fábula de Kafka en el marco de una Exposición de Hogares Ideales.

Mientras está de vacaciones haciendo un crucero en barco, Scott Carey queda expuesto a la radiación. Pocas sema-nas más tarde, empieza a perder peso y altura. Hace repetidas visitas al médico antes de dar la noticia a su mujer. Ella queda horroriza­da: «¿Menguando?… Pero, eso es imposible». Carey le confirma que es verdad. «No sólo estoy perdiendo altura. Cada parte de mí parece estar contrayéndose. Proporcionalmente.» Ya ha pa­sado de una altura de 1,82 metros a otra de 1,72. A medida que transcurren los días sigue contrayéndose, constantemente. Pasa por varios tests médicos, pero los facultativos están desconcer­tados. En la calle, los niños empiezan a tomarlo por otro niño, y se ve obligado a abandonar su empleo, mientras que su mujer sale a trabajar: «Permanecía a su lado, rodeándole la espalda con el brazo, deseoso de consolarla pero sólo capaz de mirarla al rostro y luchar fútilmente contra la abrumadora sensación de ser mucho más pequeño que ella». Es como si volviera a la in­fancia y su mujer se convirtiese en una figura materna.

Sin embargo, Carey no ha perdido sus impulsos sexuales de adulto. Cuando su mujer rechaza sus insinuaciones, se siente «endeble y absurdo comparado con ella, un grotesco enano que pretende seducir a una mujer normal». Cuando se contrae hasta una altura de menos de sesenta centímetros, su frustra­ción aumenta. Espía a una adolescente que ayuda en la casa, pero siente pánico cuando ella lo ve, y echa a correr como un niño travieso. Mantiene una breve amistad con la enana de un circo, pero hasta ella adquiere las proporciones de una gi­ganta a su lado. Pronto llega a tener apenas dieciocho centí­metros de altura, y vive en una casa de muñecas que su mujer le ha proporcionado solícitamente. Un día se aventura a salir al jardín, donde es amenazado por un enorme pájaro y arrojado al sótano a través de una ventana rota. Desde ese momento, Ca­rey no existe para el mundo; es demasiado pequeño para esca­par del sótano, que se extiende ante él como un terreno desco­nocido y lleno de peligros, y demasiado insignificante para hacerse oír. Ahora está enteramente solo, obligado a buscar ali­mentos como un Robinson Crusoe debajo de las tablas del sue­lo, aterrorizado por las arañas y siempre contrayéndose. Llega a ser tan minúsculo que puede trepar por una tela de araña y es­capar nuevamente al aire libre. Allí encuentra una sensación de paz bajo las estrellas: aprende a aceptar su suerte, mientras si­gue contrayéndose hasta llegar a nuevos mundos de encanta­miento y posibilidades.

Richard Matheson (nacido en 1926) es más conocido hoy por su trabajo en la televisión. Desde que escribió el guión para El increíble hombre menguante ha colaborado en la elaboración de muchas otras películas, incluyendo una notable historia de te­rror de Steven Spielberg, El diablo sobre ruedas (Duel) (1971). Pero ha seguido escribiendo otras obras, entre ellas una memorable novela de viajes por el tiempo titulada Bid Time Return (1975). Es uno de los principales escritores norte-americanos de literatura fantástica.

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El tambor de hojalata (Gunther Grass)

tambvorDurante la primavera y el verano de 1952 recorrí Francia de arriba abajo pidiendo viajes a los vehículos que pasaban. Vivía de casi nada, dibujaba sobre papel estraza y escribía sin parar: el lenguaje me había afectado como una diarrea. Además de ciertos cantos bastante epigonales (creo yo) sobre él difunto timonero Palinuro, produje un largo y tumoroso poema en el que Oskar Matzerath, antes de llamarse así, aparece como anacoreta estilista.

Era un hombre joven y existencialista, según los dictados de la moda del momento. De oficio, albañil. Vivía en nuestros tiempos. Sus conocimientos literarios eran desordenados y más bien fortuitos, y no escatimaba las citas. Desde antes de ocurrir el auge de la prosperidad material, estaba harto de ella y enamorado de su propio asco. Por eso, construyó una columna en el centro de su pequeña ciudad (sin nombre), posición que ocupó encadenado. Mediante un largo palo y un cesto, su madre, sin dejar de regañarlo, le pasaba la comida. Sus esfuerzos por incitarlo a regresar eran apoyados por un coro de muchachas peinadas al estilo de figuras mitológicas. El tránsito de la población daba vueltas a la columna, se reunían sus amigos y enemigos; finalmente, la comunidad entera levantaba la vista hacia él. El anacoreta estilista, por encima de todo ello, miraba hacia abajo y cambiaba serenamente el peso de una pierna a la otra; había hallado su perspectiva y reaccionaba con palabras cargadas de metáforas.

Este extenso poema no se logró y fue olvidado en alguna parte; sólo recuerdo unos cuantos fragmentos, que a lo sumo muestran la influencia ejercida simultáneamente sobre mí por Trakl y Apollinaire, Ringelnatz, Rilke y unas traducciones pésimas de Lorca. Lo único interesante era la idea de la búsqueda de una perspectiva apartada: la elevada posición del anacoreta estilita resultaba demasiado estática. El tamaño alcanzado por Oskar Matzerath a los tres años me brindó al mismo tiempo, finalmente, movilidad y distancia. Si se quiere, Oskar Matzerath es un anacoreta estilita de polaridad invertida.

Al finalizar el verano del mismo año, cuando estaba desplazándome, procedente del sur de Francia, vía Suiza hacia Dusseldorf, no sólo conocí a Anna sino que también, como producto de la mera contemplación, fue destituido el anacoreta estilita. En una ocasión banal, por la tarde, vi entre adultos que tomaban café a un niño de tres años, que traía colgado un tambor de hojalata. Llamaron mi atención y se fijaron en mi conciencia: la entrega ensimismada del niño a su instrumento; también, su forma de no hacer caso del mundo de los adultos (dedicados a acompañar su charla vespertina con café).

Durante tres años completos, este «hallazgo» permaneció enterrado. Me mudé de Dusseldorf a Berlín, cambié de maestro de escultura, volví a encontrar a Anna, me casé al año siguiente, saqué a mi hermana, que se había metido en un callejón sin salida, de un convento católico, dibujé y modelé figuras en filigrana, parecidas a aves, langostas y gallinas, fracasé con un primer intento más largo de prosa, que se llamaba La barrera y había tomado a Kafka como modelo y a los primeros expresionistas, como fuente de su aparato metafórico; sólo entonces escribí, un poco más tranquilo, mis primeros poemas eventuales, relajados y puestos a prueba con trazos de dibujo, los cuales se apartaron del autor y ganaron esa independencia que permite la publicación: Die Vorzüge der Windhühner [Las ventajas de las gallinas del viento], mi primer libro.

Con ese equipaje —el material acumulado, algunos proyectos imprecisos y una ambición precisa: yo quería escribir mi novela, Anna buscaba un ejercicio más estricto de ballet— abandonamos Berlín a principios de 1956, sin recursos y sin preocupaciones, y fuimos a vivir a París. Cerca de la Place Pigalle, Anna encontró a su estricta matrona rusa de ballet, en forma de Madame Nora; yo aún estaba puliendo la obra de teatro Los malos cocineros, cuando comencé el primer borrador de una novela que tendría diversos títulos de trabajo: Oskar, el tambor, El tambor, El tambor de hojalata. Y exactamente aquí es donde se bloquea mi memoria. Sé que gráficamente diseñé varios planes, los cuales resumían todo el material épico, llenos de palabras sucintas, pero estos planes fueron anulados y perdieron su valor mientras progresaba el trabajo.

No obstante, también los manuscritos de la primera y la segunda versiones, y finalmente de la tercera, sirvieron para alimentar el calentador en mi cuarto de trabajo, el cual volveré a mencionar más adelante.

Con la primera frase: «Pues sí: soy huésped de un sanatorio…», se disolvió el bloqueo, me apremió el lenguaje, fluyeron libremente la capacidad de recordar y la fantasía, el placer lúdicro y la obsesión con los detalles, un capítulo derivó de otro, supe dar brincos cuando inesperadas depresiones contenían la corriente del relato, me ayudó la historia con ofertas locales, las latas reventaron para soltar olores, fui adquiriendo una familia reproducida espontáneamente, me peleé con Oskar Matzerath y sus anexos sobre los tranvías y la disposición de las líneas, sobre los procesos simultáneos y la absurda coacción ejercida por la cronología, sobre el derecho de Oskar a hablar en primera o en tercera persona, sobre su pretensión de engendrar a un hijo, sobre sus faltas verdaderas y su culpa fingida.

De esta manera, mi intento de adjudicar al solitario Oskar una maliciosa hermanita fracasó debido a las protestas de aquél; es posible que la hermana haya insistido, posteriormente, en su derecho a la existencia literaria, en forma de Tulla Pokriefke.

Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: un agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. El cuarto servía también para calentar nuestro minúsculo departamento de dos habitaciones en la planta siguiente. Mi actividad de fogonero se engranó con la de escribir. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por coque, con dos cubetas, a un cobertizo del sótano en el edificio al frente. Mi habitación olía a moho y, acogedoramente, a gas. Las goteras de las paredes estimulaban mi imaginación. Es posible que la humedad del cuarto haya activado el ingenio de Oskar Matzerath. Una vez al año, durante los meses de verano, tenía la oportunidad de escribir al aire libre en Tesino durante un par de semanas, por ser Anna de Suiza. Me sentaba a la mesa de piedra debajo de una pérgola de vid, contemplaba el paisaje centelleante, propio de una decoración teatral, de la zona del sur, y describía, bañado en sudor, el helado mar Báltico.

 A veces, para cambiar de aire, garabateaba los borradores para los capítulos en los bistros de París, tal y como se les conserva en las películas: entre parejas de enamorados trágicamente abrazados, ancianas escondidas dentro de sus abrigos, paredes de espejos y ornamentos Art Nouveau, algo sobre afinidades electivas: Goethe y Rasputín.

A pesar de ello debo haber vivido intensamente, al mismo tiempo, cocinado con esmero y bailado de gusto, a la menor provocación, por las piernas bailadoras de Anna, pues en septiembre de 1957 —me encontraba en medio de la segunda versión— nacieron nuestros hijos gemelos, Franz y Raoul. Un problema no de naturaleza literaria, sino financiera. Al fin y al cabo, vivíamos de unos 300 marcos mensuales, repartidos minuciosamente, los cuales ganaba casi sin fijarme en ello. A veces creo que me protegió el simple hecho —si bien afligiera a mi padre y mi madre— de no haber terminado el bachillerato. Con un bachillerato, seguramente hubiese tenido ofertas, me hubiera convertido en guionista para programas nocturnos de radio, hubiera guardado el comienzo de un manuscrito en el cajón y un rencor creciente, de escritor impedido, contra todos los que escriben libremente, sin preocuparse, y aun así los alimenta nuestro Padre en los Cielos.

La última versión del capítulo sobre la defensa del Correo polaco en Danzig hizo necesario un viaje a Polonia en la primavera de 1958. Hôllerer sirvió de intermediario, Andrzej Wirth escribió la invitación y vía Varsovia me dirigí a Gdansk. Sospeché que aún debían existir algunos antiguos sobrevivientes de la defensa del Correo polaco y pedí informes en el Ministerio polaco del Interior, el cual contaba con una oficina en la que se apilaban los documentos sobre los crímenes de guerra cometidos por los alemanes en Polonia. Me proporcionaron los domicilios de tres antiguos empleados del Correo polaco (la referencia más reciente era de 1949), pero con el comentario restrictivo de que los supuestos supervivientes no eran reconocidos por el sindicato polaco de trabajadores del Correo (ni en los círculos oficiales en general) porque, según las versiones alemana y polaca, en el otoño de 1939 se dio a conocer públicamente que todos habían muerto fusilados. Por eso se habían cincelado sus nombres en la lápida conmemorativa; y el que haya sido cincelado en piedra ya no puede estar vivo.

Fui a Gdansk en busca de Danzig, pero encontré a dos de los antiguos empleados del Correo polaco; entretanto, habían conseguido trabajo en los astilleros, ahí ganaban más que en el Correo y en realidad estaban contentos con su estado de no reconocimiento. No obstante, sus hijos querían ver a los padres convertidos en héroes y estaban tramitando (sin éxito) su reconocimiento como luchadores de la resistencia. De ambos empleados del Correo (uno había distribuido giros postales) obtuve descripciones detalladas de los sucesos ocurridos en el Correo polaco durante su defensa. Me hubiera resultado imposible inventar esas rutas de evasión.

En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad y hojeé colecciones del Danziger Vorposten, olí el Mottlau y el Radaune. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos y aquel gran edificio de alquiler del Labesweg, entre la plaza Max Halbe y el mercado nuevo; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico.

Y un día me encontré en la cocina comedor de mi tía abuela cachuba, Anna. Sólo al mostrarle mi pasaporte terminó de creerme: «Vaya, Guntercito, cómo has crecido.» Ahí me quedé por un tiempo para escucharla. Su hijo Franz, un antiguo empleado del Correo polaco, efectivamente había sido fusilado después de capitular los defensores. Hallé su nombre cincelado en piedra sobre la lápida conmemorativa: reconocido.

En la primavera de 1959, después de concluir el trabajo del manuscrito y corregir las galeras y las pruebas, recibí una beca por cuatro meses. Otra vez había intervenido Hóllerer. Debía viajar a Estados Unidos y contestar, de vez en cuando, las preguntas de estudiantes. Sin embargo, no logré el permiso. En aquel entonces aún había que someterse a un meticuloso examen médico para obtener la visa, lo cual hice y averigüé que en algunos puntos de mi pulmón habían aparecido tubérculos, una especie de nodulos: cuando los tubérculos revientan, producen agujeros.

Por eso, y también porque en Francia, entretanto, había asumido el poder De Gaulle —después de ser detenido por la policía francesa durante una noche, me entró una verdadera nostalgia de la policía alemana—, dejamos París, al poco tiempo de aparecer El tambor de hojalata como libro (y de abandonarme), y volvimos a establecernos en Berlín. Ahí me obligaron a dormir a mediodía, a abstenerme del alcohol, a hacerme examinar con regularidad, a tomar crema y a tragar tres veces al día unas pastülitas blancas que, según creo, se llamaban Neoteben, con lo cual me volví sano y gordo.

No obstante, estando aún en París había comenzado los trabajos preliminares para la novela Años de perro, que al principio se intitulaba Cascaras de papa y estaba basada en una concepción falsa. Hizo falta la novela corta El gato y el ratón para destrozar ese concepto insustancial. Pero en este tiempo ya era famoso y no tenía necesidad de alimentar la estufa con coque mientras escribía. Desde entonces, escribir me resulta más difícil.

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